MANUEL PÉREZ TENDERO

El texto más famoso del Antiguo Testamento que nos remite al misterio de la Navidad es el oráculo del Emmanuel, en el profeta Isaías. Podemos establecer un paralelismo entre esta promesa y el texto evangélico de este domingo, que nos habla de la anunciación a José de Nazaret.
En ambos casos hay un mensajero, un mediador: Isaías y el ángel que habla en sueños. El destinatario es un varón en las dos escenas, y de estirpe davídica: Acaz, el rey de Jerusalén, y José.
El objeto del anuncio tiene que ver con una mujer embarazada: la mujer del rey, en el caso de Acaz, y María, desposada con José. También los hijos aparecen en paralelo: Emmanuel y Jesús, con un nombre significativo que nos habla, en ambos casos, de la cercanía de Dios a su pueblo. Emmanuel significa «Dios con nosotros» y Jesús significa «Yahvé salva».
Hay otro dato que es también muy significativo: Isaías habla de una mujer joven que, en la traducción griega, se ha interpretado como «virgen». San Mateo, siguiendo esa traducción –como la mayoría de los judíos de su época–, ve profetizada en esa palabra la concepción virginal de Jesús en el seno de María.
El signo, por tanto, no es solo la maternidad, sino una maternidad diferente, abierta a la acción de Dios, novedosa para toda la tradición judía. El protagonismo del varón queda desplazado y la mujer misma cede su protagonismo a la intervención de Dios.
La doble dimensión del signo es sorprendente y creo que tiene mucho que decir a nuestra sociedad contemporánea: la maternidad y la virginidad, dos misterios que no son muy valorados entre nosotros. Desde el primer capítulo del Génesis, el Dios creador apuesta por la fecundidad: la vida no le estorba, los hijos aparecen como una bendición. Cuando el hombre peca, en cambio, se cierra en sí mismo y le estorba la pareja y le incomoda el futuro que llega; no quiere alteridad, le cuesta el amor. Todo lo bueno de las criaturas empieza a verlo como problemático y encuentra siempre defectos en aquello que le es regalado. Como consecuencia de ese pecado, se vive infeliz y no deja de quejarse por todo: el malestar interior infecta sus relaciones y el amor se vuelve problemático; a pesar de haber sido creado para la relación, elige el egoísmo como mecanismo de defensa.
En el fondo, todo este pecado y sus consecuencias es fruto del rechazo de Dios, de no aceptar su obra entre nosotros de forma sencilla y agradecida.
Esta misma tentación de rechazo la vemos reflejada en el rey Acaz ante el profeta Isaías y, de una forma menos problemática, en el mismo José.
El rey no quiere aceptar un signo de parte de Dios, no quiere depender del Todopoderoso: parece afirmar una religiosidad más «madura», en la que el hombre y sus luchas no deban depender de Dios. Pero el Dios de los profetas es aquel que se quiere comunicar con el hombre y que no deja de actuar en la historia. Dios no quiere que «le dejemos en paz», sino que contemos con él en todo lo que vivimos: dependemos de su amor para respirar y para acertar en los caminos de la vida.
José, por otro lado, al quedar desconcertado por el embarazo de María, decide cambiar sus planes desde el punto de vista humano, desde su justicia y bondad: no ha descubierto el misterio de los planes de Dios. Cuando, entre sueños, se acerca a los sueños de Dios, a su forma de actuar en la historia, se levanta como un hombre nuevo, como un nuevo Adán, dispuesto a aceptar a la mujer embarazada como signo del obrar de Dios en medio de la historia.
Esto es la Navidad: sorpresa de Dios al hombre en el corazón de su vida cotidiana. Nosotros, un año más, celebraremos la Navidad; pero no sé si con misterio. No sé si va a haber sorpresas en estos días, no sé si, desde lo más pequeño, Dios nos va a tocar el corazón y va a cambiar un poco nuestras vidas.
¡Feliz Navidad!
Si…Dios viene a elegirme en una paternal elección de Jesús…quiero estar atento y en comunidad disfrutar de estos acontecimientos que liberan nuestro corazón…gracias Señor.
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Gracias Jesús por llenar nuestro corazón de tu paz, amor y luz para caminar en la vida siempre aferrados a tu mano bendita. Amén
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