Estamos celebrando el tercer domingo de Cuaresma; con ello, seguimos reflexionando sobre los referentes bíblicos de este tiempo de preparación creyente hacia la Pascua.
En el primer domingo, recordábamos el referente fundamental de la Cuaresma: los cuarenta días que Jesús pasó en el desierto, ayunando, después del bautismo y antes de comenzar su vida pública.
En el segundo domingo, reflexionábamos sobre un segundo referente: la subida de Jesús a Jerusalén como última etapa de su ministerio hasta su consumación en la Pasión. Ser creyentes, celebrar la Cuaresma, es responder a la invitación de Jesús para subir con él a participar en los misterios de su rechazo, condena, muerte y resurrección.
El referente bíblico fundamental de la Cuaresma, como todos sabemos, son los cuarenta días que Jesús pasó en el desierto cuando comenzaba su misión. Esta experiencia original de Jesús, por otro lado, nos remite a la experiencia del pueblo de Israel en el éxodo, caminando por el desierto durante cuarenta años hacia la Tierra Prometida.
Pero existe otro referente bíblico fundamental para el tiempo de Cuaresma: el camino de subida a Jerusalén por parte de Jesús y sus discípulos. Es san Marcos el evangelista que subraya esta subida: se trata de la segunda etapa del ministerio público de Jesús. San Juan, en cambio, no tiene la misma perspectiva, porque Jesús habría subido varias veces a Jerusalén durante su vida pública. San Mateo y san Lucas, seguramente siguiendo a san Marcos, también nos hablan de una única subida a Jerusalén en la segunda etapa del ministerio.
Los cuarenta días del tiempo de Cuaresma nos recuerdan, ante todo, los cuarenta días que Jesús pasó en el desierto al comienzo de su vida pública. Los evangelios nos dicen que fue conducido allí por el Espíritu para ser tentado por Satanás.
Las tentaciones del diablo, por otro lado, nos recuerdan a Adán y Eva, en los comienzos de la historia humana: ellos fueron tentados y cayeron en la tentación; ahí comenzó una historia de pecado y división que todavía seguimos sufriendo.
Desde mis tiempos de seminarista, cuando estudiábamos las asignaturas de Sagrada Escritura, recuerdo que había un Salmo que me llamaba especialmente la atención: el Salmo 92 (91); es el Salmo con el que rezamos en la liturgia de este domingo. Elegí este texto cuando el profesor nos propuso hacer un trabajo sobre un Salmo bíblico.
Me llamaba especialmente la atención la última estrofa: «En la vejez, seguirá dando fruto y estará lozano y frondoso para proclamar que el Señor es justo». Cada vez que rezaba estas palabras tenía en la mente a los ancianos que conocía, muy especialmente a mi abuela paterna. Alguna vez hablé con ella de este Salmo: cuando parece que se desvanecen las tareas en la vida, aún nos queda la principal, alabar a Dios.
En varias de sus cartas, san Pablo nos habla del «hombre carnal» o terreno y el «hombre espiritual»: ¿en qué se diferencian? ¿En qué se distingue a la persona espiritual?
En algunas ocasiones, podemos confundir la espiritualidad con la lejanía de la realidad cotidiana, con unos ojos elevados y una mente ausente, incluso con la rareza psicológica; pero no está ahí la clave de la espiritualidad bíblica. En el discurso del llano –que comenzamos a leer el domingo pasado con las Bienaventuranzas– san Lucas dibuja el tipo de persona que Jesús ha venido a suscitar. Dios es espíritu, el Espíritu Santo es la fuente de la santidad del hombre, por tanto, la cercanía a Dios es la clave de la espiritualidad y la santidad. En este discurso del llano, Jesús nos dice: «Sed misericordiosos como vuestro Padre es misericordioso».
Uno de los bienes más preciados de nuestra sociedad es el dinero. Conozco a poca gente a quienes no les gustaría que les tocara la lotería. El deseo de dinero no distingue de ideologías, ni de lugares de origen: la riqueza es un bien apreciado por todos nuestros contemporáneos.
Otra de las características de nuestra sociedad es la saciedad, sobre todo alimentaria. Los banquetes de bodas hace tiempo que se han convertido en una ocasión en la que se come de más y en la que se tiran grandes cantidades de comida. Pero este problema no queda reducido a las bodas. Cuando nos toca elaborar un menú para alguna fiesta especial, como Navidad, tenemos graves dificultades para acertar, porque estamos acostumbrados a comer de todo y a vivir saciados en cualquier época del año. No son pocas las personas, por otro lado, que pagan a un especialista para que les ayude a comer menos por motivos de salud y de estética.
También el ocio, el viaje, la risa y la diversión son aspectos característicos de nuestra sociedad. Es cierto que, cuando se profundiza en la vida de las personas, no todo es alegría y jolgorio: la vida está llena de sufrimientos que queremos ocultar y de problemas que no sabemos resolver. Pero la apariencia que buscamos, el ideal, es la persona “happy” que no parece tener problemas y todo lo vive con desenfado.
Por añadir otra dimensión a todo lo que venimos diciendo, la búsqueda de aceptación es otra de las metas que buscamos en lo cotidiano; que todos hablen bien de nosotros. Nos molesta, no solo cuando somos criticados, sino cuando somos corregidos aunque sea en pequeños detalles. La cultura del “like” no se reduce a internet: nos encantaría que todo el mundo pusiera un “me gusta” en nuestra vida.
