La semana pasada, con la escena de la samaritana, la liturgia nos presentaba un símbolo eminentemente bautismal: el agua. Esta semana, la liturgia nos invita a reflexionar sobre el símbolo de la luz, pero no dejamos del todo la importancia bautismal del agua.
Si la Cuaresma nos trasporta simbólicamente al desierto, las lecturas de este domingo nos plantean un tema muy adecuado: el agua.
En la historia de Moisés, tenemos un pueblo sediento que no sabe dónde acudir para beber; por ello, se quejan al libertador y este, en nombre de Dios, les abrió un manantial en una peña, en el monte Horeb. En la vida de Jesús, en cambio, sí tenemos un pozo; el que tiene sed, ahora, no es el pueblo, sino el mismo Jesús, que pide de beber a una mujer de Samaría. Entre el Maestro y la mujer se entabla un precioso diálogo por el que Jesús va conduciendo pedagógicamente a la samaritana hacia la sed de un agua nueva, agua que corre, agua viva que solo él puede dar.
Tres verbos resumen las lecturas que nos propone la liturgia este domingo: salir, trabajar y subir.
En la primera lectura, Dios le pide a Abraham que salga de su tierra para convertirse en peregrino de la elección, para construir un pueblo nuevo que viva la alianza en una tierra prometida. En el evangelio, Jesús elige a tres discípulos suyos para que suban con él al monte de la Transfiguración; por fin, san Pablo insta a su colaborador y discípulo Timoteo a que se afane en los duros trabajos del Evangelio.
Con estos tres verbos se podría resumir, también, nuestro itinerario cuaresmal.
La idea de fondo de las lecturas de este domingo se podría resumir con la penúltima petición del Padrenuestro: «No nos dejes caer en la tentación».
El evangelio nos muestra a Jesús siendo tentado por Satanás. El lugar y el tiempo de la tentación –el desierto y los cuarenta días– nos recuerdan al pueblo de Israel en el éxodo: cuarenta años de camino por el desierto hacia la tierra prometida, en un itinerario lleno de dificultades y quejas, donde Israel, no solo cayó en la tentación, sino que tentó al mismo Dios, exigiéndole pruebas de su presencia y echándole en cara que los hubiera sacado de Egipto.
Desde la idea que tenemos de los escribas y fariseos del tiempo de Jesús, es posible que nos resulte fácil la exigencia del Maestro: “Si no sois mejores que ellos, no entraréis en el Reino de los cielos”. Pero no era esta la idea que los discípulos de Jesús tenían en su época: los escribas y los fariseos eran el grupo más religioso dentro del judaísmo, los más cumplidores de la ley de Moisés. ¿Cómo podían ser los discípulos mejores que ellos?
La reflexión evangélica de este domingo es muy sencilla y muy rica, fácil de aplicar a nuestras vidas y a nuestra misión como cristianos.
Después de hablar de quiénes son los ciudadanos privilegiados de su Reino, con las Bienaventuranzas, Jesús continúa en su discurso programático con dos ejemplos para expresar plásticamente lo que desea de sus discípulos, cuál ha de ser su lugar en medio de la sociedad. El discurso que viene a continuación, por tanto, no es solo un programa ético para ser personalmente cristianos, sino una propuesta misionera para que el creyente se sitúe en medio del mundo como sal y luz.
Después de haber presentado a Jesús como Mesías ungido de Israel y como luz que viene a realizar su misión desde Galilea, san Mateo nos muestra la actividad del Maestro. Lo primero de todo, su palabra, su mensaje; después vendrán los milagros y las obras del Reino.