MANUEL PÉREZ TENDERO

Tres verbos resumen las lecturas que nos propone la liturgia este domingo: salir, trabajar y subir.
En la primera lectura, Dios le pide a Abraham que salga de su tierra para convertirse en peregrino de la elección, para construir un pueblo nuevo que viva la alianza en una tierra prometida. En el evangelio, Jesús elige a tres discípulos suyos para que suban con él al monte de la Transfiguración; por fin, san Pablo insta a su colaborador y discípulo Timoteo a que se afane en los duros trabajos del Evangelio.
Con estos tres verbos se podría resumir, también, nuestro itinerario cuaresmal.
La clave de todo está en la llamada de Dios: en las tres lecturas aparece la perspectiva de la elección, de la llamada de Dios a personas concretas. Todo lo que se nos pide brota de una vocación anterior, de una cercanía de Dios a nuestra vida que despierta nuestra libertad para que respondamos y formemos parte de sus planes.
Lo primero de todo es salir, como Abraham. Para comenzar algo nuevo siempre debemos dejar cosas atrás; para construir el futuro necesitamos ponernos en camino. La vida y la fe no son pasividad, sino actividad y camino, llamada que nos despierta, meta que nos mueve. Quedarse significa perder la dinámica de la llamada, alejarnos de Dios. La obediencia siempre provoca movimiento y rompe rutinas
¿De dónde tuvo que salir Abraham? ¿De dónde me llama a mí el Señor, ahora, a salir? ¿Qué debo dejar atrás? ¿De dónde debe salir también la Iglesia para que siga siendo pueblo peregrino y misionero, obediente a su Señor? Escuchamos para obedecer, para que nuestra vida se ponga en movimiento.
Ese camino de salida hacia el proyecto que Dios nos mostrará se convierte, en el caso de los discípulos de Jesús, en un camino hacia Jerusalén, hacia la Pasión y la Resurrección. Salir para subir a Jerusalén. En ese camino de salida-subida, Jesús elige a tres discípulos para que realicen una subida especial, a un monte, con él. Allí, se hablará de pasión, allí, lo podrán contemplar revestido de futuro, de gloria, de resurrección. En el monte Tabor se produce un adelanto del misterio pascual: Cristo que es entregado y triunfa en su entrega.
Para poder afrontar el largo camino del seguimiento, para poder ser fieles a Jesús, que nos pide tomar la cruz, necesitamos experimentar su fuerza, su luz; necesitamos alimentar la esperanza con un atisbo de la meta, con un conocimiento del futuro en la fe. En el largo camino de la vida, en el camino de subida a Jerusalén, necesitamos subir al monte de la oración, de la experiencia de Dios, de la intimidad de Jesús; necesitamos escuchar su voz y experimentar su gloria para que podamos seguir avanzando con fuerza, motivados, con fidelidad y constancia.
¿Se puede seguir siendo creyentes, sobre todo cuando aprieta la dificultad, si no hemos subido al Tabor, si Jesús es un mero dato y no una experiencia luminosa? Jesús, que es nuestra meta, ha querido también ser compañero de camino. Jesús, que es Pastor, ha querido hacerse también camino para que no dejemos de avanzar, a su lado, con la fuerza de su luz y su palabra.
En tercer lugar, san Pablo nos recuerda que la vida, la fe, la misión, es un trabajo duro al que tenemos que entregarnos. Llamados como Abraham, y habiendo experimentado al Señor como sus tres discípulos, nos vemos capacitados para trabajar en la misión, para ser transmisores de motivación y esperanza, para llamar a los hermanos a que nos acompañen en el precioso camino del seguimiento del Resucitado.
Desde Adán y Eva, sabemos que el hombre ha sido creado para trabajar con sosiego en la transformación del mundo y, de esta manera, construirse a sí mismo. También la fe es un trabajo humano por el que transformamos el mundo en nombre de Dios y nos dignificamos como personas. Hemos sido creados para trabajar: la misión es nuestra tarea, esfuerzo que nos realiza como hombres y mujeres que colaboran con el Creador para que este mundo se parezca cada vez más a Jesús y sea revestido de su luz.