MANUEL PÉREZ TENDERO

Leyendo las lecturas de este domingo, surgen algunas ideas sueltas que podemos compartir. La unidad entre estas ideas es tarea que dejamos al lector: la síntesis tiene mucho que ver con el camino personal y las circunstancias que cada uno está viviendo.
Desde el breve texto de Malaquías, vemos una ambivalencia de la llegada del Día del Señor, simbolizado en el sol que llega para todos. El sol se convierte en horno para los malvados, que no son sino paja destinada al fuego. En cambio, para los que son fieles, el sol trae luz para alumbrar el camino.
Todos tenemos experiencia de ambas dimensiones del sol: calor abrasador y luz que disipa las tinieblas. Esta ambivalencia, que podríamos llamar natural, es aplicada por el profeta al mundo del hombre desde un punto de vista moral: lo que para unos es luz, se transforma en fuego devorador para otros. Estamos muy cerca de las reflexiones del libro de la Sabiduría sobre la relación entre Israel y Egipto: el agua, que manó de la roca y fue bebida de vida para unos, se convirtió en mar impetuoso que cerraba sus fauces para los ejércitos de los perseguidores. La ambivalencia de la realidad, la forma diferente de vivir unos mismos acontecimientos, tiene que ver con nuestra relación con Dios y con nuestras decisiones morales.
En la segunda lectura, tomada de la carta segunda de san Pablo a los cristianos de Tesalónica, se habla del trabajo. La pereza, la comodidad, y también ciertas ideas religiosas del fin de los tiempos, llevan a muchos a querer vivir sin trabajar. No es ese el camino de la espiritualidad cristiana. El deseo de no trabajar, por otro lado, está muy relacionado con una vida desordenada que, al no tener oficio propio, se dedica a meterse en la vida de los demás.
Estas reflexiones del Apóstol tienen una actualidad enorme y pueden ayudarnos a revisar nuestro estilo de vida que, a menudo, tiene mucho que ver con la falta de orden, con la pereza para trabajar y con el deseo de meternos, de forma parásita, en la vida de los demás.
Desde los comienzos del mundo, la Biblia nos habla del valor del trabajo como forma de dignificar al hombre: transformando la realidad se construye a sí mismo y colabora con el Creador en la preciosa obra de la naturaleza.
Por fin, la lectura del evangelio nos habla de los tiempos finales del mundo. Para la teología cristiana, el cosmos tuvo un inicio y tendrá un final. Ese final ha comenzado ya desde la misión de Cristo, muy especialmente desde su victoria sobre la muerte; pero nadie sabe el momento concreto de ese final; esta es una de las características fundamentales del fin: no puede ser dominado por nosotros, no podemos controlarlo.
No obstante, desde los comienzos del cristianismo, muchos han intentado controlar este momento y han realizado cálculos basados siempre en su propia imaginación y en una interpretación muy particular de los textos y los acontecimientos. En tiempos de crisis y dificultad es muy fácil convencer a la gente con teorías catastrofistas.
Ante esta multiplicidad de adivinos y agoreros, Jesús les da a sus discípulos una doble advertencia. En primer lugar, los previene frente a los engaños. No hay que hacer caso a quienes se erigen como conocedores del mañana y señores del tiempo: solo Dios conoce el día y la hora, solo su libertad y amor llevarán esta historia a su final definitivo.
Por otro lado, como nadie sabe el momento, como hemos de dejar a Dios ser Dios y hemos de confiar en su providencia, nuestra actitud ha de ser la de no tener miedo, por un lado, y la de vigilar y estar atentos, por otro. Vigilancia confiada, esfuerzo pacífico, esperanza que trabaja, espera sin rutina. Nuestra mirada al presente y al futuro inminente es un acto de fe; el desconocimiento no es un dato negativo, sino la posibilidad de confiar más en Dios y trabajar a su lado para que su voluntad y sus ritmos marquen las claves de lo que vivimos y sufrimos.
…para sentir el principio y confiar en la providencia de Dios que tiene sus tiempos en nuestra salvación…gracias Señor por Jesús…alivia nuestro sufrir.
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