MANUEL PÉREZ TENDERO

Los colores de las velas de la corona de Adviento se han multiplicado, expresando sentimientos con muchos matices. En principio, las cuatro velas de la corona de Adviento deben ser moradas o, mejor, tres moradas y una de color rosado, que es la que se enciende, precisamente, en este tercer domingo de Adviento. También el sacerdote suele revestirse en este domingo con el color rosa que matiza el morado de todos los demás domingos de Adviento.
La razón del cambio de color está en el contenido de las lecturas de esta jornada, que insisten en el tema de la alegría; por eso, este domingo es denominado «Gaudete», es decir, «alegraos». Como en el tiempo de Cuaresma, en Adviento también dedicamos un domingo a la alegría.
La alegría es el tono vital en el que el ser humano gusta habitar, es la vocación a la que nos ha llamado el Creador, es la meta de todos los hombres de todos los tiempos. El problema de la alegría es que no es un sentimiento que se autoalimenta: debe beberse en frescas fuentes que no todos saben encontrar.
Según el domingo Gaudete, por tanto, la Navidad y el Adviento tienen que ver con la alegría. Podríamos hablar de la alegría y la ilusión que para muchos supone la lotería, pero no es esta la dirección en que apunta la liturgia.
En el evangelio de la infancia, sobre todo en san Lucas, reina ese tono de alegría que inunda a todos: el pueblo de Zacarías e Isabel, el niño en el vientre de Isabel, los ángeles del cielo, los pastores de Belén, Simeón y Ana en el templo. Todo nacimiento humano, en principio, es fuente de alegría para aquellos a quienes afecta. En Navidad celebramos un nacimiento que nos afecta a todos y, por ello, nos llena de ilusión y esperanza.
Pero estamos aún en Adviento y, por tanto, en los días previos a la Navidad; también en esto nuestra alegría tiene que ver con el nacimiento: una mujer embarazada es siempre fuente de alegría e ilusión para todos sus parientes, el futuro llega a nosotros desde dentro, desde las entrañas mismas de lo humano.
En esta dirección nos hablan en esta jornada las lecturas bíblicas. El profeta Sofonías invita a la ciudad de Jerusalén a llenarse de alegría; ¿el motivo? «El rey de Israel, el Señor, está en medio de ti y, por eso, no debes temer mal alguno». El cántico de Isaías, que sirve hoy como Salmo responsorial, nos dice algo muy parecido: los habitantes de Jerusalén pueden sacar aguas con gozo de la fuente, pueden gritar jubilosos, porque es grande en medio de la ciudad el Santo de Israel.
San Pablo, en la carta más entrañable de su epistolario, dirigida a los Filipenses, nos invita a todos a estar siempre alegres en el Señor; ¿el motivo? «El Señor está cerca».
El Señor está dentro y está cerca: el mundo está embarazado de salvación, la creación entera está preñada de gracia; está a punto de amanecer la luz definitiva para todos. La Iglesia, como María de Nazaret, se sabe portadora de un Hijo del cielo: habita en ella y debe ser dado a luz en medio del mundo para que a todos sea accesible la salvación. Por eso, nuestro embarazo, nuestra espera, es fuente de gozo y de misión, es alegría y responsabilidad.
A menudo, nuestras alegrías vienen marcadas por sucesos pasajeros de la historia o por éxitos personales o colectivos: son gozos efímeros de fuentes poco fiables. Este domingo proclamamos que la gran fuente de nuestra alegría es la presencia del Señor: él está y él viene, su realidad llena de color nuestro presente porque la victoria futura ya podemos gustarla desde ahora.
La Iglesia debería ser como un solista que canta delante del mundo, con su voz y con su vida, una canción de alegría y alabanza a Dios, invitando a todos a unirse a su canto. Hay motivos para la alegría, no se ha de agotar la fuente de nuestros gozos: podemos cantar y compartir con todos nuestro júbilo porque él está cada vez más cerca.
IN DOMINO…hoy como ayer El Señor nos invita a caminar para compartir con gozo su venida… con ilusión y confianza me preparo para recibir este gran regalo…Jesús mismo que se nos ofrece para ser Dios con nosotros…gracias Padre Bueno por colmar nuestra dicha.
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