MANUEL PÉREZ TENDERO

¿Habéis participado en algún banquete hace poco? ¿Habéis sido invitados o anfitriones?
Si erais invitados, ¿recordáis el puesto que ocupasteis en aquel banquete. Si erais los anfitriones, ¿recordáis las personas a las que invitasteis?
Este es el tema del evangelio que se nos propone este domingo: es una enseñanza para invitados y para invitadores, para comensales y para anfitriones. Lección de humildad para los convidados y lección de gratuidad para los que invitan.
Jesús enseña, desde la comida, un nuevo estilo de vida válido para todas las dimensiones de nuestra existencia. ¿A quién no le gusta elegir los puestos más relevantes en cualquier lugar al que acude? ¿Quién no se enfada cuando cree que le han asignado un puesto inferior al que a él le parece más adecuado? En los evangelios, desde los escribas a los mismos discípulos, Jesús observa que todos buscan los primeros puestos. Hoy, seguramente, se repite la tendencia: en el ámbito político y social, pero también en la Iglesia, la tendencia de todos es la de elegir los puestos mejores.
El papa Francisco hablaba mucho de “carrerismo” en la Iglesia, es decir, ese deseo de medrar, de ocupar puestos cada vez más relevantes. Desde el evangelio de este domingo, parece claro que esta actitud es contraria a lo que el Señor pide de sus discípulos y aconseja a todo el mundo.
La humildad, en este caso, no es tanto un sentimiento, sino una elección, un acto concreto y claro: elegir los últimos puestos; después, el anfitrión vendrá para que ocupemos un puesto más elevado.
Por otro lado, Jesús también quiere dar una enseñanza al fariseo que lo ha invitado y, con él, una enseñanza a todos nosotros: a la hora de elegir a quién invitar, nos pide que no invitemos a los conocidos y a aquellos que nos pueden pagar la invitación, sino a la gente que no nos puede devolver el favor; esto es verdaderamente “invitar”: un acto de gratuidad, de donación sin esperar recompensa. Esto es difícil de aceptar en un mundo en el que todo se paga.
No sé si también funciona esta dinámica mundana en la Iglesia: ¿quiénes son los invitados a nuestras asambleas y nuestros grupos? ¿No preferimos que venga gente “valiosa”, jóvenes, personas que puedan aportar cosas, materiales o espirituales?
Como en las bienaventuranzas, Jesús cambia nuestra forma de pensar y se atreve a poner los fundamentos de una sociedad nueva, marcada por la humildad y la generosidad.
Esta doble preciosa enseñanza funciona, no solo en el ámbito teológico y espiritual, sino también en el ámbito humano. Jesús es, de nuevo, Maestro de sabiduría humana, de relaciones sociales que abren horizontes nuevos de humanidad y convivencia.
Y funciona, también, en el ámbito cristológico. Podemos leer la doble enseñanza de este domingo aplicada a Jesús mismo, a su biografía entre nosotros. Según san Juan, el Hijo del hombre ha descendido, se ha hecho carne, se ha humillado, para poder ser glorificado al final de su vida por el Padre. Él ha elegido el último puesto entre nosotros –llegando a lavar los pies a sus discípulos– para ser subido más arriba, al puesto principal, por parte del Dueño de la historia. Es la misma perspectiva desde la que nos habla san Pablo en su precioso himno de la carta a los Filipenses: Jesús se vació del todo para ser ensalzado y glorificado por Dios. También san Lucas nos cuenta la vida de Jesús en la misma dirección: nace en un pesebre y su vida consistirá en una progresiva “ascensión” hacia la derecha del Padre.
La enseñanza de Jesús, por tanto, brota de su propia vivencia. Él nos pide aquello que vive, no porque haya que quedar bien ante los demás, sino porque así funciona el corazón de Dios, esta es la dinámica de la historia y esta es la vocación profunda del hombre. La humildad y la generosidad son algo más que “virtudes”: son la esencia del ser, la clave para vivir la verdad de lo que somos y encontrar la felicidad.
para servir a los demás…pobres y desprotegidos comparten esta experiencia…El Señor nos iguala para amar…gracias Jesús por mi comunidad.
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Hermosa reflexion , y ciertamente se da en todos los ámbitos , incluso en nuestras comunidades religiosas y no nos damos cuenta de ello. Humildad y gratitud , debo aprender mas de estas dos virtudes
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