MANUEL PÉREZ TENDERO

En la primera predicación de la historia de la Iglesia, en la colina del monte Sión, en Jerusalén, Simón-Pedro habló con autoridad y convencimiento. San Lucas, el narrador, nos dice que las palabras de Pedro consiguieron tocar el corazón de sus oyentes; por eso, dijeron: «¿Qué tenemos que hacer, hermanos?». Pedro contestó con una doble petición: «convertíos y sed bautizados en el nombre de Jesucristo».
Años más tarde, en la primera predicación en Europa –esta vez por boca de Pablo–, se nos dice que Dios abrió el corazón de una mujer llamada Lidia, que creyó en el Evangelio anunciado por Pablo y se hizo bautizar con toda su casa.
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