MANUEL PÉREZ TENDERO

Alfombras, toldos, balconeras, tomillo, pétalos: todo es poco cuando el mayor tesoro de los creyentes recorre nuestras calles. Cientos de años llevamos ya celebrando la festividad del Cuerpo y la Sangre de Cristo.
Ante todo, esta celebración significa un canto de alabanza pública al Dios que nos quiere salvar a todos. Alabanza y universalidad: dos claves fundamentales de esta fiesta. El tesoro eucarístico de la Iglesia no nos pertenece a los creyentes: nos habita en misión, para que llegue a otros, para que llegue a todos. La dimensión católica y pública de la fe es una de las características originales y perennes del cristianismo; como lo es, también, la alabanza a Dios como finalidad de todo lo que hacemos y vivimos.
La procesión del Corpus, por tanto, debe ser un acto de humildad eclesial en un doble sentido: servimos el pan para todos, para el mundo, y alabamos al Dios que nos entrega el cuerpo de su Hijo. El protagonismo del Corpus no está en la Iglesia, sino en Dios, ante todo, y también en el mundo, amado por Dios y en proceso eucarístico de salvación.
La procesión del Corpus no es un alarde de una Iglesia que se creyera el corazón del mundo, sino misión y adoración, servicio y alabanza, tarea de un pueblo obediente que quiere llegar a todos los rincones del hombre por mandato de su Señor.
La Iglesia saca a su Señor más allá de la asamblea para significar que la bendición de Dios quiere llegar a todos los rincones de nuestras ciudades y pueblos. La procesión del Corpus es un mensaje a todos nuestros paisanos: cada eucaristía que celebramos los cristianos, lo hacemos por la salvación de este mundo, de cada persona, de toda criatura. Una vez al año les recordamos a todos que, cada domingo, la eucaristía es presencia redentora de la misericordia de Dios para darnos vida.
Por eso, la procesión del Corpus es también llamada: a los no creyentes y también a los creyentes, sobre todo a los no practicantes. Mostramos a Cristo con la forma del pan: estamos invitando a todos a comer la carne de Jesús de Nazaret, que se ha hecho pan para estar entre nosotros y resucitar nuestra carne poco a poco, desde dentro.
Siempre que contemplamos el misterio del pan resuenan en nuestros corazones las palabras de la Última Cena: «Tomad y comed todos de él, porque esto es mi cuerpo… Haced esto en memoria mía». «Venid y comed»: esa es la invitación.
Como la Sabiduría bíblica, que sale por las calles para invitar a su banquete a todos los ciudadanos, Jesús de Nazaret, la Sabiduría encarnada, sale también por las calles para ofrecernos un pan de sensatez, un alimento de prudencia y humanidad plena. Los creyentes ejercemos la misión de los pajes de un gran rey, somos los emisarios de la Sabiduría para que su oferta llegue a todos, para que su invitación no se pierda.
Por desgracia, no siempre las invitaciones son bien acogidas por todos. Jesús de Nazaret, para explicar el no mucho éxito que tuvo su misión entre nosotros, contó una parábola de unos invitados a una boda. Los primeros invitados rehusaron la llamada porque tenían cosas más importantes que hacer; por eso, los siervos del rey salieron a los caminos e invitaron a todos, buenos y malos.
¿No se está cumpliendo hoy también esta parábola? Muchos «hijos del Reino», bautizados y creyentes, rehúsan la invitación cada semana: existen otras prioridades, falta motivación para acudir al banquete, no comprenden muy bien Quién les ha invitado. ¿Qué han de hacer los siervos? ¿Deberán salir también por los caminos, dejar de insistir a los que ya han dicho que no y buscar nuevos comensales?
La celebración del día del Corpus es también invitación a la reflexión, al discernimiento: qué quiere Dios de su Iglesia en este momento histórico que, en el fondo, no es muy diferente a la época de Jesús de Nazaret y a otras muchas épocas de la historia.
Alabar, salir, invitar, abrir el banquete para todos: es la fiesta del Cuerpo y la Sangre de Cristo.