MANUEL PÉREZ TENDERO

Uno de los signos principales de la grandeza de Dios es su dominio sobre la naturaleza: él es el Creador y el que gobierna todo con su poder, poniendo la naturaleza al servicio del hombre. Por eso, cuando Jesús acalla la tormenta desde una pequeña barca en el lago de Galilea, sus discípulos se admiran y se preguntan quién era aquel hombre, que ejerce el poder del mismo Dios.
Me gustaría leer el milagro de la tempestad calmada desde tres perspectivas complementarias: una pregunta humana, un reto para los creyentes y un horizonte misionero.
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