La primera lectura de este segundo domingo de Pascua, en un precioso sumario de la vida de la comunidad primitiva, nos señala las cuatro características fundamentales que definen la existencia cristiana: la enseñanza de los apóstoles, la fracción del pan, la comunión y las oraciones.
Encuentro, testimonio y vida: estas tres palabras podrían resumir el contenido de las tres lecturas que serán proclamadas en este Domingo de Resurrección.
Empezamos por el evangelio: san Juan nos habla de un encuentro de algunos discípulos con el sepulcro vacío de Jesús. María, la primera que lo descubre, no llega a entrar; Simón y el discípulo amado, que llegan después, entran y ven. Juan dice que el discípulo amado creyó. Más tarde, también María creerá cuando se encuentre con el Resucitado, así como el resto de los discípulos y el propio Tomás.
El Domingo de Ramos es el pórtico por el que entramos en la Semana Santa. Entrando en Jerusalén con Jesús, somos llamados a participar en los misterios centrales del cristianismo.
En este vídeo analizamos y recorremos el salmo 51. El conocido salmo Miserere. Este salmo responde al anterior (salmo 50) donde el hombre reconoce su pecado y pide perdón a Dios.
La resurrección de Lázaro: después de los episodios de la samaritana y el ciego de nacimiento, la liturgia del domingo nos presenta un nuevo símbolo bautismal con este precioso episodio en Betania. El agua y la luz dan paso al símbolo de la vida. ¿En qué sentido es un símbolo la vida? En verdad, no se trata de un símbolo, sino de una realidad fundamental de nuestra existencia.
La semana pasada, con la escena de la samaritana, la liturgia nos presentaba un símbolo eminentemente bautismal: el agua. Esta semana, la liturgia nos invita a reflexionar sobre el símbolo de la luz, pero no dejamos del todo la importancia bautismal del agua.
Si la Cuaresma nos trasporta simbólicamente al desierto, las lecturas de este domingo nos plantean un tema muy adecuado: el agua.
En la historia de Moisés, tenemos un pueblo sediento que no sabe dónde acudir para beber; por ello, se quejan al libertador y este, en nombre de Dios, les abrió un manantial en una peña, en el monte Horeb. En la vida de Jesús, en cambio, sí tenemos un pozo; el que tiene sed, ahora, no es el pueblo, sino el mismo Jesús, que pide de beber a una mujer de Samaría. Entre el Maestro y la mujer se entabla un precioso diálogo por el que Jesús va conduciendo pedagógicamente a la samaritana hacia la sed de un agua nueva, agua que corre, agua viva que solo él puede dar.
Tres verbos resumen las lecturas que nos propone la liturgia este domingo: salir, trabajar y subir.
En la primera lectura, Dios le pide a Abraham que salga de su tierra para convertirse en peregrino de la elección, para construir un pueblo nuevo que viva la alianza en una tierra prometida. En el evangelio, Jesús elige a tres discípulos suyos para que suban con él al monte de la Transfiguración; por fin, san Pablo insta a su colaborador y discípulo Timoteo a que se afane en los duros trabajos del Evangelio.
Con estos tres verbos se podría resumir, también, nuestro itinerario cuaresmal.