AMAR ES EL CAMINO

MANUEL PÉREZ TENDERO

¿Cuál es el primer mandamiento? Para la tradición judía existe una jerarquía entre los libros bíblicos: los primeros cinco libros, atribuidos a Moisés, la Torah, son el texto bíblico principal, que sirve de criterio para interpretar todos los demás. Dentro de la Torah, por otra parte, existen muchos mandamientos que Dios regala a su pueblo: también aquí, la tradición judía, sobre todo la tradición farisea, cree en la jerarquización de los mandatos. De hecho, hay muchas discusiones entre los rabinos para buscar cuáles son los mandamientos principales, o aquellos en los que se puede resumir la ley entera.

En el Decálogo, por ejemplo, tenemos la principal recopilación de los mandamientos esenciales. Toda la ley se puede resumir en diez mandamientos, que el mismo Dios habría transmitido directamente a Moisés. El profeta Miqueas resume toda la Torah en tres mandamientos: respetar el derecho, amar la lealtad y caminar humildemente con Dios.

Jesús de Nazaret, en la mejor tradición judía, también piensa que existe una jerarquía entre los mandamientos y también se atreve a resumir toda la Torah, todas las Escrituras, en dos mandamientos: el amor a Dios y al prójimo.

Una primera consecuencia fundamental podemos aprender de todo esto: la importancia de la jerarquía en la ley, en el comportamiento. Son muchas las tareas de la vida, son muchas las recomendaciones que se nos hacen para acertar, pero no todas tienen la misma importancia; depende a quién le preguntemos, dará prioridad a unas dimensiones sobre otras. Tenemos la suerte de saber cuáles son las prioridades de Jesús de Nazaret, por este orden: el amor a Dios y el amor al prójimo, inseparablemente unidos.

Ambos mandamientos, tomados del Deuteronomio y del Levítico, tienen en común la palabra «amar». Aquí tenemos una segunda consecuencia importante, esencial: lo principal en la vida no es un sustantivo, un adjetivo, sino un verbo; para acertar tenemos que hacer algo, que vivir, que actuar. Este verbo es muy sencillo de comprender: amar. Dios es amor, dice san Juan, y nos ha creado a su imagen y semejanza; por tanto, ser hombre consiste en actuar el amor. Quien no ama no realiza su vocación más radical, no se realiza a sí mismo, no vive su verdad, pierde su vida. El mandamiento del amor no es algo extrínseco a la persona, no es una regla emanada de ningún consenso histórico entre sabios o políticos: se trata de la vivencia de lo que uno es, la realización de la esencia del ser humano.

Después del verbo, Jesús habla de los destinatarios de este amor: Dios y el prójimo, en este orden. Amar no es un pensamiento, ni un sentimiento, ni una experiencia humana individual; amar es una relación y, por eso, no existe si no hay alguien frente a mí. El amor, por otro lado, no es un acto común que realizamos con las personas según van haciéndose presentes en nuestra vida: no amamos de la misma manera a nadie, porque el amor, al ser una relación, está configurado por las personas que se aman. El amor no es una cosa que se da, sino algo nuevo que surge cuando dos personas entran en relación. Por eso, las personas a las que amamos y la forma de amarlas configuran nuestra persona. Se puede comprender de forma profunda, casi como una definición antropológica, aquel refrán tan conocido: «Dime con quién andas y te diré quién eres».

La persona no existe completa y, después, ama: se construye al amar. De hecho, el amor recibido nos precede y nos configura antes de poder nosotros siquiera hablar y amar. Amar o no a Dios, una religiosidad verdadera, no es algo añadido a la persona, sino una forma de construirse como sujeto, de configurar la propia vida. Lo mismo sucede con el prójimo: el amor no es solo una cuestión moral, más o menos conveniente o recomendable, sino una realidad que nos define; somos aquello que vamos amando, somos el conjunto de relaciones que vamos construyendo en nuestra biografía.

Por fin, después de hablar del verbo y de los destinatarios, Jesús nos invita a la forma en la que debemos amar: con todo el ser, en el caso de Dios, y como a nosotros mismos, en el caso del prójimo.

Toda la persona, todas sus dimensiones y sus fuerzas, también sus límites, se dirigen a Dios: solo él es absoluto y, por eso, cuando se lo damos todo estamos poniendo las cosas en su sitio, estamos viviendo nuestra verdad de criaturas. Amar cualquier realidad por encima de Dios implica la tergiversación del ser, la perversión de las relaciones, porque estamos convirtiendo en absoluto algo que no lo es.

Por otro lado, el amor al prójimo nos hace hermanos suyos, bajo el amor de un solo Dios. Por eso, lo amamos como a nosotros mismos: tenemos la misma dignidad, el amor nos iguala y nos une, nos dignifica en común. Las injusticias, el trato privilegiado de unos sobre otros, el deseo de ser nosotros más que los demás: todo eso es también una perversión de nuestra vocación más profunda, de nuestra dignidad más honda.

Como discípulos atentos, aprendemos de Jesús los caminos de la dicha y le pedimos, con humildad de criaturas, que nos ayude a vivir aquello que nos enseña.

Una respuesta a “AMAR ES EL CAMINO

  1. Avatar de Rosa Ma.Bringas Guillot Rosa Ma.Bringas Guillot 29 de octubre de 2023 / 2:57 pm

    Yo le pido que me enseñe a amar a las personas que no me son gratas.
    Padre disculpe vi su video del génesis y me encantó. Me gustaría ver el éxodo.

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