MANUEL PÉREZ TENDERO

Uno de los temas fundamentales de la liturgia de este domingo es la sabiduría; tan importante es que «los hombres se salvaron gracias a ella» vamos a leer en la primera lectura. ¿En qué consiste esta sabiduría que es capaz de salvar?
La Sabiduría radical es el Hijo de Dios hecho carne, el único que hace posible la salvación del hombre; pero también es posible profundizar en algunas claves para intentar vivir un estilo de sabiduría que nos ayude a caminar por las sendas de la salvación.
Recuerdo, cuando era un joven seminarista, que el sacerdote de mi pueblo insistía mucho en la diferencia entre tener «cultura» y tener «educación»; también podríamos decir que se debe distinguir entre la inteligencia y la sabiduría.
Las lecturas de este domingo nos dan algunas claves para conseguir esta sabiduría de la que tanto hablan los textos bíblicos.
Una primera clave del hombre sabio, que aprendemos de la oración de Salomón, es el reconocimiento de los propios límites para conseguir un conocimiento exacto de los caminos más adecuados hacia la felicidad. La humildad, también fuera de la Biblia, es una de las características del hombre sabio. El que se cree sabio y, aún más, el que intenta demostrarlo, está manifestando su profunda necedad.
En el Salmo responsorial aprendemos otra clave fundamental, también relacionada con la humildad: «Enséñanos a calcular nuestros años para que adquiramos un corazón sensato». Uno de los límites fundamentales del hombre –y también la atmósfera necesaria en la que su alma ha de respirar y vivir– es el tiempo. Desde siempre, la mayoría de los santos han reflexionado sobre la muerte para aprender a llevar una vida más sensata.
Cuando uno piensa que el tiempo es un almacén absoluto del que se puede estar siempre sirviéndose, se encamina hacia la frustración y elige un camino de necedad y falta de humanidad. Según vamos creciendo, cuando parece que el tiempo que nos queda es menor que el tiempo que llevamos vivido, empezamos a reflexionar y a darnos cuenta de que el tiempo es un bien escaso, un tesoro que debemos recorrer y saborear con inteligencia profunda. Algunos, al experimentar este límite, dirigen sus almas hacia la decepción y el escepticismo; otros, como el salmista, lo aprovechan para aprender a ser sabios. La vida, el pasar del tiempo, es una preciosa escuela de sabiduría si estamos dispuestos a ser sus alumnos. El anciano puede ser la voz sabia de la familia y el pueblo, a quien acudimos para adquirir luz, o pura carne revestida de arrugas, con el alma llena de nostalgia y decepción.
Necesitamos jóvenes y personas maduras que «aprendan a calcular sus años» para vivir el tiempo con sabiduría y sosiego, para aprender a amar con hondura y fidelidad.
El evangelio de este domingo también nos da claves para adquirir sabiduría. Como en el Salmo, también se nos habla de hacer cálculos; en este caso, se trata de calcular las fuerzas y los medios necesarios al comenzar una empresa. En la parábola de Jesús, en el fondo, tenemos dos enseñanzas, que no son contradictorias.
En el mundo de ideas de la parábola de la batalla y la construcción, el hombre sabio es aquel que conoce su ejército y su dinero, para no fracasar en la tarea de presentar batalla o construir una torre. Tenemos aquí una enseñanza «humana» que Jesús toma como punto de partida. El discernimiento es fundamental, conocer nuestras fuerzas, para acometer empresas adecuadas a nuestras posibilidades.
Pero, una vez aceptada esta enseñanza, la aplicación de Jesús funciona en una dimensión completamente nueva: quien quiere emprender la tarea de seguir a Jesús, de ser su discípulo, tiene que hacer otro tipo de cálculos; ahora, no se trata de saber con cuántos hombres cuento o con cuánto dinero, sino de cuánto me he desprendido. ¡En la misma parábola tenemos dos formas de calcular completamente diferentes!
En el Reino, las matemáticas funcionan de una forma nueva, los cálculos de Dios no son los nuestros. ¡Cuántas personas está preocupadas, no ya por su dinero, sino por el número de feligreses, o de seguidores, o suscriptores!
¿Vivimos en un mundo y en una Iglesia de sabios? ¿O estamos funcionando solo con cálculos humanos, también en la evangelización? ¿Dejaremos que el Maestro nos enseñe a crecer en los caminos de la sabiduría?
….requiere dedicación y esfuerzo para alcanzar un éxito que Dios reserva para sus hijos…por ello pido la fe y el Espiritu Santo…Jesús en Vos confío… Señor de nuestras vidas.
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