MANUEL PÉREZ TENDERO
¿Un ladrón en la noche o un esposo que vuelve de su boda? ¿Bajo que figura hemos de esperar a nuestro Señor resucitado?
Ambas imágenes fueron utilizadas por Jesús para exhortar a sus discípulos a la vigilancia. San Pablo, utilizando la misma imagen, nos ayuda a profundizar en el misterio: si vivimos vigilantes, como hijos de la luz, ese día final que se avecina no irrumpirá como ladrón en la noche, sino como encuentro nupcial definitivo.
El Nuevo Testamento está lleno de referencias a la paciencia ante la llegada del Señor. Uno de los problemas principales del creyente es el silencio de Dios y su tardanza. Este es el gran tema de los libros sapienciales: ¿merece la pena ser justos cuando parece que Dios tarda en recompensar el bien y en castigar el mal? ¿Para cuándo hemos de esperar la justicia de Dios sobre la historia de los hombres? Cuando no se creía en la resurrección, este problema era prácticamente irresoluble. ¿Quién reivindicará a las víctimas inocentes que ya han muerto? ¿Cuándo se les hará justicia?
Pero el problema de la tardanza de Dios también sigue vigente en el Nuevo Testamento: el Reinado de Dios, que ya está inaugurado, no parece que se vea reflejado en la dinámica de la historia en que vivimos. Por eso tuvo que explicar Jesús el Reino de Dios con las parábolas de la pequeña semilla de mostaza, una semilla que crece por sí sola, pero que necesita tiempo para dar fruto definitivo.
El cristiano vive pendiente de la inminente llegada de Jesús, pero van pasando los días y el Señor no viene. No viene de forma definitiva para acabar la historia, pero tampoco parece venir a nuestras pequeñas peticiones de justicia y ayuda.
El silencio de Dios, su aparente inactividad, su tardanza y ocultamiento son el gran problema del creyente para poder sostener su fervor día tras día. Algunos, ya se han cansado de esperar y han perdido la fe.
Este es el tema principal de las lecturas de este domingo: la fe como perseverancia, la fe como espera sostenida que acepta los tiempos de Dios y su forma oculta de actuar. Los grandes personajes del Antiguo Testamento son ejemplo perfecto de esta fe: supieron confiar cuando todo parecía perdido, cuando parecía no haber futuro; es más, supieron confiar sin haberles sido dado la participación en lo definitivo, que solo llega con Jesús. A nosotros, en cambio, que hemos gustado ya la meta, parece que nos cuesta más esperar con fe que a ellos.
Nuestra sociedad piensa que ninguna voz nos llega ya de arriba y que nadie nos espera en el futuro: por eso, tenemos que construirlo todo desde abajo y hemos de proyectar nosotros solos cualquier futuro.
«Cuando venga el Hijo del hombre, ¿encontrará fe en la tierra?». Pero, ¿no será que la fe se va desdibujando, precisamente, porque el Hijo del hombre no acaba de llegar? También Israel en el desierto desesperaba porque la meta se hacía demasiado lejana: resultaba más fácil regresar a Egipto que seguir caminando hacia la tierra que Dios había prometido.
Puede suceder que pensamos tener fe porque compartimos un conjunto de creencias teóricas y de costumbres rituales; pero, ¿cómo anda nuestra tensión hacia el futuro a pesar de la espera? ¿Cómo de intenso es nuestro deseo de la llegada del Esposo?
«La fe es garantía de lo que no se ve, seguridad de lo que se espera»: el autor de la carta a los Hebreos nos ha regalado una de las definiciones más profundas de la fe. El reto está en revisar nuestra propia fe desde esta concepción bíblica para seguir creciendo como creyentes.
¿Qué vemos dibujado en el futuro? ¿A quién esperamos? ¿Con qué intensidad? ¿Vemos posible que la humanidad llegue a la meta? ¿Puede Dios conducir este mundo hacia su tierra prometida?
Necesitamos creyentes recios que nos ayuden a sostener una forma de vivir llena de esperanza, con la mirada puesta en él, el Esposo que parece tardar, pero que siempre cumple sus promesas.
para creer…en los tiempos nuevos que promete la palabra para quienes esperan en El Señor…gracias Dios porque nos redimes en comunidad…seguimos a Jesús.
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