EL PERDÓN QUE NOS CONSTRUYE

MANUEL PÉREZ TENDERO

La semana pasada hablábamos de la corrección fraterna. Esta semana, todavía dentro del discurso eclesial de Jesús, se nos propone el tema del perdón.

En principio, parecerían dos actitudes contrapuestas: ¿para qué corregir a quien, de todas formas, voy a perdonar? ¿No es mejor callarse siempre y dejar pasar la ofensa?

Como en tantos otros temas de la vida humana, cuando tocamos el misterio no podemos jugar con una lógica de la contraposición: hemos de pensar desde la complementariedad. Corregimos porque perdonamos, perdonamos y corregimos porque amamos.

En un mismo discurso, Jesús nos da ambas recomendaciones: «Si tu hermano te ofende, corrígelo»; «si tu hermano te ofende, perdónalo». No corregimos para quedar por encima del que ha cometido el pecado, sino para ayudarle a ser más él mismo: por eso, la corrección ha de ir siempre unida al perdón; en el horizonte, lo que importa siempre es la relación, construir la comunidad, buscar el bien de la persona.

Llama la atención la relación que Jesús establece entre el perdón al hermano y la religiosidad, la relación con Dios. Ya lo hacía también el libro del Sirácida, en la mejor tradición sapiencial del Antiguo Testamento.

Uno de los contenidos fundamentales de la religión es la relación asimétrica entre el Dios santo y los hombres limitados y pecadores; él nos ayuda y nosotros vivimos siempre pendientes de su gracia; él es todo misericordia y nosotros experimentamos el límite de lo humano y el dolor del pecado. Frente al hombre, Dios se muestra fundamentalmente con el rostro de la misericordia; por eso es posible seguir adelante, comenzar de nuevo, tener esperanza a pesar de las caídas.

Si esta es nuestra relación con Dios, si la misericordia es el rostro fundamental que contemplamos en él, ¿cómo podemos vivir hacia los hermanos con una actitud de exigencia y falta de comprensión? Si no queremos vivir como hermanos, ¿cómo queremos ser buenos hijos de un Padre que nos ama a todos?

El amor al prójimo es la consecuencia necesaria del amor a Dios; el perdón al hermano es la consecuencia lógica de la misericordia que recibimos de Dios. Lo rezamos cada día en la oración del Padrenuestro.

La capacidad de perdonar, por tanto, muestra la verdad de nuestra religiosidad, manifiesta la coherencia de nuestra oración.

Uno de los signos de esta relación inquebrantable podríamos verlo en el hecho de que, en nuestra sociedad, cada vez aumentan más las rupturas entre nosotros a la vez que disminuye el número de los que se acercan al sacramento de la penitencia. Si, de hecho, no frecuentamos la misericordia de Dios, ¿no estaremos dejando de alimentar nuestra capacidad de misericordia y de perdón?

Menos perdonados y, por ello, menos capaces de perdonar: ¿no es este uno de los síntomas de nuestra religiosidad mediocre y nuestra sociedad dividida? Si nos alejamos de Dios, que es la fuente de la misericordia y de la gracia, no es de extrañar que cada vez exista menos gracia en nuestras relaciones y nos cueste más la misericordia. Todo se paga y se exige, todo se contabiliza: ¿no será que hemos olvidado que somos hijos, que hemos roto con la paternidad fontal que nos da vida y sentido?

El perdón es una actitud profundamente humana y llena de sabiduría; sin él, nunca construiremos sobre roca nuestras relaciones y nuestros proyectos. Necesitamos fomentar un tipo humano capaz de perdonar y de dejarse perdonar, humilde y afincado en la verdad, que no se escandaliza ante los límites propios y los de los demás.

En este tema, como en tantos otros, la antropología de la sabiduría y la religiosidad de la gracia caminan unidas. Ser sabios y ser humildes se dan la mano, ser maduros humanamente y ser santos religiosamente se complementan. Ambos, el sabio y el santo, recorren los caminos de la misericordia.

Una respuesta a “EL PERDÓN QUE NOS CONSTRUYE

  1. Avatar de Rosa Rosa 17 de septiembre de 2023 / 10:44 am

    Me ha sido mucho más fácil entender » corregir a la persona amada en la privacidad que requiere el afecto.
    Sin embargo el texto de hoy me enfrenta a una dura realidad: no solo no soy sabía ni humilde, no soy tampoco madura humanamente y parece que estoy lejos del padre nuestro *perdona mis deudas como yo perdono a mis deudores (a veces enemigos)..
    Después de años de búsqueda infatigable he conseguido, por fin, la tranquilidad de la ignorancia, que no es poco……pero al perdón no he llegado!!!!! Aún así, y no la gracia Dios sospecho que no está lejos y que un día llegará….como mi encuentro con Dios!!!
    Gracias

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