Desde esta perspectiva, se hace muy difícil leer con verdad el discurso del llano de Jesús en el evangelio según san Lucas. Él dice que son dichosos los pobres, los que tienen hambre y sed, los que lloran y aquellos de los que todo el mundo habla mal.
Para dejar claras las cosas, a diferencia de la versión de san Mateo, san Lucas pronuncia un conjunto de cuatro maldiciones contrarias a las bienaventuranzas: los ricos, los saciados, los que ríen y aquellos de los que todo el mundo habla bien deben considerarse desgraciados, malditos, con un “ay” divino pronunciado sobre su forma de vivir.
¿Quién lleva razón, Jesús o nuestra sociedad? Porque no parecen compatibles los dos estilos de vida, los sueños de estas dos formas de situarse ante la realidad. Es más, creo que no nos equivocamos si decimos que también las personas religiosas participan de los ideales de nuestra sociedad: dinero, satisfacción, alegría y fama.
Ayer y hoy las bienaventuranzas de Jesús suenan extrañas, proféticas, a contracorriente. En cambio, no son pocos, también no creyentes, los que dicen estar encantados con las Bienaventuranzas de Jesús y su mensaje; dicen estar completamente de acuerdo con ellas.
¿Cuál es nuestro problema? ¿Dónde radica nuestra ceguera? ¿Habremos convertido las Bienaventuranzas en una ideología? ¿Tal vez leemos sin escuchar, hablamos sin que nuestras palabras tengan un contenido real? ¿Nos hemos vuelto todos nominalistas? Tal vez sea cuestión solamente de incoherencia, aunque parece tratarse de algo más profundo.
¿Cómo hemos de leer las Bienaventuranzas de Jesús en este tiempo que nos ha tocado vivir? ¿Qué cambio están pidiendo en nuestra manera de mirar y de vivir, en la escala de nuestros valores?
Falsos profetas llama Jesús a aquellos que viven los ayes; profetas como los de antaño, en cambio, considera a los que viven las Bienaventuranzas. Esto es, seguramente, lo que más urgentemente necesita nuestro mundo y nuestra Iglesia: profetas que viven y dan testimonio de ese otro estilo de vida, el de Jesús.
Es posible que nos hayamos sentido identificados en muchas ocasiones con las primeras palabras que Simón Pedro le dirigió a Jesús en el evangelio según san Lucas: «Maestro, hemos estado bregando toda la noche y no hemos recogido nada».
Jesús invita a Pedro a echar las redes en el mar de Galilea después de haber utilizado su barca como púlpito para predicar su mensaje. Después de predicar, le ordena remar mar adentro y ponerse a pescar. Parece clara la relación que Jesús quiere establecer entre la pesca y la predicación, entre la actividad de Jesús desde la barca con la gente y la de Pedro en altamar con el pescado. Al final del episodio se explicita esta relación: «Desde ahora serás pescador de hombres».
Los periodos de cuarenta días jalonan la vida de Jesús. Al comienzo de su vida, debe ser presentado en el templo por sus padres cuarenta días después de nacer: es la ofrenda del primogénito, porque toda vida le pertenece a Dios. Más adelante, en los comienzos de su vida pública, Jesús pasará cuarenta días en el desierto después de ser bautizado en el río Jordán por Juan el Bautista. Por fin, según el libro de los Hechos de los Apóstoles, Jesús permaneció cuarenta días con sus discípulos después de resucitar para seguir instruyéndolos sobre el Reino de Dios; este periodo final termina con la Ascensión del Resucitado a los cielos.
El número cuarenta, por tanto, no es solo la cifra de la Cuaresma ni tiene como referente solo el desierto; cuarenta días duró también el diluvio que asoló la tierra en tiempos de Noé.
Un año más, la Iglesia celebra el Domingo de la Palabra de Dios: poco a poco, va calando en el pueblo cristiano la importancia de la Biblia y la Tradición en la vida de la Iglesia y de cada creyente.
Con este motivo, ayer pudimos disfrutar de la Tercera Jornada de la Palabra de Dios en el pueblo de Daimiel: queremos prepararnos para que el Domingo de la Palabra tenga fruto en nuestras parroquias y en nuestras familias.
Todo el Antiguo Testamento es una palabra del pasado que nos habla de un pueblo elegido por Dios, que busca cumplir su voluntad en medio de la historia. Pero el Antiguo Testamento es también una palabra para el presente: es voz de Dios dirigida a nosotros, pueblo nuevo de la alianza, para que aprendamos a convertir nuestra vida y a seguir su voluntad en todas las dimensiones de nuestro camino.
Palabra del pasado y palabra presente, el Antiguo Testamento es, además y sobre todo, palabra de Jesús, palabra sobre Jesús. El Antiguo Testamento es palabra del Padre al Hijo y palabra que se cumple en el Hijo. Al leer cada texto de la Escritura, por tanto, debemos aprender a relacionarlo con este triple momento histórico y teológico: el sentido literal nos hace aprender el sentido primero, aplicado históricamente al pueblo de Moisés; el sentido pleno nos hace comprender el misterio de Jesús de Nazaret desde la palabra bíblica: leemos y rezamos para conocer a Jesús, para amarlo cada día más. En un tercer momento, con la mirada puesta en Jesús, podemos aplicar ese texto a nuestra propia vida.