COMENZAR CON MARÍA

MANUEL PÉREZ TENDERO

En el antiguo imperio bizantino, el año civil comenzaba el día uno de septiembre. Todavía hoy, en las iglesias de tradición bizantina, el año litúrgico comienza este mismo día.

Este comienzo está relacionado con otras culturas que también celebraban en estas fechas el inicio del año; por ejemplo, en el mundo babilónico o cananeo. En el calendario judío, todavía hoy, el comienzo del año se celebra también en otoño. La causa de todo ello es la importancia del ciclo agrícola: termina el verano y la recogida de sus últimos frutos, sobre todo la vendimia en la cultura mediterránea; por otro lado, comienza un nuevo año agrícola con la siembra de los cereales que se han de cosechar el verano siguiente.

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POR DENTRO Y POR FUERA

MANUEL PÉREZ TENDERO

Todos conocemos la actitud de Jesús hacia los grupos religiosos de su época, sobre todo su actitud respecto a los fariseos. Este domingo volveremos a leer en las parroquias una nueva controversia entre Jesús y este grupo importante en la religiosidad judía del siglo primero.

Como hemos repetido más de una vez desde aquí, los fariseos eran el grupo más cercano a Jesús y el más sinceramente religioso en su época. Por esto mismo, tal vez, Jesús se atreve a corregirlos más que a ningún otro grupo.

Dos son los principales temas de reproche en la controversia que leeremos este domingo. Por un lado, la contraposición entre una religiosidad externa y otra más interna y personal; por otro lado, la relación entre las tradiciones religiosas humanas y la ley de Dios.

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DIOS EN VERANO

MANUEL PÉREZ TENDERO

El verano es tiempo adecuado para el descanso, para la familia, para leer, para rezar, para poder dedicarse a tareas que nos gustan y relajan, pero solemos descuidar el resto del año. Este verano, en los días que he podido disfrutar en mi pueblo de origen, he tenido la suerte de vivir varias experiencias sencillas y gratificantes. Comparto tres de ellas.

Dialogando con un conocido de la juventud, con quien compartí calurosos partidos de baloncesto en las tardes de veranos ya lejanos, me contó su experiencia en estos últimos años, a raíz de una grave enfermedad. Parece que todo iba mejorando, gracias a Dios, pero me confesó que esta enfermedad había cambiado su vida, y no solo en el aspecto físico. Me dijo que había cambiado su forma de ver las cosas y las personas, de vivir las dificultades cotidianas, su forma de relacionarse con Dios; esta experiencia le había cambiado a mejor, le había acercado más a Dios de forma sencilla y vital.

Aunque todos los días predicaba la Palabra de Dios a mis paisanos en la Eucaristía, daba gracias a Dios porque él también me hablaba a mí en la experiencia de sus hijos, de mis hermanos. Dios no deja de actuar en la vida de cada uno de nosotros, y es reconfortante ver cómo las dificultades nos transforman, nos hacen más humanos, más religiosos.

Otra sencilla experiencia, más personal, vino de una constatación física. Cada día, desde mi casa a la ermita, debía pasar por las mismas calles, dos veces: por las mañanas, para celebrar la Eucaristía; por las tardes, para pasar un tranquilo rato de oración ante el Santísimo con las religiosas y otros fieles. La última calle por la que debía pasar cada día se llama calle de La Verónica.

¡Qué bella coincidencia! Mi camino hacia Cristo pasaba por la calle de la Verónica: esto me ayudó a recordar que, en la Eucaristía y en la oración, lo que debía buscar era el rostro de Cristo, su faz entregada por amor. Cuántas veces pasa él a nuestro lado, y no siempre con los signos de la alegría y la victoria; cuántas veces sufre a nuestro lado. Quiera Dios que su rostro quede dibujado en nuestro corazón y en nuestra vida, que nos parezcamos a él, que seamos presencia de su semblante de Pastor en medio de nuestros hermanos.

“La noche es tiempo de salvación”, reza uno de los himnos litúrgicos de Vísperas. También “el verano es tiempo de oración”, de salvación, oportunidad para acercarnos a aquel que nos ha amado, aquel a quien prometimos seguir por siempre.

Es el mayor tesoro que los creyentes tenemos: el rostro del Amigo grabado con la fe en lo profundo de nuestro corazón.

La tercera experiencia también tiene que ver con la ermita en la que celebrábamos la liturgia y orábamos. Fue en el atrio, después de una eucaristía. Una familia a quien yo no conocía se acercó a mí: eran peregrinos llegados de fuera que querían agradecer la palabra y el pan que habían compartido con nosotros aquella mañana.

Me hicieron una petición algo extraña: un familiar suyo estaba a punto de ser operado en una lejana ciudad española. No me pidieron solo que rezara por ese familiar: quisieron que le enviara unas palabras de aliento y oración para los momentos difíciles que estaba a punto de afrontar. Gracias a los teléfonos móviles, en un instante grabé un mensaje a las puertas de la ermita del Cristo, a las puertas de la eucaristía recién celebrada.

Es un gozo saber que nuestras palabras llegan más allá de lo que nosotros podemos alcanzar a conocer. Nos lo dijo el Señor hace muchos años: “Salió el sembrador a sembrar… es la semilla que crece por sí sola”.

La Iglesia es una comunión y, por ello, nos atrevemos a pedir oraciones unos por otros, aunque no nos conozcamos; la Iglesia es una comunión y, por eso, las palabras de un sacerdote desconocido pueden ser sencillo consuelo del Espíritu en medio de la prueba.

