LA VIÑA Y SUS FRUTOS

MANUEL PÉREZ TENDERO

«Variaciones en torno a la viña»: este podría ser el título que da unidad a las lecturas que este domingo se proclaman en nuestras parroquias.

El profeta Isaías, quizá el primero que lo hizo, compone un precioso canto de amor al pueblo, en nombre de Dios, con la imagen de la viña. El Salmo, por otro lado, vuelve a comparar a Israel con una gran cepa: sacada de Egipto y trasplantada en Canaán, ha florecido hasta llenar todo el país y extender sus ramas por los países vecinos. Por fin, Jesús, inspirándose seguramente en el canto de Isaías, compone una parábola de una viña y unos viñadores que se apropian de los frutos.

En el canto de Isaías, la clave está en la paradoja que se da entre los cuidados del dueño por la viña y la falta de frutos de esta; ¿cuál será la consecuencia? Que el dueño dejará que la viña sea saqueada por los ladrones y por las fieras del campo. Al final se nos da la clave hermenéutica del canto: la viña es la casa de Israel y, las uvas, los frutos esperados, la justicia que no ha llegado. El profeta resume, de esta manera, la antigua historia de Israel: un pueblo rebelde que no se convierte y que, por ello, será expulsado de su tierra en los tiempos del exilio.

En la parábola de Jesús, también son clave la viña y sus frutos, pero existe una diferencia fundamental: la viña sí tiene frutos, el problema son los viñadores, que se apropian de los frutos y no entregan lo debido al dueño, a través de sus siervos. El último enviado a recoger los frutos es el propio hijo del dueño; las cosas se poner peor: los viñadores deciden quedarse, no solo con los frutos, sino con la viña misma y, por ello, expulsan de la viña y asesinan al hijo del dueño.

Con esta parábola, Jesús está explicando la historia bíblica hasta su propia suerte que le condujo a la cruz. La viña sigue siendo Israel, con la nueva perspectiva del Reino de Dios. Pero el problema está ahora en las autoridades, que no quieren dar los frutos al dueño, que se hacen dueños ellos mismos de los frutos y del terreno. Los siervos enviados son los profetas, como el mismo Isaías, que reclaman al pueblo y a sus autoridades, en nombre de Dios, los frutos de la viña. El último profeta enviado ya no es un siervo, sino el propio hijo, se está resumiendo la misión de Jesús y su destino inmediato: se le rechaza como un extraño, se le expulsa de la ciudad y se le da muerte. ¿Qué debe hacer el dueño con estos viñadores ladrones y homicidas? La parábola es muy dura y exigente.

En el Salmo, en cambio, se habla de la viña desde un punto de vista más positivo y en perspectiva de oración. Ahora, ya no es Dios el que habla al pueblo, sino el pueblo el que se dirige a Dios: después de tantos cuidados por tu viña, después de hacerla crecer tanto, ¿por qué permites que sea destruida? Podríamos responder desde Isaías: por vuestros propios pecados. Pero hay algo más.

¿Cómo leer estos textos desde una perspectiva actual? Tal vez, lo más importante es el tema del fruto. Como en el Salmo, nosotros estamos siempre pendientes de que la viña sea grande: el número y el tamaño es lo que importa; Dios, en cambio, como dicen los profetas y Jesús, lo que nos pide es fruto. Nosotros, estamos contando siempre el número de asistentes a misa, el número de vocaciones, el número de visitas a un canal religioso, el número… ¡el tamaño! Pero no parece que es esto lo que Dios quiere. Nos alegramos cuando somos muchos y nos preocupamos y entristecemos cuando somos pocos: ¿no debería preocuparnos, más bien, aunque seamos muchos, la falta de frutos, la falta de justicia, de unas relaciones según Dios? No se nos ha de reconocer por el número y el éxito, sino por el amor entre nosotros, dijo Jesús en la Cena.

Desde la perspectiva de la parábola de Jesús habría otra mensaje importante: el tema de los frutos se aplica, fundamentalmente, a los dirigentes. ¿No nos quejamos demasiado y revisamos poco los frutos y nuestra rendición de cuentas al Dueño? ¿No tenemos la tentación de descuidar los frutos o de intentar apropiárnoslos? Gracias al símbolo, las parábolas siguen ahí y se pueden aplicar, más allá de sus destinatarios inmediatos, a los destinatarios de todos lo

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