Por tercer domingo consecutivo, la liturgia dominical nos presenta una parábola de Jesús que tiene como fondo el símbolo de la viña. Estamos finalizando el tiempo de vendimia y, por ello, nos sentimos más en continuidad con el mundo de ideas de Jesús y sus contemporáneos.
Os presentamos un nuevo curso de formación sobre el evangelio según san Juan. En este primer vídeo analizamos su estructura interna, y el mensaje teológico que ha querido dejarnos el autor de este profundo y precioso evangelio.
Seguimos leyendo, cada domingo, textos escogidos del evangelio según san Mateo. Llegamos ya por el capítulo veintiuno: Jesús ha entrado en Jerusalén y tiene un conjunto de controversias con diversos grupos del judaísmo de su tiempo, sobre todo con las clases dirigentes.
En el texto de este domingo, observamos tres partes bien diferenciadas: una parábola, propia de san Mateo –no está en ningún otro evangelio–, un dicho de Jesús que comienza con «Amén» y una reflexión sobre la misión de Juan Bautista y su rechazo por parte de las autoridades. Es muy posible que, en el origen, estos tres elementos fueran independientes y el redactor, o su comunidad, los han unido para formar un todo homogéneo e insertarlo en el contexto de las controversias.
La Biblia, desde sus textos más antiguos, presenta una clave que no deja de repetirse a lo largo de todos sus libros –desde el Génesis hasta el Apocalipsis– y a lo largo de toda la historia –desde Adán hasta el último de los apóstoles: Dios es trascendente, su misterio desborda siempre la mente y el corazón del ser humano.
Los primeros pecadores de la historia son Adán y Evan: desde sus orígenes, la humanidad ha pecado contra Dios. Caín, en cambio, es el primer homicida: el pecado se va multiplicando según la humanidad crece. Pero Dios protege a Caín con una señal y dice que quien mate a Caín «lo pagará siete veces». Lejos de acabar con el pecador, Dios lo cuida frente a todos aquellos que claman venganza.
Estamos leyendo el capítulo dieciocho de san Mateo: es el cuarto discurso de Jesús, centrado en la vida eclesial, en las relaciones internas entre los cristianos. En este capítulo, Jesús nos deja unas claves fundamentales para poder construir la comunidad y sostener la fraternidad a lo largo del tiempo. Dos son las claves que nos da el texto que leeremos este domingo.
Sería bueno leer las lecturas dominicales del evangelio, no de forma aislada, sino como un itinerario, sabiendo comprender la trama de conjunto de cada evangelio.
Todavía resuenan en nuestros oídos el diálogo de la semana pasada entre Jesús y Pedro: “Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios”. “Bienaventurado, tú, Simón; tú eres Pedro y sobre esta Piedra edificaré mi Iglesia”.
Esta conversación continúa, con tonos bien diferentes, en el evangelio que proclamaremos este domingo.
Recorriendo el evangelio según san Mateo durante todo el año, llegamos este domingo al episodio central del recorrido de Jesús: la confesión de fe de Pedro en Cesarea de Filipo. Es un texto clave, también para san Marcos y para san Lucas. Vamos a subrayar algunas peculiaridades de san Mateo.
Ayer celebrábamos el triunfo de una mujer, María de Nazaret: su Asunción a los cielos es fruto de su cercanía absoluta a Jesús de Nazaret y es también misión, junto al Hijo, para interceder por toda la humanidad en camino.
En el evangelio de este domingo también aparece el protagonismo de una mujer en relación con el hijo de María. De hecho, Jesús se dirige a ella con la misma terminología que, en san Juan, se dirige a su madre: «Mujer».
Jesús sale de Galilea, de la tierra de Israel, y se dirige a la región fenicia, a los territorios paganos costeros de Tiro y Sidón. Una mujer cananea le sale al encuentro: quiere rogarle por su hija, que esté endemoniada.
Probablemente, el texto más importante del Antiguo Testamento es la revelación de Dios en el monte Sinaí para hacer alianza con el pueblo de Israel en el corazón del desierto. Después de haber llamado a Moisés, después de celebrar la Pascua de la liberación en Egipto y tras haber cruzado el mar Rojo, Israel se detiene en el monte Sinaí y allí recibe la propuesta de alianza con Dios: la Ley será el contenido de esa alianza. El texto nos presenta la teofanía de Dios con los signos del viento, el terremoto y el fuego.
Este acontecimiento es recordado, año tras año, en la fiesta judía de Pentecostés, al comenzar el verano.