Dichoso verano, que no solo trae calor y descanso, sino rumores de Dios que no deja de cuidarnos cada día, siempre con la misma ternura y sencillez.

INVITADOS

MANUEL PÉREZ TENDERO

El banquete es uno de los símbolos universales en la historia de la humanidad. Su relación con la sabiduría es también frecuente. Siglos antes de que Platón escribiera su famoso diálogo con este título, el libro bíblico de los Proverbios nos presenta la Sabiduría personificada preparando un banquete para instruir a los hombres en los caminos de la prudencia. Es la lectura que podremos escuchar en las iglesias este domingo.

Lo importante es el banquete, donde tiene una especial significancia el vino; pero llama la atención que, para preparar ese banquete, la Sabiduría empieza construyendo una casa con siete columnas. La construcción de una casa es tarea de más envergadura que la preparación de un banquete: desde ahí podemos comprender la importancia de este banquete que la Sabiduría ofrece.

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LA DICHA DE COMER

MANUEL PÉREZ TENDERO

“El camino es superior a tus fuerzas”: son las palabras que Dios le dijo al profeta Elías cuando caminaba por el desierto hacia el monte de Dios. Por eso, tuvo que comer y beber hasta dos veces, para poder aguantar el largo recorrido que tenía por delante.

Uno de los signos de la contingencia del hombre es que tiene que alimentarse para poder vivir: por sí solo no puede mantenerse. Necesita tomar el oxígeno del aire con su respiración, necesita beber el agua y necesita comer los nutrientes que hagan posible su continuidad vital.

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EL PAN QUE BUSCAMOS

MANUEL PÉREZ TENDERO

La mayor parte de nuestros contemporáneos, al menos en apariencia, no buscan ya a Dios. ¿Cuáles son los objetivos de nuestra sociedad, cuáles son las metas que mueven nuestros esfuerzos? ¿Para qué trabajamos, en qué nos afanamos?

Más allá del objeto de nuestras búsquedas, también es importante preguntarnos por las motivaciones: ¿por qué busco relacionarme con esta persona o con aquella otra? ¿por qué me apunto a esta actividad y no a otra?

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PAN QUE MADURA

MANUEL PÉREZ TENDERO

¿Por qué multiplicó los panes Jesús para la multitud? La razón no parece ser una necesidad apremiante: la multitud no iba a morir de hambre si no comían aquella jornada. El milagro nos recuerda un poco a las bodas de Caná: la falta de vino en un banquete no parece ser una necesidad suficiente para que Dios actúe directamente en nuestra vida cotidiana; ciertamente, existen necesidades mucho más importantes.

El contexto del milagro nos puede indicar la dirección para interpretar de forma correcta el milagro: Jesús vio a la muchedumbre como “ovejas sin pastor” y le movió a compasión. ¿Qué hizo Jesús para remediar aquella situación? Se puso a enseñarles muchas cosas.

La necesidad principal de la muchedumbre no está en el alimento físico, sino en la falta de horizonte, de motivación, de una palabra que llene de sentido sus vidas. Jesús ha venido a ser Maestro de la muchedumbre, Pastor que conduce, con su palabra, la vida de estas gentes que necesitan encontrar el rumbo de su camino.

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OVEJAS SIN PASTOR

MANUEL PÉREZ TENDERO

Las gentes de Galilea, en el siglo I, son definidas por los evangelios como un rebaño de ovejas sin pastor; esta condición provoca la compasión de Jesús, que los acoge y les enseña muchas cosas.

Alrededor del año seiscientos antes de Cristo, el profeta Jeremías también tiene la misma idea de las gentes de Israel; en este caso, están dispersos por culpa de aquellos que deberían ser sus pastores, pero no han cumplido su misión. Unos años más tarde, el profeta Ezequiel describirá la situación con palabras parecidas.

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DE DOS EN DOS

MANUEL PÉREZ TENDERO

Los evangelios nos hablan de dos envíos de Jesús a los apóstoles. El más conocido es el envío pascual: Cristo resucitado manda a sus discípulos a proclamar el Evangelio en todos los rincones de la creación. Pero existe un envío anterior, prepascual, durante la vida pública de Jesús.

Una de las características de este primer envío es que Jesús los fue mandando de dos en dos. ¿Tal vez porque no estaban preparados del todo? ¿Porque tenían que dar testimonio y, para ello, se requieren dos testigos?

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DETALLES DE LOURDES

MANUEL PÉREZ TENDERO

Acabamos de regresar de la peregrinación diocesana al santuario de Lourdes. Cada año, la Hospitalidad de cada diócesis organiza una peregrinación con enfermos al lugar donde, hace ya más de cien años, la joven Bernadette tuvo varios encuentros con la Virgen Inmaculada.

Una de las cosas que María le pidió a Bernadette fue el mandato a los sacerdotes de construir una capilla para que se pudiera ir allí en procesión, en peregrinación. El deseo de la Virgen se ha cumplido con creces: Lourdes se ha convertido en uno de los centros de peregrinación más importantes de la Iglesia católica.

Siempre me ha llamado la atención que, en muchas casas cristianas de Tierra Santa, hay una Virgen de Lourdes en algún rincón. Muchos de esos cristianos tienen como proyecto peregrinar con sus familias algún día hasta este santuario. No deja de ser llamativo que, desde Tierra Santa, la meta por antonomasia de toda peregrinación, los cristianos que allí viven quieran peregrinar a Lourdes: desde la meta se viaja también a las periferias geográficas de la fe porque el Hijo de Dios se ha encarnado para recorrer todas las geografías del hombre.

Me gustaría subrayar tres pequeños detalles que, entre otros muchos, he podido disfrutar en estos días.

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