MANUEL PÉREZ TENDERO

Escribiendo a su colaborador Timoteo, san Pablo nos ofrece una de las frases más claras sobre la universalidad de la Iglesia: «Dios quiere que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la verdad». Por eso, la Iglesia nunca puede ser secta y por eso ha de ser siempre misionera: servidora del plan universal de salvación que Dios ha establecido desde siempre. La catolicidad es constitutiva del cristianismo.
En este contexto, san Pablo recomienda a su colaborador que se rece por todos los reyes y autoridades del mundo, sean o no cristianos, sean o no buenos. Dios quiere la salvación de esta historia, de nuestras comunidades y familias, de nuestras relaciones humanas. La oración es una de las tareas fundamentales del creyente: oración también por los de fuera, por los enemigos, por todos los que ostentan un cargo en la sociedad.
Esta universalidad de la salvación podría entenderse de forma errónea, convirtiendo la misericordia de Dios en una excusa para seguir en nuestro pecado. Por eso, desde los profetas –Amós es el más antiguo que puso sus oráculos por escrito– hasta el mismo Jesús, tenemos una continua llamada a la conversión.
En las lecturas de este domingo escucharemos uno de los obstáculos principales para la salvación de todos: el afán de riquezas, el trato discriminatorio hacia los sencillos y los indefensos. Dios quiere que todos se salven, ricos y pobres, pero nos dice también que no se puede servir a Dios y al dinero. De hecho, el mismo san Pablo escribiendo a Timoteo dice que el afán de riquezas es el origen de todos los males y ha hecho que muchos abandonen la fe. Parece existir una ecuación clara entre la codicia y la lejanía de Dios.
Este matiz con respecto a las riquezas no es una excepción a la universalidad de la salvación, más bien se trata de lo contrario: llegando a los últimos se asegura la gracia para todos; precisamente por esto, porque es «gracia», regalo inmerecido, que no se puede comprar con dinero ni con talentos espirituales. La salvación no consiste en ascender a los cielos, sino dejar que Dios baje y nos abrace, él, que, «siendo rico, se ha hecho pobre para enriquecernos con su pobreza».
Las riquezas y el poder –todos lo sabemos mirando a la historia y a nuestra propia vida– nos separan, establecen barreras entre nosotros; por eso, la universalidad se construye desde abajo, por aquellos que tienen pocas riquezas que guardar y pocos dominios que defender.
Existe otra forma de pervertir la preciosa verdad de la universalidad de la salvación: convertirlo en algo abstracto, donde la gracia llegaría automáticamente y no tendría ningún precio. En la misma carta de san Pablo a Timoteo se nos previene contra esta tergiversación: «Dios es uno solo, y uno solo es el mediador entre Dios y los hombres, Cristo Jesús». La salvación es universal, pero no abstracta: depende de la vida concreta de un hombre, de un judío del siglo primero que murió por todos a las puertas de Jerusalén. La salvación es obra, no de una divinidad genérica o una fuerza bondadosa universal, sino del Dios hecho hombre, Jesucristo, con su biografía y su carne, con su muerte, su sepultura y su resurrección física.
La salvación tiene un precio muy alto: «Hemos sido rescatados a precio de la sangre del Cordero sin defecto ni mancha». La salvación del mundo le ha costado a Dios la vida de su Hijo único.
Catolicidad y cristocentrismo son clave en el Evangelio cristiano. Dios quiere que todos se salven y, por eso, nos ha enviado a un único salvador: todos los que se salven lo harán en virtud del amor del Crucificado, aunque no lo conozcan. Los cristianos somos, entonces, misioneros universales de la biografía de un hombre que es el Hijo de Dios, aquel que ha querido salvarnos a todos desde el despojo y la humildad, desde el amor que todo lo da
Gracias Padre Manuel … Se extrañan sus videos … Bendiciones
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…y vida en abundancia para los que siguen al Señor con un corazón convertido al suyo…en camino damos testimonio de esta verdad universal… junto a Maria…gracias Jesús…eres nuestro Salvador.
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Excelentes Palabras, bendecido domingo.
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