MANUEL PÉREZ TENDERO

Cada día resulta más fácil llegar a más sitios in tener que movernos de nuestro asiento. Cada día somos más navegantes del espacio virtual, pero también más sedentarios en el espacio real.
El movimiento físico no es solo necesario para la salud del cuerpo: es una forma de espiritualidad, de situarse ante el mundo y ante los demás.
Muchos jóvenes de todo el mundo se han desplazado las últimas semanas hasta Lisboa: el papa los ha convocado para rezar y reflexionar juntos, para encontrarse y compartir su fe en camino. En muchos momentos, debido a cuestiones de seguridad, no había cobertura en sus móviles, pero no ha dejado de haber encuentro real, movimiento físico hasta el cansancio.
El lema elegido para esta Jornada tiene que ver con el movimiento: «María se levantó y partió sin demora». Después de haber recibido al ángel en su hogar, después de dialogar con él y abrir su cuerpo y su alma a la encarnación, después de un encuentro con Dios como nadie lo ha tenido en la historia, María se pone en camino y se dirige a casa de Isabel. Se trata del primer movimiento del Hijo de Dios hecho hombre entre nosotros: en el seno de su madre, Jesús se encuentra con Juan Bautista y lo hace saltar de alegría en el seno de Isabel.
Se trata de la primera peregrinación misionera de la historia: Jesús es llevado en el seno de la Iglesia para recorrer los rincones de este mundo necesitado.
La historia de Israel había comenzado con otra peregrinación: la de Abraham y Sara, estériles, a la búsqueda de una tierra y una descendencia. Ahora, María virgen, embarazada, se pone en camino para que el Dios de Abraham recorra todas las tierras y bendiga desde dentro la historia de los hombres.
Es necesario que la Iglesia siga imitando a María: necesitamos personas que se pongan en camino, cargadas de Cristo, para que el mundo pueda recibir desde muy dentro la Buena Noticia de la redención definitiva.
El signo físico de este movimiento está muy claro en María: ponerse de pie y caminar sin demora.
Ponerse de pie significa hacer el esfuerzo de salir de uno mismo, de su comodidad, de aquello que controla, de lo de siempre; también el ciego de Jericó tuvo que ponerse en pie para encontrarse con Jesús y recibir la curación. Ponerse de pie, como hacemos en cada eucaristía, es la actitud de respuesta del hombre ante el Dios que viene a visitarnos, es la actitud de aquel que ha descubierto que los demás nos necesitan.
La cultura del mando a distancia, del mundo virtual en nuestras manos, no facilita la actitud de ponerse en pie: este camino será siempre obra de valientes, de personas dispuestas a remar contracorriente, será obra de voluntades plenamente libres.
La segunda actitud física que expresa toda la dimensión espiritual de María es la de ponerse en camino con prontitud. En muchas ocasiones, tenemos claro que queremos ponernos en pie, que queremos iniciar el camino, que queremos cambiar o que queremos ayudar a los demás; pero la pereza nos engaña y pensamos que lo haremos después: demorar la respuesta es una forma sutil de no afrontar los problemas. Lo decía san Agustín hace muchos siglos: «Señor, hazme casto; pero no ahora». Lo dice también nuestro romancero: «Mañana le abriremos, respondía; para lo mismo responder mañana».
Los jóvenes, por la misma inercia de la edad, están preparados para ponerse en pie y tienen tendencia a no demorar las cosas. Los jóvenes, si no se dejan engañar y se atreven a ser ellos mismos, tienen predisposición para parecerse a María que, muy joven también ella, se puso en camino hacia la casa de Isabel.
Después de haber marchado a Lisboa para escuchar al papa, para rezar y para encontrarse como comunidad creyente, los jóvenes volverán a su tierra y encontrarán, de nuevo, a muchos sentados y cansados, navegantes del mundo sin ser peregrinos. Ojalá que la experiencia de Lisboa les haga testigos, entre sus amigos y sus familias, de una religiosidad más mariana, más peregrina, más misionera, más real.