¿POR QUIÉN TOCAN LAS CAMPANAS?

MANUEL PÉREZ TENDERO

Me gustaría compartir en estas líneas una pequeña experiencia que me ha llegado de un amigo sacerdote.

Todo comenzó con un fallo en la programación de las campanas. Muy temprano, empezaron a tocar sin deber, sin llamar a nada. El sacerdote, al oír el repique, se acercó a la iglesia para poder parar aquella llamada sin objeto. De paso, pensó aprovechar el paseo para poder hacer la oración aquel día en la misma parroquia, que solía estar cerrada por las mañanas. De esta manera, abriendo las puertas, alguna persona podría sentirse invitada a entrar y rezar unos minutos. Por otro lado, el tiempo veraniego empezaba a dar un respiro y la mañana era suave y fresca: convenía abrir las puertas de par en par para que entrara el frescor de la mañana y relajara los calores que las paredes habían guardado después de tantos días de bochorno.

Las puertas abiertas tuvieron su efecto: el aire entró, refrescando el templo y poniendo un clima apacible a la oración del sacerdote. Pero no entró solo el aire. Cuando la iglesia se abre, siempre acude alguien, quizá los más devotos.

Se oían las pisadas detrás, en silencio. Después de la oración, el sacerdote se volvió y pudo divisar a una persona de pie, que se dirigía con cierta cautela hacia él. No era ningún devoto parroquiano, sino un transeúnte rumano que venía a pedir algo. Una excusa perfecta para poder desayunar, pues la hora lo pedía.

El sacerdote pensaba desayunar solo, como hacía casi siempre, pero el Señor le había enviado un compañero para comenzar la jornada en compañía. Las lecturas que había recitado y meditado en la oración hablaban –¿bendita casualidad?– del adorno de los templos y el cuidado de los pobres: a Dios le hace más falta el cuidado de las personas que el adorno de los lugares físicos; la Biblia lo tiene muy claro, como también los Santos Padres y toda la historia de la Iglesia. Si queremos agasajar a alguien, hemos de regalarle algo que le gusta a él, no lo que a nosotros nos gustaría. Todos sabemos por dónde van los gustos de Dios…

La ocasión lo merecía y aquellos dos varones compartieron un pequeño banquete matutino. El transeúnte pudo desayunar y compartir un raro momento en compañía: la soledad y la carretera eran los compañeros habituales de su vida. (A decir de mi amigo, el varón rumano no estaría muy de acuerdo con esta afirmación: llevaba en su mochila un cuadro del “Amigo que nunca falla”; en sus propias palabras, “él no caminaba nunca solo, sino en compañía de Dios”).

El sacerdote, por su lado, pudo también compartir la mañana y el pan con un hermano venido de lejos, como regalo del Señor para comenzar la jornada.

La noche no había sido nada buena: el sacerdote había dormido mal, entre otras cosas, porque el día anterior había venido cargado de dificultades y problemas acumulados. La mañana trajo, en cambio, sosiego y paz para aquel sacerdote en la figura de una mañana apacible y un compañero de mesa. En este caso, el pastor no tuvo que ir a buscar lejos a la oveja: el supremo Pastor se la había enviado como bendición para comenzar una jornada con alegría y esperanza.

Todo había comenzado con unas campanas que no deberían haber tocado; todo se originó con un fallo que disturbaba la rutina matutina de mi amigo. Las campanas no estaban llamando a las ovejas, sino al pastor: las benditas casualidades de la vida –también aquellas que sobrevienen en forma de molestia– como medios para cambiar el tono y el rumbo de nuestras vidas.

Dios nunca se está quieto, aunque nosotros no podamos ver sus manos y quizá no lleguemos a oír siempre su voz. Él es pura creatividad, misericordia siempre en acción. Hace muchos años, un gallo despertó a Pedro de su pecado y un viento fresco le trajo a Elías rumores del más allá. Siempre habrá presencias, campanas que suena a deshora, para traernos, embalada en Dios sabe qué envoltorio, la gracia del Pastor.

Una respuesta a “¿POR QUIÉN TOCAN LAS CAMPANAS?

  1. Avatar de Dolores Quesada Dolores Quesada 5 de septiembre de 2023 / 10:32 pm

    Un relato precioso, lleno de significado y de sentido. No están de más que suenen campanas a deshora para despertarnos de algunos letargos.
    Gracias por estas reflexiones que se estaban echando en falta.

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