MANUEL PÉREZ TENDERO

El verano es tiempo propicio para viajar. Muchas personas aprovechan sus vacaciones para visitar a sus familias, para conocer nuevos lugares, para descansar en rincones apacibles.
Acabo de regresar de una peregrinación a Tierra Santa con un grupo de cincuenta personas. Son muchos los grupos, de todas las nacionalidades, que nos hemos encontrado en aquellas tierras bendecidas por Dios y necesitadas de paz.
Una de las preguntas que les planteaba al comenzar el viaje es la diferencia que existe entre un peregrino, un turista y un vagabundo. “El peregrino es aquel que tiene una meta”, me decían.
Efectivamente, el vagabundo, por definición, es aquel que no tiene un rumbo fijo, se mueve de un sitio a otro sin que ningún destino oriente su camino. El turista, por otra parte –también por definición-, es aquel que da vueltas (tour), casi siempre con un interés lúdico o cultural. El turista sí puede tener la meta bien definida y preparada; es más, esa meta puede ser de tipo religioso. De hecho, el turismo religioso se ha multiplicado en los últimos años.
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