
Manuel Pérez Tendero
El pasado seis de enero, festividad de la Epifanía del Señor, la Iglesia celebr tuaba la Manifestación de Jesús desde tres acontecimientos principales de su vida: la adoración de los magos en Belén, el bautismo de Jesús en el río Jordán y el milagro del vino en las bodas de Caná.
En estos tres hechos, lejanos en el tiempo, Jesús nos manifiesta su misterio y es posible creer en él y adorarlo como Hijo de Dios entregado a nosotros para la salvación.
En nuestra liturgia, estos tres acontecimientos se desarrollan en tres jornadas diferentes: el mismo día seis de enero se centra en la adoración de los Magos; el domingo siguiente, cuando comienza el tiempo ordinario, nos fijamos en el bautismo de Jesús. Por fin, al siguiente domingo, hoy, leemos el texto de las bodas de Caná.
¿En qué sentido es este milagro una “manifestación” de Jesús? El evangelista ya nos ofrece una pista al no llamar milagro a esta acción de Jesús, sino “signo”: lo que importa no es el hecho aislado, sino lo que significa, lo que transmite. Al final de la escena, el mismo san Juan nos dice hacia dónde apunta este signo: «Jesús manifestó su gloria y creyeron sus discípulos en él».
«Hemos contemplado su gloria» había dicho el mismo san Juan en el prólogo, al hablar de la encarnación. Pero él no estuvo en Belén: la gloria se manifiesta también en la vida pública de Jesús y, fundamentalmente, en su final: la cruz y la resurrección. Desde Caná, toda la vida de Jesús es una revelación progresiva del misterio del Hijo de Dios. Gracias a esta revelación, se hace posible la fe. Creer no es sino conocer el misterio de Jesús, inaccesible a quien tiene solo una mirada exterior, superficial, milagrera, humana.
¿Qué dimensión del misterio de Jesús se nos desvela en Caná? El texto está construido de una forma muy sencilla y muy profunda. Jesús, invitado a la boda, se involucra en la falta de vino de los novios por insistencia de su madre. Es él quien proporciona un vino nuevo que, al ser probado, aparece como mejor que el anterior. El maestresala llama al novio para hablarle de este vino, pero el lector sabe que no ha sido el novio, sino Jesús, quien ha proporcionado el vino. Por tanto, con este signo, Jesús se manifiesta como esposo de una boda que no es la suya.
¿Cómo comprender esto? Para los lectores primitivos del evangelio, conocedores de la tradición bíblica, este hecho les evoca la teología de los profetas y del Cantar de los Cantares: la alianza de Dios con el pueblo es comparada a un matrimonio, donde Dios siempre ha permanecido fiel, pero el pueblo, con la idolatría y la injusticia, ha sido infiel a la alianza en muchas ocasiones, ha despreciado el amor fiel de Dios.
Al traer un vino nuevo y mejor, el evangelista nos presenta a Jesús como esposo de la nueva alianza, mejor que la anterior, definitiva y abierta a todos.
En el capítulo siguiente, san Juan Bautista, al hablar de Jesús, le define como esposo y se llama a sí mismo «amigo del esposo». También en san Marcos, cuando Jesús habla del ayuno, se designa a sí mismo como esposo. En algunas parábolas también se nos habla del Reino como una boda en la que se casa el hijo del Rey.
A esto ha venido Jesús, a desposarse con la humanidad para siempre, a establecer una nueva alianza de amor que nada puede romper. San Pablo también define a Jesús como el esposo de la Iglesia, que debe ser presentada casta y limpia ante el amor del amado, que todo lo ha dado por ella.
¿Es algo más que poesía y teología bella esta manifestación de Jesús? ¿Qué implicaciones tiene para nuestra fe este mensaje de Caná?
El discípulo es un «invitado de bodas», forma parte de la Iglesia-esposa, está llamado a beber el vino nuevo de la alianza definitiva. Creer es vincularse con Jesús en una alianza para siempre, donde el amor es la causa, el fin y la atmósfera en la que se ha de vivir.
En Caná se nos revela, no tanto la identidad de Jesús con respecto a Dios, sino su relación de amor con nosotros, su fidelidad hasta el extremo; formamos parte de una relación eterna, más fuerte que el pecado y que la muerte.
Ojalá seamos capaces de vivir el seguimiento –la eucaristía misma que hoy celebramos– como una boda de vino y fidelidad, como un banquete de amor y mutua entrega. El esposo nunca se va a cansar.
…son signo sacramental que alienta y da sentido a nuestra fe…Jesús completa nuestra fiesta y seguimos alegres…gracias Señor…
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