MANUEL PÉREZ TENDERO

«El fútbol es un estado de ánimo». He escuchado esta expresión muy a menudo en los comentaristas de los partidos de fútbol. En estos días se está jugando la Eurocopa de naciones; también, la Copa América; supongo que también se estarán jugando sendas copas en otros continentes.
San Pablo utilizó el ejemplo del deporte para hablar de la vida cristiana; en concreto, se refería a los atletas de los juegos Ístmicos que se desarrollaban en Corinto. También utilizaron el deporte para hablar de espiritualidad los Santos Padres y muchos filósofos, como el español José Ortega y Gasset.
Vamos a atrevernos a hacer algo parecido con la expresión que citábamos al inicio y que es recurrente en boca de los comentaristas. Normalmente, se utiliza para justificar cómo cambia un equipo de estilo de juego cuando ha recibido un gol o cuando ha sucedido otra circunstancia. Muchos equipos modestos son capaces de vencer a equipos plagados de figuras, precisamente, por su fuerza de voluntad, por el estado de ánimo del equipo.
También se habla mucho de psicología –en este caso personal– en muchos deportes, como el tenis. Por muy preparado que esté un jugador en el aspecto físico y técnico, si no es fuerte psicológicamente, nunca llegará a ser una figura de primer orden.
Pero regresemos al fútbol, que es un deporte de equipo. ¿Es cierto que influye tanto el estado de ánimo?
Un sacerdote sabio nos decía hace años una frase preciosa y profunda: «Yo no soy mi estado de ánimo». Es completamente cierto: soy mucho más, no puedo quedar encerrado en cómo me siento en cada instante. Pero creo que no deja de ser cierta también la expresión de nuestros comentaristas deportivos: el estado de ánimo colectivo es fundamental para jugar bien y conseguir la victoria.
Si uno no cree en el equipo, si no se ve con fuerzas para la victoria, normalmente, dejará de luchar. También puede suceder que el equipo esté desunido, con figuras muy sobresalientes que necesitan que el equipo dependa de ellas. La desunión y los individualismos exagerados suelen ser causa del mal juego de muchos equipos.
¿No podríamos comparar el fútbol con la vida y la misión de la Iglesia?
Estamos a final de curso y suelen hacerse revisiones para evaluar los frutos conseguidos y, desde ahí, cambiar los métodos o los programas. Pienso que la Iglesia se parece mucho a un gran equipo, plagado de figuras sobresalientes, pero que no acaba de vencer en los partidos más importantes.
¿Será que sobran figuras individuales y falta juego en equipo? Creo que sí. ¿Necesitamos, entonces, nuevos y sobresalientes fichajes, o una revisión de la estrategia de grupo? Los grandes equipos hablan de la importancia del vestuario, de lo que no se ve, de los entrenamientos, de las relaciones personales entre los miembros del equipo: los titulares y los reservas, el cuerpo técnico y todos los utilleros y demás personal que colaboran para la victoria.
¿Cómo anda el vestuario de la Iglesia? ¿Qué unidad hay? ¿Cómo viven los reservas el no poder ser titulares? ¿Son vistos como victoria de todos los goles que marcan los delanteros?
Además del juego en equipo creo que es también importante revisar el «estado de ánimo»: ¿no acabamos de vencer porque falla el método o los jugadores no están a la altura? ¿No será que está fallando el estado de ánimo del grupo, que falta ilusión, fe en la victoria, en las propias posibilidades?
Mientras no afrontemos este problema, creo que toda revisión será insuficiente. No solo faltan jugadores y se deben inventar nuevos métodos: se trata de darle otro tono al equipo, creo que falta motivación, ilusión, complicidad profunda de grupo.
Quizá falte espíritu y Espíritu: lo pedimos al cielo y revisamos nuestras relaciones en la tierra.
Religión versus deporte…para levantar pasiones y aunar voluntades que hagan triunfar a nuestro equipo…sabiendo que la victoria viene de Dios y Jesús el trofeo deseado…yo pido que gane nuestra selección española…porque soy español español español…feliz encuentro…gracias.
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Qué interesante símil, por lo menos para mí. En mi caso diría q el deporte (no el fútbol) es algo más que un estado de ánimo, es casi una forma de vida.
Muchas veces he reflexionado sobre las cosas q pueden tener en común, y siguiendo con las ideas que se muestran en el artículo estoy muy de acuerdo con las reflexiones finales. Desde nuestra posición dentro del vestuario no podemos tomar decisiones como fichar jugadores (ya sean «figuras» o «gregarios»), o cambiar metodologías… Así q centrémonos en aquello que está a nuestro alcance, aquello en lo que podemos influir. Y por tanto podemos sumar nuestro granito de arena. Con Espíritu, motivación, ganas, convinción en lo que hacemos en nuestro día a día podemos contagiar y transmitir. Desde la unión del bloque se hace la fuerza. Que para concluir con otro símil futbolero, Ancelotti nos hablaría de la «energía» que aporta cada uno de sus jugadores de forma individual en beneficio del grupo.
