AMOR Y ORACIÓN

MANUEL PÉREZ TENDERO

Cuando termina el tiempo Pascual, con la jornada de Pentecostés, parece que la liturgia no quiere dejar de seguir viviendo el carácter festivo que la caracteriza y, por ello, tenemos un conjunto de fiestas que se acumulan en estos días: Jesucristo, Sumo y Eterno sacerdote, la Santísima Trinidad, el Cuerpo y la Sangre de Cristo, el Sagrado Corazón de Jesús.

En este domingo, recordamos el misterio central de nuestra fe: Dios es tres personas en una única naturaleza. Con motivo de esta festividad, la Iglesia quiere celebrar la vocación de uno de los miembros más importantes del pueblo de Dios: la vida contemplativa; estamos en la Jornada Pro Orantibus, la Jornada en favor de aquellos que se dedican muy especialmente al ministerio de la oración. El lema de la Jornada de este año, muy relacionado con el año jubilar, es «Orar con fe, vivir con esperanza».

El misterio de la Trinidad y la realidad de la oración me mueven a compartir dos sencillas reflexiones en esta jornada.

Dios es único y, en su eternidad poderosa, es soledad frente a lo que no es él. La creación del mundo y del hombre no son fruto de una necesidad de compañía que Dios pueda tener: son una obra de su pura gracia.

Dios es soledad eterna, pero, a la vez, confesamos que él es amor. ¿En qué consiste el amor en una soledad sin fin? El amor no es sentimiento interior, sino relación con alguien que no soy yo, es alteridad. ¿Cómo puede ser Dios amor eternamente? Podríamos decir que es amor en tanto en cuanto se relaciona con la creación y el hombre; pero, entonces, no sería amor eterno, no sería amor interiormente: el amor sería una actitud exterior de Dios en su relación con las criaturas.

El misterio de la Santísima Trinidad nos ofrece una respuesta al dilema del Dios uno que es amor: Dios es relación eterna en sí mismo, porque, siendo único, se vive en la comunión de tres personas, Padre, Hijo y Espíritu Santo. El amor es la esencia de Dios porque él es Trinidad. La creación, por tanto, es una expresión hacia afuera, gratuita y gozosa, de las relaciones internas de Dios; el Padre nos ha creado en el Amado, como regalo precioso a su Hijo eterno, diría san Juan de la Cruz.

La soledad, por tanto, es una realidad fundamental del mundo y de la realidad, pero no es su misterio más profundo: lo es el amor, la relación personal. Hemos sido creados para vivir en comunión, las relaciones con los demás no son un añadido a nuestra naturaleza, sino su esencia más verdadera. La tentación de aislarse, de rechazar al mundo porque no es perfecto, de prescindir de los demás para construir nuestro futuro, es un peligro que debemos rechazar. La comunión no es fácil: se ha de construir con esfuerzo, sobre todo cuando ha habido ruptura y pecado; pero la soledad definitiva es imposible: viviríamos en un mundo sin futuro, abocado a la muerte.

Hemos podido comprobar en muchos momentos de la historia cómo la lejanía de Dios nos hace desembocar en un mundo lleno de rupturas: entre las naciones, dentro de la sociedad, en la propia familia, dentro de uno mismo. El misterio de la Trinidad es un grito de comunión en la diferencia para nuestros países en guerra y nuestras sociedades divididas; también para una Iglesia que muestra al mundo el escándalo de la división.

Si la verdad de la realidad es la comunión es porque Dios nos ha creado a imagen y semejanza suya: la relación con Dios es la base y la fuente de toda relación. La oración es, probablemente, la tarea más sencilla y más sublime del ser humano.

La oración es pura gracia, diríamos que no hace falta para conseguir la eficacia en nuestras ocupaciones, se puede vivir perfectamente sin hacer oración, se puede dejar siempre para el final, como un apéndice de la vida. Ante la oración, también entre los cristianos, siempre encontramos tareas más urgentes y necesarias: es el drama de nuestra sociedad del dinero y de nuestra pastoral de la eficacia.

Por eso, necesitamos personas que se consagren a la prioridad de la oración, a la necesidad de la gracia; en definitiva, «solo Dios basta». Por eso, rezamos, no solamente para que siga habiendo vocaciones a la vida contemplativa, sino para que «la sal no se vuelva sosa», para que la tentación de la eficacia y de la dispersión no prevalezca en nuestros conventos.

La fe nos hará orar intensamente y, desde ahí, viviremos con profunda esperanza.

2 respuestas a “AMOR Y ORACIÓN

  1. Avatar de Manuel Manuel 15 de junio de 2025 / 12:18 pm

    …vida contemplativa en un mundo confuso y revuelto por valores que nos dispersan del amor verdadero Uno y Trino encarnado en Jesucristo nuestro Señor…Gracias Dios a ti confío mi oración.

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  2. Avatar de Ana Elena Caballero Cervantes Ana Elena Caballero Cervantes 16 de junio de 2025 / 11:33 am

    Gracias Dios porque «Cautivados por la palabra» es una bendición!

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