EL SIERVO

MANUEL PÉREZ TENDERO

El Domingo de Ramos es el pórtico por el que entramos en la Semana Santa. Entrando en Jerusalén con Jesús, somos llamados a participar en los misterios centrales del cristianismo.

Por un lado, las procesiones y otras actividades nos ayudarán a poner rostro a lo que allí sucedió; nos ayudan, también, a manifestar públicamente nuestra fe cristiana, como clave misionera de un mensaje salvador que quiere llegar a todos los hombres. Pero la clave fundamental por la que podremos entrar de verdad en Jerusalén está en las celebraciones litúrgicas: desde la Última Cena, Jesús quiso que sus discípulos fueran partícipes de su destino; para ello, los invitó a comer y a beber con él. Por eso, como san Pablo nos recuerda, «cada vez que comemos el Pan y bebemos el Cáliz, anunciamos la muerte del Señor hasta que vuelva».

Junto al Pan y el Vino, la Palabra nos ayuda a situarnos de forma sacramental dentro del misterio. Durante estos días será clave la lectura sosegada de la Pasión de Jesucristo, según san Mateo este domingo y según san Juan en Viernes Santo.

También el Antiguo Testamento nos ayuda a comprender mejor el misterio y a situarnos en él desde dentro. Muy especialmente, los cuatro cantos del Siervo del profeta Isaías son todo un itinerario espiritual que el profeta intuyó por adelantado sobre la pasión de Jesús. En este domingo leeremos parte del tercer canto del Siervo de Dios.

Si nos fijamos en este precioso poema, el Siervo habla en primera persona y recorre algunos miembros de su cuerpo para expresar su profunda experiencia de Dios. Nos habla de la lengua, del oído, de la espalda, la mejilla y el rostro. Desde este recorrido por el cuerpo, el profeta nos manifiesta la actitud interior del Siervo en la dificultad.

En primer lugar, los oídos: cada mañana, Dios abre el oído del Siervo para que escuche como los discípulos. El Siervo-profeta es el hombre de la palabra: debe estar pendiente de la Palabra de Dios para poder cumplirla y comunicarla. La escucha es la clave de la obediencia: el Siervo sabe que su misión consiste en cumplir la voluntad de Dios hasta el final. Recordemos las últimas palabras de Jesús en el evangelio según san Juan: «Todo está cumplido».

En segundo lugar, tenemos la lengua. Dios le ha dado al Siervo una «lengua de iniciado», de discípulo que ha llegado al final en su aprendizaje. De tanto escuchar, el discípulo se convierte en maestro. Normalmente, nosotros utilizamos la lengua como instrumento de control y como medio para la crítica y la descalificación. El Siervo, en cambio, sabe que su lengua ha sido creada para ayudar al abatido, para poder decir a los que sufren palabras de aliento. El Siervo tiene que aprender a educar su lengua, su boca, su lenguaje, para que sirva al bien de los hermanos, no como instrumento de insulto y división.

En tercer lugar, tenemos la espalda y el rostro. El Siervo siente los golpes de los enemigos en la espalda y experimenta su burla en lo salivazos del rostro y otros gestos de desprecio. Es muy posible que Jesús se inspirara en este texto cuando, en el discurso del Monte, nos dice que debemos poner la otra mejilla cuando nos golpeen en la cara.

No es suficiente con escuchar y aprender a hablar de parte de Dios: el Siervo necesita aprender también a sufrir. Un rostro curtido y una espalda endurecida son necesarios para poder llevar adelante la misión encomendada por Dios.

Discípulo obediente, profeta de una palabra de consuelo y cuerpo sufriente: esta es la espiritualidad del Siervo que el profeta Isaías supo mostrarnos con belleza y hondura. Los creyentes leemos este texto, fundamentalmente, mirando a Jesús en su Pasión: él ha cumplido plenamente las profecías de Isaías, él es el hombre obediente y el mensajero del consuelo, él es el «hombre de dolores» que soporta, por amor, los golpes y desprecios de todos.

El canto del Siervo, por tanto, nos sirve para contemplar el misterio profundo de Jesús en estos días. Pero también nosotros estamos llamados a ser siervos con él y, por tanto, estas tres dimensiones de su espiritualidad se convierten en un reto para nuestro propio cristianismo.

¿Saldremos de las celebraciones de esta Semana Santa con un oído más abierto a la Palabra de Dios y un corazón más obediente? Todos los esfuerzos que realizamos estos días, ¿ayudarán a que eduquemos nuestra lengua para convertirnos en profetas de misericordia y consuelo?

Por otro lado, la contemplación de los sufrimientos del Siervo, ¿nos harán más fuertes y pacientes? ¿Aprenderemos a sufrir con Cristo en las circunstancias de nuestra vida?

Contemplamos al Siervo para imitar al Siervo: quiera Dios que esta Semana Santa no pase sin fruto por nuestras vidas.

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