LLEGAR AL CORAZÓN

MANUEL PÉREZ TENDERO

En la primera predicación de la historia de la Iglesia, en la colina del monte Sión, en Jerusalén, Simón-Pedro habló con autoridad y convencimiento. San Lucas, el narrador, nos dice que las palabras de Pedro consiguieron tocar el corazón de sus oyentes; por eso, dijeron: «¿Qué tenemos que hacer, hermanos?». Pedro contestó con una doble petición: «convertíos y sed bautizados en el nombre de Jesucristo».

Años más tarde, en la primera predicación en Europa –esta vez por boca de Pablo–, se nos dice que Dios abrió el corazón de una mujer llamada Lidia, que creyó en el Evangelio anunciado por Pablo y se hizo bautizar con toda su casa.

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EL LIBRO

Celebramos este domingo el día mundial del libro. La muerte de dos de los más grandes escritores de la historia pone fecha a esta efeméride: Cervantes y Shakespeare.

El libro ha marcado la cultura del ser humano desde que aprendió a poner por escrito su alma para comunicarse más allá de la inmediatez. Tal vez, en estos momentos de la historia, estamos asistiendo a una especie de «superación del libro», no solo porque el formato está cambiando hacia la versión electrónica, sino porque la comunicación inmediata parece ser el horizonte principal de nuestras relaciones.

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Tomás y Pedro

El apóstol santo Tomás tiene poca importancia en los tres primeros evangelios: solo aparece mencionado en las listas de los Doce apóstoles; en cambio, en san Juan tiene una presencia relevante. Más adelante, también tendrá importancia en algunos movimientos del cristianismo primitivo: se conserva, por ejemplo, un evangelio apócrifo atribuido a Tomás, conservado en copto y descubierto en Egipto hace más de cien años.

Según la tradición, el apóstol Tomás se dirigió hacia el este y evangelizó los territorios más remotos, llegando a fundar comunidades en la India. Siglos después, cuando los portugueses llegaron a aquellas tierras, descubrieron comunidades cristianas que, efectivamente, consideraban a Tomás como a su fundador original.

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COMENSALES DEL RESUCITADO

«Dios lo resucitó al tercer día y nos lo hizo ver, no a todo el pueblo, sino a los testigos que él había designado: a nosotros, que hemos comido y bebido con él después de su resurrección». Son las palabras de Simón Pedro a Cornelio, en Cesarea del Mar, cuando la Iglesia daba sus primeros pasos en la historia.

La muerte de Jesús, en tiempos de Poncio Pilato, fue un acontecimiento público, histórico, accesible a todos los habitantes de Jerusalén durante una fiesta de Pascua hace ya casi dos mil años.

En cambio, la resurrección fue un acontecimiento oculto, del que nadie fue testigo. Se trata de un hecho histórico: el sepulcro está vacío; pero se trata también de un acontecimiento que desborda la historia, definitivo, escatológico: su cuerpo es glorioso y a sus conocidos les cuesta reconocerlo; él ya no muere más, vive para siempre.

Según los textos del Nuevo Testamento, junto al hecho sepulcro vacío, el gran signo de la resurrección son las apariciones del Maestro a muchos de sus discípulos.

¿Por qué no fue su resurrección un acontecimiento público, visible? De esta manera, el Crucificado habría reivindicado su inocencia y sus pretensiones como Hijo de Dios. Pero, de haber sido así, la historia ya habría terminado: el mundo no tendría más remedio que rendirse a los pies del Hombre nuevo y definitivo.

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EL ROSTRO DEL SIERVO

Lengua de iniciado, oído espabilado, espalda apaleada, mejillas maltratadas, rostro ultrajado: todo el cuerpo del Siervo participa de una misión misteriosa de parte de Dios.

No sabemos muy bien a qué se refería el profeta Isaías cuando componía este tercer canto del Siervo de Yahvé, pero, desde la pasión de Jesús de Nazaret, hemos comprendido con nueva perspectiva las palabras misteriosas del profeta.

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