MANUEL PÉREZ TENDERO

Acabamos de regresar de la peregrinación diocesana al santuario de Lourdes. Cada año, la Hospitalidad de cada diócesis organiza una peregrinación con enfermos al lugar donde, hace ya más de cien años, la joven Bernadette tuvo varios encuentros con la Virgen Inmaculada.
Una de las cosas que María le pidió a Bernadette fue el mandato a los sacerdotes de construir una capilla para que se pudiera ir allí en procesión, en peregrinación. El deseo de la Virgen se ha cumplido con creces: Lourdes se ha convertido en uno de los centros de peregrinación más importantes de la Iglesia católica.
Siempre me ha llamado la atención que, en muchas casas cristianas de Tierra Santa, hay una Virgen de Lourdes en algún rincón. Muchos de esos cristianos tienen como proyecto peregrinar con sus familias algún día hasta este santuario. No deja de ser llamativo que, desde Tierra Santa, la meta por antonomasia de toda peregrinación, los cristianos que allí viven quieran peregrinar a Lourdes: desde la meta se viaja también a las periferias geográficas de la fe porque el Hijo de Dios se ha encarnado para recorrer todas las geografías del hombre.
Me gustaría subrayar tres pequeños detalles que, entre otros muchos, he podido disfrutar en estos días.
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