MANUEL PÉREZ TENDERO

Dicen que es la ciudad más antigua del mundo; ciertamente, es la más baja, casi a cuatrocientos metros bajo el nivel del mar Mediterráneo.
Es también la primera ciudad que se encontraron los israelitas cuando subían desde Egipto a una tierra que manaba leche y miel. Los muros de Jericó, que cayeron ante el sonido de las trompetas del pueblo elegido, han pasado a la historia como signo del poder de Dios y la bendición sobre su pueblo.
Antes de la conquista, el recuerdo de Jericó también está ligado a la casa de una prostituta, Rahab, que acogió en su casa a los espías israelitas que llegaron a inspeccionar el país enviados por Moisés desde Transjordania.
Muchos años después, Jericó vio pasar por sus puertas a los profetas Elías y Eliseo, camino del Jordán. Al regresar Eliseo solo, después de despedir a su maestro, realizó el milagro de sanar la fuente que, todavía hoy, lleva su nombre, a los pies de la colina arqueológica que muestra los restos de una historia tan secular.
Jericó era también el destino de aquel hombre de la parábola que fue atacado por unos bandidos en el desierto. Casi muerto, fue atendido por un samaritano que lo llevó a la ciudad, a la posada, para ser sanado y recuperado. Jericó, desde entonces, es signo de misericordia, lugar en el que tenemos que aprender a ser prójimos de los necesitados.
En Jericó vivía también Zaqueo, aquel hombre de baja estatura y abundancia de bienes a quien vino a visitar en persona la misericordia del Todopoderoso. Jesús se alojó en su casa, a pesar de todas las críticas, y cambió su vida.
En dirección contraria al hombre de la parábola, Jesús se dirigió desde Jericó a Jerusalén para recorrer la última etapa de su subida a Jerusalén desde Galilea. Como el pueblo de Israel siglos atrás, Jesús realiza con sus discípulos la peregrinación de la promesa. En tiempos de Josué, una prostituta fue liberada por Dios de la destrucción de la ciudad. Ahora, también la casa de un hombre pecador, Zaqueo, es liberada por el paso del pueblo de Dios en camino, con Josué-Jesús a la cabeza.
Conocemos otro personaje ligado a la ciudad de Jericó: el ciego Bartimeo. Él estaba a las afueras, en el borde del camino, como el hombre maltratado de la parábola. A diferencia del sacerdote y el levita, Jesús se acerca al ciego, como hizo el samaritano con el hombre malherido. Como el samaritano, también Jesús se lleva consigo a aquel que se ha encontrado en el camino; curados y acompañados. La figura del samaritano no es solo ejemplo de misericordia para los discípulos, sino signo de Jesús mismo que camina entre nosotros.
En el caso del ciego hay una novedad: no solo ha sido sanado, sino que se ha convertido en discípulo de Jesús, compañero de su camino hacia Jerusalén. La misericordia de Jesús hace posible, no solo la curación, sino la fe de aquellos que encuentra a su paso. Él nos sana para hacernos un regalo mayor: vincularnos a su persona para siempre, llevarnos a Jerusalén.
Quizá podamos ver reflejado en estos dos personajes nuestra propia historia con Jesús. En él podemos reconocer a nuestro buen samaritano, aquel que nos cura y nos ayuda, aquel que paga el precio por nuestro dolor. Pero él quiere ser también pastor de nuestras vidas, nos ofrece un camino de seguimiento para que orientemos nuestras vidas en su compañía.
Es posible que muchos cristianos esperen de Jesús una ayuda en su tribulación, una mano amiga, una sanación en su enfermedad. Pero él nos ofrece algo más: un camino, unas huellas, una compañía, una meta.
¿Nos pareceremos más al hombre de la parábola o al ciego Bartimeo? Jesús pasa a nuestro lado y abre caminos de futuro a nuestra postración.
ver para creer…libres de temor para seguir a Jesús y confesar que es el único Señor de nuestras vidas…superar las esclavitudes que nos ciegan…aliviar tantas realidades de dolor…gritar con el herido… Hijo de David ten misericordia de mi…gracias Dios mío.
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