Nuestro refranero dice que «hasta san Antón, Pascuas son». Es una forma de alargar el tiempo de Navidad hasta las fiestas de los «santos viejos» que se celebraban en invierno en nuestros pueblos, sobre todo para atender a las personas necesitadas en estos fríos días de enero y febrero.
Durante la liturgia de este domingo leeremos, por tercera vez, el Prólogo del evangelio según san Juan. La expresión clave que convierte esta lectura en la más indicada para estos días de Navidad es su afirmación central: “La Palabra se hizo carne y puso su tienda entre nosotros”.
El evangelio de la infancia según san Mateo tiene como protagonista activo en la trama a san José. Se trata de un relato muy bien estructurado, con escenas compuestas de forma paralela, siempre relacionadas con algún texto de las Escrituras.
Las tres últimas escenas nos cuentan la huida a Egipto, la matanza de los inocentes por parte de Herodes y el regreso de Egipto, camino de Nazaret.
Este domingo, al celebrarse la fiesta de la Sagrada Familia, se nos proponen la primera y la tercera de estas escenas: la huida a Egipto y el regreso. La escena central, la matanza de los inocentes, se lee en la festividad de los Santos Inocentes, que este año no celebramos por prevalecer el domingo de la Sagrada Familia.
El texto más famoso del Antiguo Testamento que nos remite al misterio de la Navidad es el oráculo del Emmanuel, en el profeta Isaías. Podemos establecer un paralelismo entre esta promesa y el texto evangélico de este domingo, que nos habla de la anunciación a José de Nazaret.
La vela que se encenderá este domingo en la corona de Adviento es de color rosado: frente al tono morado del resto de las velas, que coincide con el color litúrgico de las vestiduras del sacerdote, el color rosa pretende transmitir un tono de alegría en la liturgia de este tercer domingo de Adviento, el domingo Gaudete, el domingo de la alegría.
La festividad de Jesucristo, rey del universo, cumple ahora su primer centenario: en el año 1925, el papa Pío XI instituyó esta fiesta en el corazón de un mundo herido por la guerra y temeroso de una nueva guerra, que llegaría aún más cruel. Un mundo que, por otro lado, avanzaba en su rechazo a Dios, reduciéndolo a las esferas más íntimas del ser humano.
Con la institución de esta solemnidad, el papa quería ofrecer un mensaje de esperanza a todo el mundo: quien mueve la historia no son los intereses de las ideologías o las componendas de los más poderosos, sino Jesús de Nazaret, por quien todo ha sido creado y aquel hacia quien toda la historia camina. Cristo no es solo Maestro de los creyentes, sino Señor real de toda la historia de la humanidad.
La llegada de Constantino al poder en Roma supuso el final de las persecuciones de la Iglesia. Uno de los signos principales del cese de la persecución fue la construcción de iglesias suficientemente grandes para albergar al pueblo cristiano en torno a su obispo. Para construir estas iglesias no se siguió el modelo de los antiguos templos paganos, griegos o romanos, sino un modelo civil: la basílica. La concepción cristiana del templo difiere de la concepción pagana: Dios no se hace presente ante todo en un edificio, sino en una comunidad que se reúne para recibir a su Señor.
Este primer domingo de noviembre coincide con el día de la conmemoración de todos los fieles difuntos. Ayer celebrábamos el día de todos los santos. Estas dos celebraciones, cada año, nos recuerdan que somos un pueblo peregrino, en camino hacia la casa del Padre, hacia la morada eterna de los cielos.