MANUEL PÉREZ TENDERO

Todos conocemos la actitud de Jesús hacia los grupos religiosos de su época, sobre todo su actitud respecto a los fariseos. Este domingo volveremos a leer en las parroquias una nueva controversia entre Jesús y este grupo importante en la religiosidad judía del siglo primero.
Como hemos repetido más de una vez desde aquí, los fariseos eran el grupo más cercano a Jesús y el más sinceramente religioso en su época. Por esto mismo, tal vez, Jesús se atreve a corregirlos más que a ningún otro grupo.
Dos son los principales temas de reproche en la controversia que leeremos este domingo. Por un lado, la contraposición entre una religiosidad externa y otra más interna y personal; por otro lado, la relación entre las tradiciones religiosas humanas y la ley de Dios.
Los fariseos se esforzaban en cumplir hasta el mínimo detalle los mandamientos de Dios. Pero, en la Ley escrita, faltaban muchos detalles y, por ello, las leyes eran aplicadas según la tradición de las diferentes escuelas de maestros fariseos.
Entre otras cosas, el fariseísmo cuidaba mucho la pureza en todas las dimensiones de la vida, hasta en las cosas más cotidianas, como en los ritos del comer y el lavado de los utensilios de cocina. Por eso, reprochaban a los discípulos de Jesús que, siendo un grupo religioso, con un Maestro tan contrastado, no siguieran a rajatabla esa pureza tradicional, que era signo de verdadera religiosidad.
Aquí llega el reproche de Jesús: ¿dónde reside la verdadera religiosidad? ¿Dónde se sitúa la pureza verdadera? En la línea de los antiguos profetas, Jesús habla de moral, de vida interior, de intenciones profundas, de cosas importantes. Comer en vasijas de barro y no de piedra no hace más impuro a un hombre, sino su actitud ante los hermanos. De tanto cuidar lo exterior e intentar controlarlo, podemos olvidar lo interior, lo personal, lo que a Dios le importa.
¿Existe hoy fariseísmo en la religión? ¿Puede darse entre nosotros ese cuidado de lo exterior que nos sirve, a menudo, para juzgar a los demás? Creo que sí, que no se trata una actitud del pasado. Ambas dimensiones se dan a menudo: cuidar solo lo exterior y juzgar la religiosidad de los otros desde ahí. ¿No tendría que corregirnos Jesús también a nosotros? ¿No deberíamos dejar que fuera él quien marca los criterios de lo puro y quien nos corrija cuando intentamos controlar los pequeños gestos religiosos exteriores de los demás?
Por otro lado, creo que también existe un fariseísmo laico, no religioso, que se multiplica a nuestro alrededor: el cuidado de lo externo, el olvido de lo interior y la tendencia a juzgar a los demás desde esa dimensión superficial de la vida.
Además de la dialéctica entre la pureza exterior e interior, Jesús denuncia otra actitud en la religiosidad farisea: la diferencia entre la voluntad de Dios y la conservación de nuestras propias tradiciones.
Creo que la Iglesia necesita, en esta dimensión, un largo y profundo discernimiento, tanto en el pueblo de Dios como en sus pastores. Son muchas las tradiciones que se han introducido en nuestra religiosidad, tanto en la religiosidad popular como en la religiosidad de los dirigentes. Estas tradiciones, en principio, no están mal, pero no podemos identificarlas, sin más, con la voluntad de Dios, ni pueden convertirse en el criterio de nuestra religiosidad. Necesitamos buscar lo que Dios quiere, que no siempre coincide con lo que el pueblo desea o con lo que yo creo más conveniente.
Creo que nos hemos acostumbrado a conservar tradiciones y a inventar otras nuevas, sin mucho deseo de discernir si todo esto que hacemos es realmente lo que Dios desea.
Tenemos instrumentos suficientes para encontrar esa voluntad de Dios: su Palabra escrita, la Tradición de la Iglesia, el servicio del Magisterio; pero necesitamos tiempo y dedicación, necesitamos humildad, honradez y deseos de convertir nuestras tendencias religiosas para que sea Dios quien marque nuestra fe y nuestras costumbres.
El evangelio de este domingo, como cada semana, también va dirigido a nosotros.
…cuidemos lo que agrada a Dios manifestado en Jesus que vino a reinar en nuestros corazones y se hace pan para nosotros con misericordia y perdón…
Me gustaMe gusta
Muchas gracias. Totalmente de acuerdo.
Hay que llevar a la oración, al silencio todo esto
Me gustaMe gusta