MANUEL PÉREZ TENDERO

Ha pasado la Navidad, ha comenzado el Tiempo Ordinario y, por tanto, recorremos la vida pública de Jesús a través de los textos evangélicos. En este segundo domingo resuenan aún los ecos del bautismo de Jesús, en este caso, desde la perspectiva del evangelio según san Juan.
Juan Bautista habla de Jesús que llega con un título un poco extraño: el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo. Las resonancias bíblicas de esta imagen son claras: nos recuerda al Siervo doliente en los textos del profeta Isaías y nos recuerda, sobre todo, al cordero pascual, cuya sangre, en la salida de Egipto, salvó a los primogénitos del pueblo de Israel.
Juan Bautista, al comienzo del evangelio, está anunciando ya el sentido del final: Jesús acabará su misión en la cruz para salvar al pueblo de sus pecados.
El tema del Cordero de Dios, por tanto, evoca la imagen de la muerte y el sacrificio. En cambio, en el Salmo que se nos propone este domingo, se contraponen los sacrificios rituales del templo a la obediencia fiel a la voluntad de Dios. ¿Forman parte los sacrificios del plan de Dios? ¿Rechaza Dios los sacrificios? ¿Qué lugar tienen en el cristianismo?
La perspectiva del Salmo es clara y debemos situarla en el contexto del Antiguo Testamento: existen dos tendencias en la religiosidad de Israel, ambas lícitas, pero no con la misma importancia. Por un lado, está la tradición sacerdotal, centrada en el templo de Jerusalén y en los rituales que allí llevan a cabo los sacerdotes; por otro lado, está la tradición profética, más centrada en la palabra de Dios y en la religiosidad como obediencia ética a la voluntad de Dios. Ambas tradiciones son positivas y se deben comprender de forma complementaria, pero hay muchos textos –tanto en el Antiguo como en el Nuevo Testamento– que nos hablan de una jerarquía entre ambas dimensiones. El Salmo que hoy rezamos es uno de los ejemplos más claros: Dios prefiere la obediencia a sus mandatos antes que el cumplimiento de una serie de ritos que tienen que ver con animales o con ofrendas vegetales.
El profeta Oseas también lo supo decir de una forma concisa y definitiva, con una expresión que el mismo Jesús utilizó en su predicación: «Misericordia quiero y no sacrificios, conocimiento de Dios más que holocaustos».
El ámbito del rito es más exterior y más simbólico; el ámbito de la ética, en cambio, es más personal y más real. El rito, normalmente, es más fácil y compromete menos; los mandatos de Dios, en cambio, exigen más y suponen un camino de mayor esfuerzo y conversión. Ambas dimensiones son importantes y se deben cuidar, pero sabiendo la importancia de cada una y qué es lo prioritario que Dios nos pide.
Tal vez esta sea una de las claves principales: discernir entre lo que el hombre concibe como religiosidad y lo que Dios le pide. No siempre coincide nuestra sensibilidad religiosa con la voluntad de Dios. En la dimensión profética prevalece la escucha del hombre y la iniciativa de Dios; en la dimensión ritual, en cambio, parece que prevalece más la iniciativa del hombre y Dios como destinatario.
Para comprender más profundamente ambas dimensiones y su complementariedad, hemos de esperar a la carta a los Hebreos, en el Nuevo Testamento: el sacrificio de Jesús no es algo ritual y exterior, sino un acto de amor y una ofrenda personal, un acto de obediencia. En la vida y en la muerte del Mesías, del Siervo, el sacrificio y la obediencia van de la mano, se unen definitivamente las perspectivas profética y sacerdotal del Antiguo Testamento.
Los sacrificios eran un símbolo de una realidad que solo comprendemos desde Jesús de Nazaret: lo exterior y lo interior se integran, la prioridad de Dios resplandece y vamos comprendiendo nuestra vida y nuestra religiosidad a la luz de la obediencia del Hijo y de su sacrificio.
Nos vamos preparando para el Domingo de la Palabra de Dios de la próxima semana: ahí aprendemos a obedecer con todo nuestro ser la voluntad de Dios.
…nos recuerdan que somos elegidos para glorificar a Dios en una tarea que nos sobrepasa sin la ayuda del Señor…así sea nuestro testimonio…gracias Jesús.
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