MANUEL PÉREZ TENDERO

La llegada de Constantino al poder en Roma supuso el final de las persecuciones de la Iglesia. Uno de los signos principales del cese de la persecución fue la construcción de iglesias suficientemente grandes para albergar al pueblo cristiano en torno a su obispo. Para construir estas iglesias no se siguió el modelo de los antiguos templos paganos, griegos o romanos, sino un modelo civil: la basílica. La concepción cristiana del templo difiere de la concepción pagana: Dios no se hace presente ante todo en un edificio, sino en una comunidad que se reúne para recibir a su Señor.
La primera de estas basílicas fue la iglesia del Salvador, en el antiguo palacio del Laterano, en la ciudad de Roma. Esta basílica es considerada como la más antigua de la Cristiandad y la verdadera catedral del papa, obispo de Roma.
No queda prácticamente nada de la primitiva construcción de la época de Constantino, salvo un par de columnas. Pero las diversas reformas no han oscurecido la estructura basilical del conjunto y no se ha perdido el significado originario de aquel templo como catedral del papa y corazón de la Iglesia.
Este domingo celebramos la Dedicación de esa basílica, fundamental para comprender la unidad de la Iglesia y su camino histórico en medio del mundo como pueblo de Dios y cuerpo de Cristo resucitado.
Las lecturas bíblicas que la liturgia nos propone nos invitan a reflexionar sobre el misterio del templo en la vida cristiana. El templo de Jerusalén, según el profeta Ezequiel, se convertiría en un surtidor de agua sanadora para todo el país; por otro lado, en el Salmo responsorial, el pueblo agradece la presencia de Dios en medio de ellos gracias al templo; por fin, en el evangelio se nos habla de un nuevo templo, no de piedras sino de carne, no construido por el hombre, sino por Dios: el cuerpo de Jesús de Nazaret, su carne resucitada.
Desde estas perspectivas hemos de entender la construcción de nuestros templos-iglesias y la teología misma de la Iglesia en medio del mundo. Siguiendo un itinerario hacia atrás, tres son las claves de estas lecturas que hemos señalado.
En primer lugar, desde el evangelio, podemos afirmar que todo templo es un símbolo del cuerpo de Cristo, es el lugar en el que se hace presente su cuerpo eucarístico y su cuerpo místico, es el lugar donde se acoge la presencia de Dios, que vive en medio de nosotros para siempre. El edificio queda supeditado a la carne de Jesús, a su cuerpo vivo que nos toca y nos transforma. Allá donde la Iglesia se reúne, allá donde Jesús se hace presencia en palabra y pan, allá es donde Dios está entre nosotros, para conducirnos y cuidarnos.
En segundo lugar, con el Salmo responsorial, en el corazón de la oración, nos hacemos conscientes de la presencia de Dios entre nosotros para protegernos y acabar con nuestros miedos y vacilaciones. El templo, el Dios-con-nosotros, es agua interior que nos refresca y nos da la vida; estamos preparados para cualquier contingencia: el mundo tiembla, los montes se pueden desplomar en el mar, llegan tempestades que nos desbordan, pero el pueblo se mantiene firme y confiado porque sabe que habita el alcázar del amor de Dios, está cimentado en la fidelidad del Señor de la alianza, del Dueño de toda la tierra.
En tercer lugar, el agua de los canales interiores de la ciudad, la gloria de Dios que nos habita, se convierte en fuente inagotable que se hace río para bendecir y sanar todos los lugares del país. La presencia de Dios en la Iglesia se hace misión. Los templos han de ser lugar abierto: para que de allí surja la fuerza de la Palabra, la valentía del testimonio, y para acoger también en su seno a todas las personas que han perdido el rumbo y necesitan ser sanadas y consoladas.
El templo no es privilegio de un pueblo, sino bendición que se extiende, ampliación de la alianza, familia que no deja de engendrar nuevos hijos para Dios.
Habitados, confiados, enviados: vivimos de la presencia del Señor en medio de la historia.
Somos piedras vivas, templo del Señor. Formamos parte de una Iglesia en construcción que se ensancha a través del testimonio que damos, día tras día, como discípulos de Cristo.
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…es Madre de todas las iglesias de la cristiandad que motiva para aunar voluntades y adorar a un único Dios revelado en Jesús…en ti confiamos…gracias Señor.
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