MANUEL PÉREZ TENDERO

Tres veces aparece en el evangelio según san Lucas el verbo griego «removerse las entrañas, tener compasión»: en la parábola del hijo pródigo, donde se aplica el verbo al Padre que espera en el hogar, en el milagro del hijo de la viuda de Naín, donde el verbo expresa los sentimientos de Jesús que le mueven a hacer el milagro, y en la parábola del buen samaritano, donde se expresa también la raíz del comportamiento de este hombre que tuvo misericordia del herido.
No es extraño, por tanto, que los Santos Padres hayan leído esta parábola desde la perspectiva de la misericordia de Dios, aplicándola a la misión de Jesús de Nazaret.
El hombre que bajaba de Jerusalén a Jericó simboliza, en esta lectura simbólica, al ser humano en su condición histórica, a todos los hijos de Adán. Jerusalén es el paraíso, nuestra vocación originaria, Jericó, en cambio, simboliza el mundo: significa «luna» en hebreo. Debido al pecado, el hombre se ha alejado del paraíso y se ha mundanizado, ha elegido alejarse de Dios.
Debido a esa lejanía que el pecado provoca, los bandidos han dejado al hombre medio muerto. Estos bandidos son todos los vicios en los que el hombre cae al alejarse de su condición originaria. ¿No es esta la situación del hombre contemporáneo, apaleado por toda clase de fantasmas y preocupaciones? Los bandidos prometen bienestar y placer, pero dejan al hombre destrozado y al borde de la muerte.
¿Quién se apiadará de este moribundo que ha elegido por sí mismo alejarse del hogar? Dos personajes pasan cerca del herido: un sacerdote y un levita. En la interpretación simbólica de los Santos Padres, estos personajes representan la ley y los profetas, que son impotentes para salvar al hombre de su postración.
Como subrayan muchos comentaristas, no se trata solo de falta de caridad en ambos personajes: es que su condición de consagrados les impide acercarse porque quedarían manchados si tocaran un muerto. No se trata, por tanto, de una cuestión personal y subjetiva: la ley y los profetas, por sí mismos, no son capaces de salvar al hombre.
Llega, al final, un samaritano. Jesús de Nazaret no es de Judea, pero tampoco de Samaría: él es galileo. Jesús es judío, no samaritano; pero es un judío de aldea, no de familia sacerdotal, muy alejado del corazón de la religiosidad judía. «¿De Nazaret puede salir algo bueno?», leemos ya en los evangelios.
Pero Jesús es el samaritano, no solo porque no es de Judea ni sacerdote, sino porque ha venido de más allá de las expectativas del hombre y de las instituciones de Israel: él ha venido de Dios.
Su actitud fundamental es la misericordia, la compasión profunda que le mueve a actuar. Se baja de su cabalgadura para atender al herido y subirlo en su propio caballo. Este descenso simboliza el misterio de la encarnación: Jesús se ha despojado de su rango para divinizarnos, se ha hecho pobre para enriquecernos con su pobreza, se ha desvestido de su túnica para revestirnos de gloria.
Él está inaugurando un nuevo tipo de sacerdocio, que ya no se caracteriza por la separación y el miedo a quedar manchados, sino por la cercanía, la solidaridad y la compasión. El sacerdocio ya no es solo signo de la trascendencia de Dios, sino sacramento de su presencia, de su cercanía al hombre pecador.
El aceite y el vino con el que cura las heridas representan toda la vida pública de Jesús, con sus cuidados por los enfermos y las multitudes; pero también simbolizan lo sacramentos, con los que el Señor resucitado sigue estando presente para sanarnos con su cuerpo misericordioso.
Después de subirlo a su propia cabalgadura, lo lleva a la posada, que es la Iglesia. El buen samaritano se marcha y deja al hombre sanado al cuidado de su Iglesia, en espera de su retorno definitivo. La Iglesia se convierte, de alguna manera, en posada de todos aquellos que han sido curados por Jesús y viven esperando su regreso.
Los dos denarios que deja al posadero son el capital que tenemos para cuidar al hombre herido: se trata del doble mandamiento del amor a Dios y al prójimo, que son el verdadero capital y tesoro de la Iglesia para cumplir su misión.
Más allá de la parábola, Jesús mismo es el samaritano que nos salva: vivimos de sus cuidados y nos esforzamos por cuidar a los que él ha redimido. En esta posada de su misericordia vivimos a la espera de su regreso.
…es un ejemplo a seguir para comprender lo que significa ser cristiano…Señor no nos trates como merecen nuestros pecados…Jesús ayúdanos a querer al necesitado…perdón Dios.
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Me ha encantado esta reflexión ,había leído y escuchado muchas veces esta parábola ,pero nunca como hasta ahora había comprendido todo su significado.Gracias
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