MANUEL PÉREZ TENDERO

Los publicanos del tiempo de Jesús rezaban más bien poco. Lo que sí hacían era quedarse con el dinero de la gente y servir a los romanos en su opresión fiscal sobre el pueblo judío.
Los fariseos, en cambio, eran personas laicas que se tomaban muy en serio lo de ser miembros del pueblo elegido, que debía ser santo porque su Dios era santo. De hecho, en general, los fariseos eran más sinceramente religiosos que los sacerdotes saduceos. Además, su interpretación de la ley de Moisés, dentro del judaísmo de aquel tiempo, era la más humana y abierta, aunque había diversas escuelas con matices diversos.
De hecho, como hemos recordado muchas veces, Jesús de Nazaret fue interpretado como un maestro fariseo de su tiempo y era llamado «Rabbí» como muchos de ellos. Dentro de la interpretación de la religión judía, el grupo más cercano a la doctrina de Jesús eran los fariseos. También hemos repetido que Jesús tenía amigos fariseos y acudía a sus casas a comer.
Si nos situamos en la perspectiva social y religiosa de aquel tiempo, la parábola del fariseo y el publicano nos resulta sorprendente. La mayor parte de las parábolas de Jesús tienen esta dimensión sorprendente y llamativa: el problema es que nos hemos acostumbrado a ellas y creemos entenderlas. De esta manera, pierden toda su capacidad de despertar nuestra conciencia e invitarnos a la conversión.
En el mundo de Jesús, los publicanos no son los buenos ni los fariseos los malos; el mundo de Jesús es el mismo que el de toda la gente de su época. Ahí radica su novedad y su llamada de atención: nadie estamos libres de pecar, por muchos esfuerzos que pongamos para ser perfectos cumplidores de la ley de Dios.
En el mensaje de Jesús, a menudo, las personas menos religiosas, aquellas en las que nadie se fija, son elegidas por el Maestro como modelo a seguir. Lo hizo en el caso de la viuda pobre, en quien nadie se fijaba; con la parábola de este domingo, lo hace poniendo como ejemplo a alguien a quien nadie se atrevería a poner como modelo: una persona con un oficio poco religioso y sospechoso de opresor y ladrón.
Jesús nos enseña a mirar la realidad de una forma nueva; nos enseña, sobre todo, que son muchos los matices que se nos escapan, que lo que vemos es apenas una dimensión pequeña de la realidad. Dios ve mucho más allá, su mirada no es como la nuestra, y debemos aprender a escuchar su palabra y a recibir su mirada.
La gran aspiración de un fariseo, de todo judío piadoso, es llegar a ser «justo»: eso es ser santos, como se nos dice de José de Nazaret. También nos recuerda esta perspectiva la teología de san Pablo: ¿qué es aquello que nos justifica, la fe o las obras de la ley?
En esta parábola tenemos resumida toda la teología de san Pablo, que había sido fariseo y se convirtió, no en publicano, sino en discípulo de Jesús. Lo que justifica al hombre de Dios no es la autocomplacencia en su propia justicia, sino el reconocimiento de su pecado, la necesidad de Dios y su misericordia. A las personas muy religiosas nos puede suceder lo que a aquel fariseo: cuanto más ascendemos por el mundo de la moral y cuanto más arriba estamos en el ámbito del templo, más podemos alejarnos de Dios. No toda religiosidad es «según Dios»: Jesús es el criterio de nuestra religiosidad, él es el Maestro cuyos pasos hay que seguir.
Dos son los problemas principales del fariseo: la falta de humildad y su necesidad de compararse con los demás para sentir que va bien en su camino de santificación. Lo que dice en su oración es verdad: él cumple todo lo mandado y es mejor que aquel publicano; pero esta verdad olvida lo esencial de la religión, como ya nos decían Miqueas y los profetas: «Andar humilde con tu Dios».
Crecer en humildad y dejar de compararnos con los demás: dos claves fundamentales de la enseñanza de Jesús, dirigida, fundamentalmente, a las personas que somos más religiosas. Necesitamos discernir nuestra religiosidad a los pies del Maestro, cada semana.
…se presentan ante Dios para alcanzar gracia porque según su corazón serán justificados…Jesús me ayuda con obras y fe en el caminar de cada día…gracias Señor.
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Cuando el fruto del árbol intenta tomar decisiones por si mismo independientemente del árbol del que nació y al que pertenece, se agusana a si mismo. Aunque fruto y fruto jugoso, debe permanecer humilde y reconocerse completamente dependiente de Aquél que lo dió a luz, que lo alimenta y lo sostiene. Así, cuando caiga, ya maduro, será buen alimento para ser trillado por los dientes de algún pobre de espíritu, hambriento de la Palabra.
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Un saludo afectuoso y mucha suerte en esta nueva temporada con el estudio de los Salmos y que Jesús y el Espíritu Santo, lo siga inspirando para seguir enseñándonos a amar a Jesús y la Sagrada Escritura.
Atte.
P. Hugo
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