LOS PROFETAS Y MARÍA

MANUEL PÉREZ TENDERO

Dos son los profetas que nos salen al encuentro en este segundo domingo de Adviento: Isaías y Juan Bautista. Ambos anuncian la llegada del Elegido que será portador del Espíritu: lleno de dones para restablecer la paz del paraíso en la tierra, dice Isaías; lleno de fuego para bautizar a todos con la plenitud del Espíritu transformador, dice Juan Bautista.

Los cristianos vemos cumplidas en Jesús las promesas de los profetas y las palabras de las Escrituras: él ha venido ya, fruto del Espíritu, y ha derramado su Espíritu en nosotros para que continuemos su misión y esperemos su regreso.

El Espíritu es agua que limpia y fuego que purifica: Juan Bautista grita a todos la necesidad de la conversión para recibir al Ungido por el Espíritu. La conversión consiste en «dar frutos»; no es suficiente la meditación, la constatación del pecado: la conversión necesita hacerse visible en frutos concretos de transformación de la vida.

También Isaías habla de esos frutos desde otro punto de vista: la llegada del Mesías traerá una nueva era de paz y de paraíso a la humanidad entera, con consecuencias también para los animales. Se vuelve a los tiempos previos al diluvio, todos los animales son vegetarianos y pueden pastar juntos en la estepa: el león con el buey, el oso con el cordero; incluso la serpiente, que fue el animal que disturbó la paz del origen tentando a Eva y a Adán, es ahora inofensiva: un niño puede meter la mano en su madriguera sin experimentar ningún temor.

Estos frutos del Espíritu en Isaías brotan de una plenitud que el Mesías nos trae: el conocimiento de Dios llena la tierra como las aguas colman el mar. Lo que era para Juan Bautista la conversión es para Isaías el conocimiento de Dios.

Todos tenemos necesidad de conversión, de cambiar de vida, de transformar moralmente nuestra existencia; pero no es suficiente con eso: necesitamos acercarnos a Dios y dejarnos transformar por su amistad, conocerlo íntimamente.

Podríamos recorrer el mensaje de la mayoría de los profetas y encontraríamos una queja repetida: el pueblo no conoce a su Dueño, no hay conocimiento de Dios en la tierra. Por eso, los profetas sueñan un futuro en el que todos conocerán a Dios y, de esta manera, se inaugurará un nuevo tipo de humanidad.

Como en los tiempos de los profetas, ¡cuántos creyentes hay que no conocen a Dios! En muchas ocasiones, la fe ha quedado reducida a unas costumbres, alguna devoción, ritos repetidos en diversas ocasiones, tradiciones transmitidas en pueblos y familias, pero sin un conocimiento verdadero de Dios, sin una amistad sincera con él.

Como san Pablo le escribía a los filipenses, conocer a Cristo es ahora nuestra principal tarea, considerando todo lo demás como secundario, como «basura».

Conversión moral y conocimiento personal de Dios: dos tareas que los profetas del Adviento nos presentan para que las tomemos en serio y hagamos posible una humanidad nueva, fruto del Espíritu, caracterizada por la convivencia de todos los hombres y la paz de todas las criaturas.

Para facilitar la eficacia de la palabra de los profetas, la Iglesia nos ofrece la figura de María, Inmaculada desde su concepción. Escuchando a Juan Bautista y mirando a María creemos en la victoria del hombre sobre el pecado, en la posibilidad de la gracia plena, de la limpieza y la belleza sin manchas.

Escuchando al profeta Isaías y mirando a María creemos en la posibilidad del paraíso renovado, en la paz para todos, en la convivencia serena entre todas las criaturas.

En la Virgen de Nazaret, los frutos que Juan Bautista pedía ya han comenzado: de ella ha nacido el fruto bendito del Espíritu, de su seno ha brotado el germen prometido por los profetas, inicio de una humanidad redimida y salvada.

Escuchamos la Palabra y miramos a María para que se posible el Adviento en nosotros.

Una respuesta a “LOS PROFETAS Y MARÍA

  1. Avatar de MNLopez MNLopez 7 de diciembre de 2025 / 12:23 pm

    …. son los sacerdotes de Jesús…llamados a inaugurar la nueva dimensión del Reino de los cielos donde Dios sea en todo y todos podamos gustar la dulzura que el Señor hace Inmaculada para nuestra salvación.

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