Uno de los temas fundamentales de la liturgia de este domingo es la sabiduría; tan importante es que «los hombres se salvaron gracias a ella» vamos a leer en la primera lectura. ¿En qué consiste esta sabiduría que es capaz de salvar?
La sección central del evangelio según san Lucas está dedicada a narrar la subida de Jesús desde Galilea a Jerusalén en compañía de sus discípulos. Como ya hiciera san Marcos, san Lucas nos muestra esta subida geográfica como un itinerario discipular: el Maestro enseña a ser discípulos a aquellos que ha elegido en la escuela de la vida, haciéndoles partícipes de su propio camino.
Ser discípulos de Jesús no se reduce a saber cosas de su doctrina o a cumplir sus normas: exige acompañarlo, requiere movimiento, hacer un camino junto a él. También se aprende de las actitudes del Maestro, de la forma que tiene de comportase con la gente del camino y cómo responde a sus preguntas.
Creo que no va a ser fácil predicar este domingo: la lectura del evangelio que se nos propone en la liturgia es de esos textos de la Biblia que nos desbordan. ¿Ha venido Jesús a prender un fuego en la tierra, ha venido a sembrar división y no paz? ¿Cómo entender estas palabras en su momento y cómo interpretarlas para que iluminen nuestro camino actual?
Como en toda buena interpretación, es fundamental tener en cuenta el contexto, la perspectiva de conjunto. En el Nuevo Testamento, queda claro que «Jesús es nuestra paz», él ha venido a unir lo que estaba disperso, ha venido a reconciliar los corazones y a inaugurar el Reino de la justicia de Dios. Él ha afirmado como nadie la necesidad del perdón y la práctica de la misericordia como el principio fundamental con el que Dios nos trata y con el que nosotros debemos tratar a los demás. Él nos ha invitado a acercarnos a él para que encontremos nuestro descanso, porque es «manso y humilde de corazón».
¿Un ladrón en la noche o un esposo que vuelve de su boda? ¿Bajo que figura hemos de esperar a nuestro Señor resucitado?
Ambas imágenes fueron utilizadas por Jesús para exhortar a sus discípulos a la vigilancia. San Pablo, utilizando la misma imagen, nos ayuda a profundizar en el misterio: si vivimos vigilantes, como hijos de la luz, ese día final que se avecina no irrumpirá como ladrón en la noche, sino como encuentro nupcial definitivo.
Los problemas que surgen entre hermanos en el reparto de la herencia no son nuevos en la historia de la humanidad. Este domingo leeremos un texto en el que un galileo le pide a Jesús ayuda para solucionar los problemas de herencia con su hermano.
Jesús no acepta el oficio de mediador que se le pide, pero aprovecha para dar una enseñanza desde la raíz del problema: la codicia. Años más tarde, san Pablo, discípulo de Jesús, escribiendo a Timoteo, dirá que «la codicia es la raíz de todos los males».
Continuando con el relato de la semana pasada, la lectura de este domingo nos presenta la segunda parte de la escena de Mambré: Dios le cuenta a Abraham sus planes de castigar el pecado de Sodoma y el patriarca responde con una larga intercesión en favor de las ciudades pecadoras.
Volvemos a escuchar este domingo el precioso texto de las hermanas Marta y María en su encuentro con Jesús. Es la continuación de la parábola del Buen Samaritano que leíamos la semana pasada. Esta secuencia de escenas hace pensar a algunos en una escenificación de los dos mandamientos principales que el legista ha pronunciado ante Jesús: el amor a Dios, escenificado en la escena de Marta, y el amor al prójimo, que se profundiza en la parábola del Samaritano.
Tres veces aparece en el evangelio según san Lucas el verbo griego «removerse las entrañas, tener compasión»: en la parábola del hijo pródigo, donde se aplica el verbo al Padre que espera en el hogar, en el milagro del hijo de la viuda de Naín, donde el verbo expresa los sentimientos de Jesús que le mueven a hacer el milagro, y en la parábola del buen samaritano, donde se expresa también la raíz del comportamiento de este hombre que tuvo misericordia del herido.
Los profetas de Israel son grandes poetas; entre ellos, muy especialmente, el profeta Isaías. Una de las características de la poesía es la capacidad de expresar ideas y sentimientos con imágenes. Es muy conocida, por ejemplo, la imagen del pastor o de la viña. Algunas de esas imágenes pueden resultarnos atrevidas, sobre todo cuando las aplicamos a Dios.