MANUEL PÉREZ TENDERO

Las lecturas bíblicas de este domingo parece que nos ofrecen dos temas fundamentales para predicar: la enseñanza de Jesús, que tiene que ver con la entrega y el rechazo, frente a los temas de conversación de los discípulos, que versan sobre quién es el más importante.
La paradoja es evidente: el camino de Jesús está marcado por la humildad y la entrega de la vida, por el fracaso ante los demás para cumplir la voluntad del Padre. Los deseos de los discípulos, en cambio, están marcados por los deseos de sobresalir y de ser algo en la vida, por el éxito ante los demás para cumplir sus propias expectativas, su propia voluntad.
¿Cómo pudo Jesús construir el Reino con aquel grupo de personas tan inmaduras y pecadoras, tan contrarias a su propio estilo?
Es la pregunta que nos seguimos haciendo también hoy: ¿cómo puede el Señor seguir sembrando el Reino con los instrumentos de una Iglesia repleta de pecadores, que buscan sobresalir y no acaban de comprender y vivir el camino humilde de Jesús?
Me gustaría insistir en dos posibles peligros que tenemos a la hora de interpretar estos textos tan proféticos.
En primer lugar, podemos reducirlos a una reflexión espiritual o moral, de tono individual y edificante. La humildad y el rechazo son dos buenos temas para tratar en un retiro, pero difícilmente los tenemos en cuenta a la hora de programar nuestra vida. La kénosis de Jesús, su camino hacia la cruz, no fue un tema espiritual que él vivió interiormente en su corazón: fue el itinerario histórico de su propia vida.
Creo que, en la Iglesia, podemos caer a menudo en la tentación de vivir en dos mundos: el de la vida espiritual, por un lado, y el de la vida laboral y pastoral, por otro. El rechazo del mundo al Reino y la necesidad de entregar la vida forman parte del estilo con el que debemos afrontar nuestro compromiso cristiano en medio del mundo; forman parte, de manera especial, de nuestra manera de programar la pastoral cada año.
Estamos, precisamente, a principios de curso: no sé hasta qué punto aparecerá esta doble dimensión de la posibilidad del rechazo y el estilo de pequeñez en nuestras programaciones pastorales. Creo que tenemos el peligro de seguir un poco encerrados en un concepto de fe demasiado individual y espiritualista.
El segundo peligro no es sino una variante del primero: podemos caer en la tentación de reducir la humildad a un tema del que tenemos que hablar; por ejemplo, en la homilía de este domingo. Pronunciamos un discurso –a poder ser, bello–, guardamos los papeles y seguimos con nuestra vida.
Creo que es lo que ha podido suceder en cierta manera cuando la Iglesia dedica un año a temas como la misericordia, la sinodalidad, la fe… Nuestras reuniones se llenan del contenido asignado, pero no sé hasta qué punto nuestra vida se ve interrogada por ese contenido. ¿Es la Iglesia más sinodal ahora que hace unos años? ¿Hemos comprendido correctamente esta dimensión de la eclesiología? ¿Queremos vivirla?
Después del año de la misericordia, ¿ha cambiado la vida de los cristianos hacia una actitud que se parece más a lo que Jesús nos pide en el Evangelio?
Estamos también preparándonos ante un Jubileo centrado en la esperanza: ¿podrá quedarse también en un tema para nuestras reuniones y en la organización de unos viajes a Roma? ¿Estamos dispuestos a discernir, a escuchar lo que Dios nos pide en este momento de la historia, de nuestra propia historia?
En la estela del evangelio de este domingo, tenemos que reconocer con humildad que no somos humildes, que nuestras expectativas, también religiosas, no son las de Jesús. Tenemos que reconocer que, por el camino, solemos hablar de temas que nada tienen que ver con su propuesta.
Es necesario que seamos corregidos por Jesús, debemos acompañarlo y no solo pensar en él, para que nuestros caminos, poco a poco, vayan siendo sus caminos.
Gracias por la reflexión
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…así sea…con la intención de aunar voluntades y entrar en comunión con Dios nuestro Señor…pido para mi comunidad neocatecumenal vivir en sintonia con la palabra que nos precede…rezar por ello mi compromiso…feliz Domingo y Año Jubilar…
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Son buenas preguntas que tenemos que hacernos los cristianos. Es verdad que cuando salimos de misa solemos comentar «qué buena homilia, me ha tocado el corazón», pero nos vamos a nuestros quehaceres diarios y ahí se queda todo. ¿por qué es tan difícil conectar con Dios? aunque toda la culpa me la echo a mí misma, es verdad que nos cuesta encontrar ese rato de silencio y oración, no tenemos la costumbre de realizarla desde pequeños y ahora, con tantas distracciones y tareas pendientes, o no encontramos este rato, o si lo hacemos, no es fructífero.
Es verdad que tendemos a una formación individual, obtener conocimientos, leer, pero creo no es suficiente.
Dios le bendiga y siga iluminándonos y abriendo el camino.
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