MANUEL PÉREZ TENDERO

¿Son compatibles la justicia y la misericordia? Una frase de Jesús llena de interrogantes nuestra lógica y sus comparaciones: «Los últimos serán los primeros y, los primeros, últimos».
¿Cómo interpretar esta frase? ¿Cómo comprenderla desde la justicia de Dios? ¿Qué tiene que ver con nuestro compartimiento? ¿Qué tiene que ver, sobre todo, con el comportamiento de Dios en la historia? ¿No es esta frase, de alguna manera, un resumen del mensaje y del comportamiento de Jesús, del misterio de su encarnación y su cruz?
Jesús explicó con una parábola esta frase enigmática del evangelio: la leeremos este domingo en nuestras parroquias; es la parábola de los enviados a trabajar en la viña a diferentes horas. Al final, todos cobran lo mismo, lo estipulado para los primeros trabajadores: un denario.
¿Quiénes son los primeros y quiénes son los últimos? San Ireneo, en los comienzos del cristianismo, lo explicó desde la historia de la salvación: los primeros son Israel, el pueblo elegido; los últimos, somos los paganos, llamados en la última hora de la historia. Al final, los paganos convertidos parece que vamos por delante de Israel: ¿No es esto una injusticia del Dios de Abraham?
Orígenes, unos años después de Ireneo, nos invita a interpretar la parábola desde una perspectiva espiritual e individual: algunos son llamados por Jesús en su infancia; otros, en la edad adulta; otros, en la madurez o en la ancianidad; todos ellos reciben el salario común, la recompensa divina.
No es infrecuente, en nuestras parroquias, ver cumplida esta perspectiva de Orígenes: son muchos los cristianos que abandonaron la Iglesia en su adolescencia o en su juventud; al llegar a la madurez o a la ancianidad –sobre todo cuando aprietan las dificultades y tenemos una visión más realista de la vida– muchos regresan a la Iglesia, a la eucaristía, a la oración. Los que hemos estado ahí desde siempre, ¿hemos de exigir a Dios que los trate de una forma diferente, con menos cariño, con menos recompensa? ¿No es, más bien, una alegría que nuestros hermanos, por fin, regresen al hogar y compartan la ternura del Padre con nosotros? Somos el hijo mayor de la parábola del hijo pródigo, que debe alegrarse por la llegada del hermano que se había perdido.
En el fondo de la parábola de los viñadores tenemos, al menos, dos ideas de fondo fundamentales.
La primera, y principal, es la enseñanza del verdadero rostro de Dios y su forma de actuar en la historia. En él, la justicia y la gracia no están contrapuestas. Dios es justo y es libre, Dios es misericordioso con todos. Como dijo Isaías, en una de las frases con más alcance de la Biblia, «mis planes no son vuestros planes, mis caminos no son vuestros caminos». Dios no hace las cosas como nosotros. Por eso, esta parábola nos ayuda a comprender nuestra historia, no solamente en los comienzos del cristianismo, con la llegada de los paganos, sino también nuestra sociedad actual: la forma que Dios tiene, siempre desbordante, de conducir esta historia desde las claves de la gracia. Nosotros lo haríamos de otra manera, seríamos más «justos», actuaríamos desde un horizonte mucho más restringido, sin tener en cuenta el conjunto y sin tener en cuenta la persona del otro, del pecador.
No es solo un misterio la existencia y el ser de Dios: es también un misterio su forma de conducir la historia y de actuar en el mundo. Gracias a las parábolas de Jesús comprendemos un poco mejor las contradicciones de la sociedad actual, también de la Iglesia; comprendemos un poco mejor nuestra propia historia personal, llena de momentos que nos desbordan y que, sin embargo, portan gracia y salvación a nuestra vida.
La segunda idea es consecuencia de la primera: ¿qué motiva nuestro trabajo en la viña, la recompensa o el amor del Dueño? Si queremos ganar más que los que han llegado después, ¿no será que no nos gusta el trabajo y nos esforzamos solamente por la paga? Como diría san Pablo, ¿no es la principal recompensa el hecho de haber sido llamados por Jesús? Hemos dedicado la vida a trabajar en su viña: ¿puede imaginarse una existencia más plena? ¡Qué pena que muchos hermanos nuestros hayan llegado tarde a este precioso trabajo que nos ha llenado la vida!