FRANCISCUS

MANUEL PÉREZ TENDERO

De corazón italiano y de cabeza española: san Francisco y san Ignacio son, probablemente, los dos santos que más han configurado la vida y la misión del papa Francisco.

Al final de su vida, la Iglesia, por encima de todo, agradece a Dios el cuidado que nos ofrece. Él es garante de que este rebaño, tantas veces disperso y pecador, no quede «como ovejas sin pastor». La figura del vicario de Cristo es una de las claves de la providencia de Dios sobre su pueblo. Parafraseando a santa Teresa de Jesús, podríamos decir que, en los «tiempos recios» que nos ha tocado vivir, el Señor nos ha concedido «amigos fuertes de Dios».

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PASAR CON ÉL

MANUEL PÉREZ TENDERO

Como todos sabemos, la celebración de la Pascua judía sirvió como contexto histórico y teológico para vivir y comprender los acontecimientos históricos de la Pasión, Muerte y Resurrección de Jesucristo. ¿Cuál es la diferencia fundamental entre la Pascua judía y la Pascua cristiana?

En tiempos de Moisés, el «paso» de Dios por Egipto supuso el paso del pueblo de Israel de la esclavitud a la libertad; también significó una liberación de la muerte de los primogénitos, gracias a la sangre del cordero: el Ángel exterminador «pasó de largo» por las casas israelitas. La libertad y la vida forman parte del significado original de la Pascua.

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GRITARÁN LAS PIEDRAS

MANUEL PÉREZ TENDERO

En la entrada triunfal de Jesús en Jerusalén, la muchedumbre de los discípulos cantaba y alababa a Dios a gritos por todos los milagros que este Mesías había realizado camino de Jerusalén. Ante tanto griterío, algunos fariseos de entre la gente le dijeron a Jesús que los mandara callar. Jesús, en cambio, les respondió que, si callaran los discípulos, las piedras mismas se pondrían a cantar.

La Pasión de Jesús se abre entre gritos de alabanza por parte de la multitud; así también terminará: con gritos de la multitud, pero no para alabar a Dios, sino para pedir la condena de Jesús. La multitud sigue gritando: tal vez no sepa hacer otra cosa. Pero los discípulos sí cambiarán su actitud: al entrar en Jerusalén, gritan con Jesús, durante las últimas horas, cuando el Maestro es juzgado y muere, los discípulos callan y se alejan.

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ESCRIBÍA EN EL BARRO

MANUEL PÉREZ TENDERO

Una mujer adúltera es presentada ante Jesús por los escribas y fariseos en Jerusalén: «La ley de Moisés nos manda apedrearla; tú, ¿qué dices?».

El pecado del hombre es utilizado como una espada para intentar herir a Dios; el mal que el hombre engendra en la tierra se convierte en una pregunta desafiante elevada contra el cielo. El hombre se atreve a poner a prueba a Dios utilizando incluso su misma ley.

¿No debería ser al revés? ¿No debería Dios pedir cuentas al hombre por sus pecados? En cambio –trágica paradoja–, es el hombre el que se atreve a pedir cuentas a Dios por el pecado de los demás. ¿No ha sido esta la historia de la humanidad? ¿Cuándo ha dejado el hombre de exigir respuestas a Dios por sus propias contradicciones?

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