MANUEL PÉREZ TENDERO

Uno de los signos principales de la grandeza de Dios es su dominio sobre la naturaleza: él es el Creador y el que gobierna todo con su poder, poniendo la naturaleza al servicio del hombre. Por eso, cuando Jesús acalla la tormenta desde una pequeña barca en el lago de Galilea, sus discípulos se admiran y se preguntan quién era aquel hombre, que ejerce el poder del mismo Dios.
Me gustaría leer el milagro de la tempestad calmada desde tres perspectivas complementarias: una pregunta humana, un reto para los creyentes y un horizonte misionero.
Cuando arrecia la tempestad, cuando las dificultades de la vida nos superan, la pregunta del hombre se dirige hacia el cielo: ¿dónde está Dios? ¿Por qué duerme? ¿Por qué permite que nos abrumen estas dificultades?
Jesús de Nazaret es el Dios creador que ha venido a surcar el mar con nosotros, compartiendo desde dentro de la barca las tempestades que nos amenazan; pero está detrás, en la popa, y duerme tranquilamente mientras sus discípulos se desesperan: «¿No te importa que perezcamos?». La impaciencia en la dificultad y los peligros de la vida ponen a prueba nuestra confianza en Dios. Todos nos hacemos esta pregunta, pero no todos han encontrado respuesta y, por ello, a menudo, han perdido la esperanza.
¿Cuál es la respuesta del Dios hecho hombre a esta pregunta de los hombres de todos los tiempos? Jesús despierta, se pone en pie y calma la tempestad con su sola palabra, de la misma manera que Dios creó el mundo con su palabra. Después del milagro, se dirige a sus discípulos y les acusa por su cobardía que, en el fondo, es fruto de su falta de fe.
¿Qué significa creer para este Maestro de Galilea que va siempre acompañado de sus discípulos? ¿Cuál es la esencia de la fe? ¿Qué le pide a los que le siguen? Desde los comienzos de su misión, sus palabras fueron claras: «Convertíos y creed en el Evangelio». Convertirse, dejar atrás un estilo de vida y una forma de pensar, para iniciar un nuevo camino marcado por la fe.
La fe se construye en la relación personal con Jesús, en la escucha de su palabra y la participación en su destino; pero se contrasta muy especialmente en las dificultades de la vida, que él comparte siempre con los suyos. La fe no es la capacidad para no sufrir derrotas o una actitud interior que nos hace inmunes al sufrimiento: la fe es vivir acompañados por la palabra del Maestro que todo lo puede; es fiarnos de él, que está a nuestro lado aunque parezca dormir.
Para los discípulos, la fe fue un largo camino que no llegó a su plenitud hasta la resurrección del Maestro y la llegada del Espíritu. Ese largo camino también lo vemos reflejado en la historia y en nuestra propia biografía: son muchos los que se han quedado en el camino, los que no se han atrevido a llegar hasta el final; y han sido numerosas las veces, también, en que muchos de nosotros tuvimos la tentación de la desconfianza. Nunca dejará de haber tempestades, pero el Maestro nunca abandonará nuestra barca.
En tercer lugar, podemos leer el episodio de la tormenta calmada desde una perspectiva eclesial y misionera: la Iglesia, en la barca de Pedro, está llamada a surcar los mares de la misión para llegar a la otra orilla, para llevar el Evangelio de Jesús a todos los rincones. En este camino misionero, no siempre nuestras fuerzas están a la altura de las dificultades: el mar, el mundo, es más fuerte que nosotros y nos amenaza con el miedo; a menudo, la tentación de volverse atrás, de quedarse en la propia orilla, ha sido un reto para la Iglesia de Jesús.
Cuando solo miramos las olas, cuando olvidamos que él está en la barca porque parece callar, la misión nos parece imposible. Y surge otra tentación, tan dañina como la de volverse atrás: afrontar la tormenta con nuestras propias fuerzas, comprar barcas más grandes que no teman al mar; si las olas crecen, que también crezcan nuestros medios por encima de cualquier tormenta. Entonces, su presencia no sería necesaria y la fe no sería la clave de la misión.
Seguimos bregando, con el Maestro a bordo; seguimos en misión, con preguntas y dificultades, pero dejando que el Señor nos ayude a creer.
…y Pedro en la proa culmina nuestra llamada para seguir al maestro que siempre nos acompaña frente a las malicias que nos infortunan y dificultan nuestra misión de ser trigo vivido y compartido para los demás…gracias otro Domingo mas.
Me gustaMe gusta