COMO LLOVIDO DEL CIELO

MANUEL PÉREZ TENDERO

En la tierra manchega desde la que escribo llevaba mucho tiempo sin llover; por fin, hemos recibido el regalo de unos días cargados de agua venida del cielo. Coinciden estos días con la festividad de Pentecostés.

La lluvia es uno de los signos más hermosos de lo que significa el Espíritu de Dios para nuestra vida y nuestra fe.

Lo es, en primer lugar, porque llega como regalo del cielo que nosotros no podemos provocar: aprendemos a pedir con fe y a esperar con paciencia la llegada del don.

La fiesta judía de Pentecostés celebra el acontecimiento del Sinaí, en tiempos de Moisés: en la montaña sagrada, al hacer alianza con su pueblo elegido, Dios le regala al pueblo el más hermoso don, la Torah, la ley, las normas para poder acertar en los caminos de la vida.

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TESTIGOS DEL AMIGO

MANUEL PÉREZ TENDERO

Un pequeño diálogo entre Jesús resucitado y sus discípulos precede el acontecimiento de la ascensión. Lo narra el evangelista san Lucas al comenzar su segundo libro, dedicado a los orígenes de la Iglesia, el libro de los Hechos de los Apóstoles.

Creo que este diálogo breve, que intenta responder a uno de los problemas más importantes del cristianismo primitivo, es de una enorme actualidad.

El Maestro y los suyos están comiendo juntos: la fracción del pan es lo que pone en comunión a los discípulos con Jesús y es el lugar en el que se construye la Iglesia; es ahí, también, donde se discierne el momento y se aprenden de Jesús las claves para vivir cristianamente.

Los discípulos expresan sus expectativas: «¿Es ahora cuando restableces el Reino de Israel?». Jesús responde a esa pregunta cerrando toda elucubración sobre el tiempo final y cambiando esta inquietud de los discípulos por una nueva perspectiva: «No os toca a vosotros conocer el tiempo y el momento que el Padre ha fijado con su propia autoridad; al contrario, cuando recibáis el Espíritu Santo, seréis mis testigos en Jerusalén, en Judea y Samaría, y hasta los confines del mundo».

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SAN ISIDRO

MANUEL PÉREZ TENDERO

El Ángelus, Cuadro de Jean-François Millet

El mes de mayo está lleno de romerías dedicadas a la Virgen en muchos de nuestros pueblos; pero también asoma un santo en el corazón de este mes tan mariano: san Isidro, labrador. Aunque ha disminuido, la agricultura es un sector fundamental en nuestra sociedad y san Isidro aparece como patrono y protector de los trabajadores del campo. Una de las intenciones por las que no dejamos de pedir su intercesión es la valiosa lluvia, que tanto escasea en algunas latitudes.

Mirando el misterio del cristianismo desde san Isidro y la agricultura, se me ocurren dos sencillas reflexiones.

La carta de Santiago, para hablar de la paciencia, nos pone el ejemplo de los agricultores. La semilla necesita tiempo para crecer: el trabajo del campo es una preciosa pedagogía de la paciencia, de los procesos de la vida; todo tiene su momento, el hombre debe adecuarse a los ritmos de la naturaleza y a los procesos de las semillas.

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HAY CAMINO Y HAY META

MANUEL PÉREZ TENDERO

«Yo soy el camino, la verdad y la vida».

En más de una ocasión, en el evangelio según san Juan, Jesús aparece como la verdad, una verdad que libera al hombre y le abre horizontes de sentido. También se define a sí mismo Jesús de Nazaret como la vida; el caso más claro es en el diálogo con Marta, antes de la resurrección de Lázaro de Betania; pero ya desde el prólogo, Jesús es definido como la vida que da luz a los hombres.

En cambio, definirse a sí mismo como camino es una novedad en el diálogo con Tomás, cuando Jesús pronuncia los discursos de despedida en la Última Cena. En el discurso del Buen Pastor se había definido como puerta, símbolo que tiene mucha relación con la noción de camino.

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