Una de las proclamas más características de los cristianos tras el Concilio Vaticano II fue la del compromiso. No se aceptaba una fe que se redujera a los ritos y se refugiara en las sacristías: había que salir al mundo para transformarlo según las claves del Reino. La lucha por la justicia, por los más desfavorecidos, era algo admitido por todos: el mundo necesita testigos, no maestros, decía el mismo papa Pablo VI.
Los protagonistas de esta lucha habían de ser los laicos, los cristianos que estaban en el mundo como fermento en la masa.
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