TERESA DE ÁVILA Y DE JESÚS

MANUEL PÉREZ TENDERO

Hoy celebramos a santa Teresa de Ávila, madre del Carmelo Descalzo y una de las patronas de España. Teresa de Jesús es una de las santas que más resplandecen en la historia del cristianismo. De hecho, fue la primera mujer en ser considerada Doctora de la Iglesia. Ella es maestra de oración y de vida cristiana. En muchas cuestiones, se adelantó a su época y, tal vez, la comprendemos en este tiempo mejor de lo que fue comprendida en su propio tiempo.

Son muchas las enseñanzas y vivencias de Teresa que siguen siendo muy útiles para los cristianos de todos los tiempos. Subrayemos algunas de ellas.

Hablar de Teresa de Jesús es hablar de oración: esa fue la tarea fundamental de su vida. Una oración muy humana y muy divina, centrada en la amistad con Jesús de Nazaret. La oración, corazón de la religiosidad, no es algo teórico y alejado de la vida, no es un formalismo que se repite sin alma. La oración tiene que ver con la persona, con su afectividad, tiene que ver con la vida.

Por ello, también tiene que ver con la condición concreta y humana de Jesús de Nazaret, con su biografía, con su nacimiento, con su vida oculta, con sus tentaciones, con sus sufrimientos en la cruz, con su soledad, con su plegaria.

Muchos místicos y maestros de espiritualidad de aquella época proponían superar la dimensión humana de Jesucristo cuando se llegaba a altas cotas de oración; los espirituales superan todo lo carnal y se impregnan de lo divino en sí mismo y lo espiritual. No está de acuerdo Teresa, desde su experiencia personal, con este camino. Hoy, sabemos que todo esto era fruto de una influencia del neoplatonismo dentro de la espiritualidad cristiana. Desde el punto de vista bíblico y teológico, la humanidad de Jesús no es una parte del camino que se debe superar cuando se avanza en la espiritualidad; más bien se trata de lo contrario: es el contenido fundamental de toda espiritualidad verdaderamente cristiana.

Además –nos recuerda Teresa– no somos ángeles: tenemos cuerpo, somos criaturas materiales; por tanto, necesitamos la cercanía de la carne de Dios para acompañar nuestros cuerpos en camino.

Hablar de Teresa es también hablar de amistad; amistad con Jesús y amistad con los amigos de Jesús. Ella quiso que sus conventos no fueran muy numerosos, para poder convertirse en lugares familiares, donde se viviera la fraternidad cristiana, la amistad espiritual, como focos del Reino de Dios en medio de la sociedad.

¿No es la soledad uno de los signos de nuestro tiempo? ¿No es el individualismo y las devociones particulares uno de los signos de nuestra espiritualidad? Necesitamos aprender de Teresa los caminos de la amistad, humana y divina, con Dios y con los hermanos. Construir el Reino es introducir en nuestra historia relaciones de amor y reconciliación.

Teresa es una mujer de cuerpo entero, valiente en su época, llena de voluntad, luchadora hasta el final por aquello en lo que cree. Fue obediente, siempre, pero no dejaba de manifestar su experiencia y de proponer lo que la vida y la oración le iban enseñando. Teresa fue una mujer de una «determinada determinación».

También es importante esta aportación para nosotros, que vivimos una espiritualidad de experiencias pasajeras y construimos relaciones superficiales con fechas cortas de caducidad. Somos una sociedad del bienestar y de lo superficial e inmediato; la voluntad, en cambio, nos hacer perseverar y luchar con fuerza y tenacidad por aquello en lo que creemos de veras.

Otra de las claves de la espiritualidad de santa Teresa es la humildad, esa «gran dama que hace rendir al Rey divino». Somos muy poca cosa y nos cuesta aceptarlo; tal vez, por ello, andamos siempre a la búsqueda de honores y reconocimientos: buscamos por fuera lo que no tenemos por dentro.

Teresa nos propone aceptar nuestra pequeñez para poder abrirnos, así, a la grandeza del amor divino. La humildad es nuestra más profunda verdad: solo desde ahí seremos felices plenamente.

Teresa es doctora de oración y de vida: dialogar con ella siempre enriquece y nos hace soñar caminos nuevos de fe y de amistad, de oración y de encuentro con Jesús de Nazaret.

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