PIEDRA Y PASTOR

MANUEL PÉREZ TENDERO

«La piedra que desecharon los arquitectos se ha convertido en la piedra angular»: esta frase de los Salmos sirvió a los primeros cristianos para comprender el misterio pascual de Jesús. Rechazado como Mesías por las autoridades religiosas y políticas –los arquitectos– y llevado a la muerte, Dios lo ha convertido en piedra angular del nuevo templo que está construyendo, lo ha resucitado para instituir la Iglesia de los creyentes.

Esta expresión no sirve solamente para aplicarla al pasado: también en el presente, los arquitectos de este mundo rechazan a Jesús de Nazaret y construyen un mundo sin Dios, una sociedad sin religión, sin mediador, sin salvador. Pero Dios sigue actuando, continúa construyendo un Reino que, comparado con un edificio, tiene en Jesús la piedra clave, angular; él es la esencia de ese Reino, el futuro de la humanidad.

Otros textos bíblicos nos hablan de Jesús como roca y cimento sobre el que se construyen la fe y las relaciones humanas. El sentido es el mismo: Jesús de Nazaret es cimiento y clave, arquitecto y fundamento de toda construcción que quiera durar hasta la vida eterna.

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LA LUZ DE LA CRUZ

MANUEL PÉREZ TENDERO

«Era necesario que el Mesías padeciera, así está escrito en Moisés y los profetas»: esta afirmación de fe de los inicios del cristianismo, ¿es la interpretación puntual de un hecho del pasado, aplicado solo a Jesús, o es la clave para comprender la historia posterior de los seguidores de Jesús?

¿Cómo se llegó a la «inteligencia de la cruz»?

Podemos afirmar que el pueblo de Israel, con los discípulos incluidos, no estaba preparado para aceptar un Mesías fracasado. La cruz de Jesús no es el cumplimiento directo de unas Escrituras que eran comprendidas de forma clara por los miembros del pueblo de Dios. El movimiento fue el contrario: desde la cruz, gracias a la resurrección, se fueron comprendiendo las Escrituras y el aparente fracaso de Jesús desde la perspectiva del plan de Dios, cuyos caminos no son los nuestros.

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NUEVO PUEBLO PASCUAL

MANUEL PÉREZ TENDERO

El libro del Deuteronomio finaliza el bloque de la Ley con un proyecto utópico de sociedad justa, en la que todos los miembros del pueblo elegido se consideran hermanos y no existen pobres en la comunidad. El pueblo se convierte en protagonista de su destino, la ley se personaliza y todos se consideran responsables del futuro del pueblo elegido.

Muchos siglos después, en los albores del Nuevo Testamento, el libro de los Hechos de los Apóstoles nos dice que ese ideal que Moisés marcó para su pueblo se cumple ahora en la Iglesia naciente, fruto de la victoria de Jesús sobre la muerte. Este pueblo, que recibe el mismo nombre que Israel en el desierto –asamblea, Iglesia–, vive la fraternidad y se esfuerza en la comunión de bienes, para que no existan pobres en su seno.

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HA PASADO LA PASCUA

MANUEL PÉREZ TENDERO

La Semana Santa está a punto de terminar. Hemos representado la Cena de Jesús, su muerte y, ahora, en este domingo solemne, nos disponemos a recordar su resurrección. Un año más, ha pasado la Semana Santa y cada cual volverá a sus tareas; algunos, pendientes ya de los preparativos para el año próximo.

También en tiempos de Jesús pasó la fiesta pascual de los judíos; aquel año, con los dramáticos acontecimientos de la muerte del profeta de Galilea. Para la mayoría de los habitantes de Jerusalén, todo ha pasado y vuelve la rutina cotidiana. Es posible que, también, para la mayoría de los que han celebrado esta Semana Santa, todo quede en el pasado –vivido con mayor o menor devoción– y la rutina de lo cotidiano vuelva a habitar nuestra existencia. Hemos representado los acontecimientos fundamentales de la fe cristiana y, ahora, vuelve la vida real, lo de antes, lo de siempre.

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EL ESPÍRITU DE LA SEMANA SANTA

MANUEL PÉREZ TENDERO

Cuando llega la Navidad, cada año, nos preguntamos sobre el espíritu verdadero de la Navidad: tenemos la impresión de que, de alguna manera, hemos tergiversado un poco las raíces y el sentido de las fiestas del nacimiento de Jesús de Nazaret.

En estos días de primavera recién estrenada, cuando llega la Semana Santa, ¿no podríamos hacernos la misma pregunta? ¿Cuál es el espíritu de la Semana Santa? ¿Cuál es su sentido original y su raíz verdadera?

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PROMESAS QUE CUMPLIR

MANUEL PÉREZ TENDERO

El recorrido que nos han ofrecido los domingos de Cuaresma a lo largo de toda la historia de la salvación llega a su fin: Adán, Abraham, Moisés, los profetas y, ahora, la promesa de una nueva alianza.

El Antiguo Testamento es una historia abierta, es una palabra de promesa que educa al pueblo para aprender a esperar al Mesías. Ese pueblo, quizá sin saberlo, va a dar a luz de sus entrañas al salvador de toda la humanidad.

Israel ha sido educado por Dios para aprender a mirar hacia arriba y para aprender a mirar al futuro: el cielo y la historia son la clave para encontrar a Dios. Con Jesús de Nazaret, el futuro se ha hecho presente y la mirada elevada se dirige, ahora, hacia el seno de la tierra, hacia abajo, hacia las pequeñas semillas que deben morir para poder dar fruto.

La alianza en el Sinaí se convierte en «primera alianza», ensayo de alianza definitiva, proyecto de una plenitud que estaba por llegar. Era necesaria una nueva alianza –dice Jeremías–, porque la primera alianza ha fracasado: el pueblo no ha cumplido su parte, la ley ha sido descuidada. Es necesaria una nueva alianza que se fundamente en el perdón: nueva alianza significa reconstrucción, misericordia; pero es necesario ir más allá, no es suficiente con restablecer lo antiguo, porque volvería a fallar.

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EL EXILIO Y LA CRUZ

MANUEL PÉREZ TENDERO

El exilio de Israel en Babilonia, quedando el templo de Jerusalén completamente destruido, es el acontecimiento más dramático de la historia que relatan los textos del Antiguo Testamento. Según los mismos textos bíblicos, la causa de este drama fue el pecado repetido por parte del pueblo que, infiel a la alianza, pierde la tierra que recibió en virtud del pacto que Dios hizo con su pueblo en el Sinaí.

El pecado no fue algo instantáneo, ni quedó reducido a algunos dirigentes de la nación: todos los estamentos del pueblo fueron culpables y el pecado se prolongó durante siglos. El Dios de la alianza no dejó de enviar profetas para intentar evitar el desastre, para llamar a los dirigentes a la conversión y al pueblo a enderezar el camino, pero fue en vano. Al final, nos dice el texto bíblico, que «ya no hubo remedio».

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