GENERAR ESPERANZA

MANUEL PÉREZ TENDERO

María de Nazaret, desposada con José, es el gran signo de fecundidad en la historia. Siendo virgen, concibió y dio a luz al Hijo único de Dios, engendrando para el mundo la salvación definitiva.

Su virginidad, que parecía una dificultad para su misión, se convirtió en la única posibilidad para cumplirla, porque iba a ser obra absoluta del Espíritu.

Después de haber finalizado los cincuenta días de Pascua y antes de celebrar el domingo del Cuerpo y la Sangre de Cristo, la Iglesia nos propone este domingo el misterio más profundo del cristianismo: la Santísima Trinidad. Por ser el gran misterio que desborda al creyente por completo, la Iglesia quiere que nos fijemos en esta jornada en un grupo de cristianos muy peculiar, aquellos que se entregan a la vida contemplativa. Los monjes y las monjas de clausura son un signo vivo del misterio de Dios.

El lema elegido para la Jornada de este año reza como hemos titulado este artículo: «Generar esperanza». ¿Quién es el sujeto de este infinitivo? ¿Hemos de suponer que son los protagonistas de la Jornada, los monjes y mojas de vida contemplativa? ¿O hemos de pensar, más bien, en la línea del pasivo divino en los textos bíblicos, que el sujeto de fondo es el mismo Dios? También podríamos pensar en la Iglesia, o en nosotros, a quienes se dirigiría el lema como un reto.

En cualquier caso, parece que el lema quiere expresar el sentido perenne de esta vocación dentro de la Iglesia y, por otro lado, enviar un mensaje de actualidad a los creyentes y a todos los que estén dispuestos a escuchar.

Los monjes y monjas de clausura son cristianos que han hecho voto de castidad y se alejan del ritmo cotidiano para expresar el misterio del amor de Dios y la importancia de la oración. ¿Cómo pueden ellos, desde su castidad elegida, generar nada? Ahí radica el misterio de todo lo cristiano, que tiene siempre en María su más fiel imagen: la fecundidad del Espíritu todo lo hace posible. En el Antiguo Testamento, muchos matrimonios estériles fueron capaces de engendrar hijos gracias a la acción de Dios. Con María, el poder de Dios actúa en la propia virginidad y se inaugura una nueva etapa de fecundidad, marcada por el regalo del Espíritu.

¿Es la Iglesia, tal vez, un poco menos fecunda porque necesita más personas que vivan la virginidad, que se abran en cuerpo y alma al Espíritu de Dios? Donde no hay entrega, no hay fruto, como nos dijo el Hijo del hombre antes de dar su vida: «Si el grano de trigo no muere, no da fruto».

Según el lema elegido, uno de los frutos que puede dar a luz la vida contemplativa es la esperanza. ¿No es esto lo que más necesita nuestro mundo? ¿No es esto lo que parece escasear también en la Iglesia? La ciencia y la política pretenden solucionarnos todo, menos el futuro; se nos venden todos los medios, pero no los motivos; abundan los caminos, pero no las metas; cada vez tenemos más posibilidades, pero se nos escapa la libertad; no dejamos de crecer en conocimientos, pero cada día buscamos menos la verdad.

La Iglesia cree que solo Dios puede dar una esperanza consistente y real al ser humano. Por eso, los que se atreven a vivir desde el «solo Dios», están capacitados para engendrar esperanza en sus entrañas orantes para este mundo que languidece sin rumbo.

La esperanza que la vida contemplativa es capaz de generar con toda sencillez se puede aplicar también a ellos mismos y su futuro, que está en manos de Dios. En una Iglesia sin vocaciones y un mundo sin pasión, ¿habrá futuro para nuestras instituciones? La respuesta está en la oración y en la virginidad, en la apertura al Espíritu. La respuesta está palpitando en el corazón de esos hombres y mujeres que se entregan de forma definitiva, porque saben que Dios lo puede todo.

La primera esperanza se genera en el propio corazón, como María, y se contagia a los demás desde el silencio elocuente del que lo ha dado todo.

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