LA LEY Y LOS PROFETAS

MANUEL PÉREZ TENDERO

Moisés es el personaje más importante de la historia de Israel, el verdadero fundador de su religiosidad. Es él quien dio, de parte de Dios, el don más preciado para su pueblo elegido: la Torah; fue él, también, el mediador de la alianza entre Dios y el pueblo; fue quien sacó a Israel de la esclavitud del faraón y le condujo por el desierto, con autoridad en la palabra y prodigios en sus manos, hacia la Tierra Prometida.

Pero, al final del camino del éxodo, Moisés ve cómo se acerca su muerte: ¿Qué sucederá con el pueblo de Israel cuando no esté su pastor y guía? ¿Quién transmitirá al pueblo la voluntad de Dios? Es cierto que quedan las normas de Moisés, las tablas de la Ley y otros muchos mandatos; pero, ¿quién ayudará a explicarlos, quién acertará a encontrar la voz de Dios en los acontecimientos cambiantes de la historia?

Los pueblos que habitaban Canaán, como muchos otros pueblos de ayer y de hoy, utilizan los conjuros y la magia para buscar el oráculo de los dioses. Son numerosos sus métodos –nigromancia, lectura de las vísceras de las aves, astrología–, pero el fondo es el mismo: el intento, por parte del hombre, de controlar las fuerzas espirituales.

Moisés lo deja muy claro al pueblo en su testamento: a vosotros no os están permitidas estas prácticas; de hecho, Dios va a expulsar a los habitantes de Canaán por realizar estas y otras prácticas. ¿Cómo podrá buscar Israel, entonces, el oráculo divino, la voluntad de Dios? El Señor creará una institución que sucederá a Moisés en su misión: los profetas. Dios pondrá sus palabras en la boca del profeta para que ayude al pueblo a discernir la voluntad de Dios y a interpretar correctamente los mandamientos de Moisés. Israel es una religión de profetas, no de magos, es una religión revelada, donde Dios tiene la iniciativa siempre.

Dios se compromete, por tanto, a no abandonar a su pueblo: junto a las instituciones más habituales, los profetas irrumpirán con la libertad de la Palabra para llamar a la conversión a reyes y sacerdotes, a todo el pueblo y también a los pueblos extranjeros.

El autor del libro del Deuteronomio es consciente de un peligro que se dará en el futuro: la presencia de los falsos profetas, de personas que anunciarán su propia opinión, sin que Dios les haya hablado ni enviado. El castigo para estos falsos profetas es muy duro, porque es muy grave su responsabilidad: la muerte.

¿Cómo distinguir un falso profeta de un profeta verdadero? Este problema no era solo crucial en la antigua historia de Israel, sino también entre nosotros. ¿No podría suceder que algunas personas, investidas con cierto poder en la Iglesia, utilicen ese poder para transmitir su ideología y no la palabra de Dios? ¿Cómo distinguirlos?

La Biblia nos ofrece algunas claves importantes. En primer lugar, las palabras de esos profetas no se cumplen, su voz no es eficaz porque no es de Dios. Por otro lado, estos profetas suelen anunciar siempre cosas positivas, suelen decir aquello que la gente espera oír, porque no buscan la voluntad de Dios, sino la aprobación de los demás; falsos profetas de paz, que nunca llaman al pueblo a la conversión. Existe otro criterio fundamental: la palabra de los falsos profetas no se ajusta a la regla de la fe que, para Israel, es la Ley de Moisés.

Nunca resultó fácil, pero el pueblo fue aprendiendo a distinguir la voz de Dios en medio de su historia, aunque no siempre fueron un pueblo dócil y fiel a la alianza.

Con el tiempo, dejó de haber profetas en Israel. La palabra viva y oral se convirtió en palabra escrita: nacen los escribas, al servicio de la conservación, la transmisión y la interpretación de los textos.

Cuando ya no hay profetas, la promesa de un futuro profeta en boca de Moisés se reinterpreta mirando al futuro definitivo: se espera la llegada de un profeta-Mesías que nos hablaría plenamente las palabras de Dios. Los cristianos vieron cumplida esa promesa en Jesús de Nazaret, el profeta de Galilea, que hablaba con una autoridad como nunca antes el pueblo había experimentado.

Él es la palabra definitiva de Dios y el criterio fundamental para discernir todas las demás palabras: quien no se ajusta a la persona de Jesús, a su encarnación, a su estilo de vida pública, a su muerte y resurrección, está hablando en nombre propio y no debe ser escuchado por el pueblo. Con los apóstoles y sus sucesores, Jesús nos ha regalado el ministerio del Magisterio de la Iglesia para ayudarnos a discernir su Palabra, para configurar nuestras vidas desde su voluntad.

2 respuestas a “LA LEY Y LOS PROFETAS

  1. Avatar de Manuel Manuel 28 de enero de 2024 / 1:06 pm

    estupendo discernimiento para nuestra fe escuchar las palabras del verdadero profeta a ejemplo del Señor Jesús que vivió, murió y resucitó para nuestra salvación…soy miembro del Camino Neocatecumenal y pido a Dios este carisma para ayuda de todos los hermanos que nos sentimos cautivados por la palabra de este Buen Pastor…

    Me gusta

  2. Avatar de Pedro Pazf Pedro Pazf 30 de enero de 2024 / 12:36 am

    Excelente artículo Padre!

    Me gusta

Replica a Manuel Cancelar la respuesta