CONSUELO Y CONVERSIÓN

MANUEL PÉREZ TENDERO

Un anuncio aparentemente contradictorio será proclamado en las lecturas bíblicas de este segundo domingo de Adviento.

El profeta Isaías, por un lado, nos habla de consuelo: se debe consolar al pueblo desterrado, porque ya ha pagado con creces por su pecado; comienza una nueva etapa de restauración, de regreso a la patria, de reconstrucción y paz. El consuelo es la actitud espiritual de esta nueva etapa que sucede al exilio.

Por otro lado, el último de los profetas, Juan el Bautista, predica la conversión y realiza un signo de arrepentimiento en las aguas del Jordán: el bautismo. El pueblo debe reconocer su pecado para preparar los caminos a la llegada del Señor, debe purificarse para encontrarse con el Dios de la alianza, porque irrumpe ya el Reino prometido.

Ambos textos tienen en común el paisaje físico y teológico de fondo: el desierto. Isaías hace referencia al antiguo éxodo, en tiempos de Moisés: como entonces, también ahora Dios se va a poner al frente de su pueblo para que regrese desde la esclavitud extranjera hasta la tierra de la promesa; el desierto es el símbolo del camino que se debe recorrer.

La voz que grita en Isaías llama a la vuelta física, al regreso gozoso a la tierra de los padres. La voz de Juan también grita en el desierto y también invita al regreso, a una vuelta; pero esta vuelta ya no es física, sino moral y espiritual: la conversión de la vida, la vuelta a Dios, el reconocimiento de los propios extravíos.

Los profetas nos invitan desde el desierto al consuelo y a la conversión: ¿son tan diferentes? El profeta Ezequiel tiene también este doble mensaje, pero con un orden diferente. En la primera parte de su libro, cuando aún hay esperanza de escapar al castigo, el profeta llama a la conversión, de forma enérgica, exigente, amenazante. Más tarde, cuando Nabucodonosor ya ha destruido la ciudad, cuando ya no se puede evitar el castigo, el mensaje de Ezequiel se vuelve positivo e invita al pueblo a la esperanza, intenta consolar a un pueblo castigado para despertar nuevos caminos de reconstrucción.

Necesitamos profetas que nos recuerden la seriedad de la vida, las consecuencias de tantas decisiones que tomamos de forma precipitada y superficial, la grave responsabilidad que conlleva el ser personas libres. Necesitamos el desierto para luchar contra nuestras tentaciones, para recapacitar en silencio y cambiar el rumbo de tantas rutinas sin futuro. El Adviento y la esperanza tienen que ver con la capacidad de cambiar, de volver a empezar, de superar el mal y sus consecuencias; tienen que ver con nuestra libertad y la capacidad de decir no a tantas seducciones que nos deshumanizan.

Pero necesitamos también profetas que nos hablen al corazón y nos hagan llegar palabras de consuelo. Junto a la fuerza impetuosa de la palabra de la conversión, necesitamos el susurro amable de una voz amiga que nos hable en nombre de Dios.

Somos pecadores, muy pecadores, pero también somos pequeños, muy pequeños, aunque nos lo quieran hacer olvidar a menudo. Necesitamos esforzarnos y necesitamos también cariño; palabra firme y caricia amable.

Tal vez, la clave está en el último anuncio de Juan: viene detrás de mí alguien que está por encima de mí, el portador del Espíritu, el enviado definitivo del Señor. En Jesús, nuestro Dios y nuestro hermano, encuentran su equilibrio las palabras de los profetas y hallan quietud las contradicciones del hombre.

Él es profeta exigente, porque cree en nuestra libertad; él es amor definitivo de Dios al hombre, porque nos ha creado y nos quiere amigos.

Este es el Señor que llega, aquel a quien preparamos el camino, la meta de nuestras esperanzas. Él nos trae el consuelo definitivo y hace posible nuestra conversión gozosa. Él es la Palabra misma a la que los profetas sirvieron; estamos a la escucha: ha sido proclamada, como nunca, en el silencio de Belén.

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