Un abrazo
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Con el debido respeto, D. Manuel, y con su permiso, voy a permitirme el atrevimiento de puntualizar dos aspectos que creo que pasan desapercibidos en su entrada.
Bien es cierto que más allá del esfuerzo y de la disciplina, y demás facultades necesarias para el desarrollo de la técnica y para la comprensión y ejecución de la táctica, el ‘estado de ánimo’ es un factor determinante en el deporte a la hora de lograr los objetivos.
No obstante, me gustaría poner de manifiesto la sustancial diferencia que existe entre los deportes individuales, en los que el éxito o el fracaso depende de uno mismo, y los colectivos, en los que, además, colabora el resto de compañeros. Este es un matiz que, humildemente, entiendo que no por sutil deja de ser importante.
Sirva el caso del miembro novel de un equipo de fútbol que, en los momentos de mayor tensión, cuando los nervios están más a flor de piel y la ansiedad va ganando terreno, es capaz de vencer los temores y llenarse de confianza gracias al ejemplo de calma y templanza que encuentra en el curtido y experimentado compañero veterano. No sucede esto de igual forma con el tenista, que se ve obligado a combatir sus inseguridades en solitario. La lucha interna contra los pensamientos y sentimientos negativos no encuentra aquí apoyo en nadie más que en sí mismo, en la fortaleza de su propia confianza, en la solidez de su fe, hecho que entiendo, humildemente una vez más, está en otra escala de exigencia. La ayuda externa juega un papel fundamental y diferencial en este sentido.
Todo esto a pesar del ‘coaching’ que en cierta medida ya está empezando a implementarse en el tenis. Y aquí, el segundo punto que quisiera señalar:
El trabajo del cuerpo técnico encabezado por la figura del entrenador, cuya función no creo que sólo se limite a fomentar el esfuerzo y la disciplina que mencionaba al principio, sino que también consiste en favorecer un entorno positivo tanto dentro como fuera del terreno de juego. La ‘gestión de egos’ en un equipo (concepto que tristemente se utiliza de manera despectiva a fin de mermar su capital importancia) resulta ser algo esencial para la creación de una dinámica que sirva a los intereses del colectivo. Así, puede considerarse que una parte nada desdeñable de la labor de un entrenador es la de dar a cada jugador lo que justamente merece y necesita, como también la de promover valores como la empatía y la comprensión, la honestidad, la confianza y el respeto, algo que sólo puede conseguirse a través del ejemplo. En definitiva, el entrenador también tiene el deber de crear un ambiente saludable y la responsabilidad de mantenerlo.
En esto que sigue, quiero pedir perdón de antemano si mi interpretación a la hora de trasladar el símil a la iglesia no es correcta, pero creo, en definitiva, que todos tenemos parte de tenista y parte de futbolista. Más aún, o dicho de otro modo, somos tenistas que debemos aprender a trabajar en equipo y estar dispuestos a hacerlo (como bien señala usted). Entiendo así, que cada persona tiene que lidiar con sus propias dudas e inseguridades, con sus temores, con sus crisis, y que son, a riesgo de caer en la redundancia, pero por definición, de carácter personal, íntimo. Pero a diferencia del tenista, no estamos necesariamente obligados a encontrar las soluciones en solitario, sino que tenemos la opción lícita (y a menudo necesaria) de buscar apoyo externo en los demás. La ayuda de los amigos, de la familia, y de la iglesia.
Y ahora, en un intento de dar respuesta a muchos de los interrogantes que plantea (y que, repito, bien puede ser errónea y vuelvo a pedir perdón si así fuera), y sabedor de que me voy a meter en un terreno muy sensible y delicado, creo que el mensaje que debe trasladar al equipo el cuerpo técnico, encabezado por la figura del señor obispo (y por encima de él la del sucesor de Pedro), debe ser unánime e inequívoco para ser plenamente efectivo. No quiero decir con esto que la disensión no tenga cabida, que la tiene, y que además es muy importante y necesaria para el crecimiento de la semilla, sino que ésta debe quedar en manos de quien, por sus conocimientos, puede (y debe) plantearla. Y por supuesto, en ningún caso estas disensiones deben estar al servicio de las ideas o conjeturas de la realidad social de cada tiempo, muchísimo menos al del ego personal, sino que deben ser fruto de la reflexión profunda y amparada en el Espíritu Santo, acorde a las enseñanzas del Maestro Jesucristo, que es, a un tiempo, el compañero veterano, el entrenador, y el presidente del club, y en quien debemos depositar nuestra confianza.
En resumen, y haciendo referencia al episodio de la barca que nos enseña el Evangelio y que usted nos recuerda en su entrada anterior, mi conclusión es que para llegar a buen puerto es necesario que todo el equipo rememos en la misma dirección, la que marca Cristo, el timonel que trabaja incansable en la popa aunque parezca estar dormido.
Espero haber conseguido hacerme entender. Reciba un cariñoso saludo usted y sus lectores. Tengan todos una feliz semana, y que el Señor nunca permita que nos alejemos de Él.
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Los cristianos movidos por el mismo espíritu, el Espíritu de Pentecostés que nos permite comunicarnos y hacernos entender en todas las culturas.
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