MANUEL PÉREZ TENDERO

La primera lectura de este segundo domingo de Pascua, en un precioso sumario de la vida de la comunidad primitiva, nos señala las cuatro características fundamentales que definen la existencia cristiana: la enseñanza de los apóstoles, la fracción del pan, la comunión y las oraciones.
Estas cuatro notas coinciden exactamente con las cuatro partes del Catecismo de la Iglesia: ser cristianos, desde los comienzos hasta la actualidad, consiste en la perseverancia en estas cuatro dimensiones de la vida.
El punto de partida es la escucha del testimonio de los apóstoles. Ellos nos transmiten el Evangelio de Jesucristo y nosotros lo hemos aceptado desde la fe. La fe cristiana no consiste en un sentimiento religioso vago, más o menos intenso o piadoso: es la aceptación del testimonio de los apóstoles. Creemos en Jesús tal y como nos lo han transmitido sus testigos. Sin tradición apostólica no existe cristianismo. Por lo tanto, la fe podrá surgir difícilmente si no existe escucha de ese testimonio; es más, la fe está llamada a crecer, precisamente, con el conocimiento cada vez mayor del Evangelio, de la Palabra de Dios que nos llega de aquellos primeros testigos.
Pero no es solo la Palabra del Evangelio lo que se remonta a los orígenes del cristianismo: ser creyentes consiste también en celebrar la fracción del pan, que es el nombre primitivo de nuestra Eucaristía. Además de la Palabra, necesitamos perseverar en los sacramentos; además de creer, necesitamos practicar, vivir, alimentarnos de la savia del Espíritu de Dios que nos regala el Resucitado.
Muchos de los textos de apariciones nos muestran a Jesús comiendo con los suyos; además, se subraya que las apariciones son siempre en domingo, el día de la Eucaristía. Esta dimensión aparece especialmente subrayada en el texto de los discípulos de Emaús que, tras escuchar la Palabra por el camino, se sientan con Jesús para la fracción del pan.
En tercer lugar, san Lucas nos dice en el libro de los Hechos de los Apóstoles, que los creyentes perseveraban también en la comunión. La comunión, la unidad entre los miembros de la comunidad, es una de las características fundamentales de la Iglesia naciente. Fue el mandamiento nuevo que Jesús dejó en la última Cena: reconocerán que sois discípulos míos si os amáis unos a otros como yo os he amado. En las cartas del Nuevo Testamento aparece a menudo el concepto de filadelfía, amor fraterno: la Iglesia es la familia de los hijos de Dios y, por ello, se viven como hermanos; la Iglesia, según san Juan, es la comunidad de los amigos de Jesús que aprenden a quererse entre sí.
San Lucas subraya una dimensión muy práctica de esta comunión: el compartir los bienes para que no hubiera pobres en la comunidad. Con esto, el evangelista pensaba en el ideal que el Deuteronomio pedía para Israel: en la Iglesia se estaría cumpliendo la ley de Moisés, el sueño de Dios hacia su pueblo.
En el concepto de comunión no entran solamente las relaciones entre los miembros de la comunidad: Jesús también habló de amor al prójimo y de amor a los enemigos. La tercera dimensión de la vida cristiana tiene que ver con las obras, con un estilo de comportamiento nuevo que intenta vivir el Discurso del Monte y brota de la renuncia al pecado, fruto del bautismo.
Por fin, la cuarta dimensión son las oraciones. San Lucas nos dice que los discípulos acudían, sobre todo, al templo de Jerusalén: se da aquí una continuidad entre el Antiguo y el Nuevo Testamento. Jesús mismo acudió al templo a orar y a enseñar, él quiso rezar con los Salmos y las oraciones de su pueblo.
Los cristianos no creemos en una idea o en un conjunto de hechos históricos, tampoco en un conjunto de normas de comportamiento: la esencia del cristianismo es una persona, Jesús de Nazaret, que nos ha regalado su intimidad con el Padre. Por eso, la fe consiste muy especialmente en una relación personal con Jesús y, a través de él, con el Padre y el Espíritu. La fe es amistad, es filiación, es cariño y compañía: Dios nos ha introducido en la intimidad de su amor y la oración nos ayuda a explicitar ese amor cada día en nuestras vidas.
Fe, alimento, caridad, amistad: el cristianismo es un precioso misterio que se nos ha regalado y en el que cada día vamos entrando con mayor pasión.