NUESTRO BUEN PASTOR

MANUEL PÉREZ TENDERO

Unos cinco siglos antes de Cristo, un profeta anónimo pedía, en nombre de Dios, que se le hablara al corazón de Jerusalén para poder consolar a la ciudad en su tribulación: la capital abandonada iba a recibir muy pronto a sus hijos que habían partido al destierro años atrás.

Siglos después, tras la resurrección de Jesús de entre los muertos, Pedro y los apóstoles consiguen realizar lo que aquel profeta pedía: en medio de Jerusalén se atrevieron a anunciar la Buena Noticia de la victoria de Jesús sobre la muerte. Nos dice el libro de los Hechos de los Apóstoles que las palabras de Pedro y los demás apóstoles «les traspasaron el corazón y preguntaron qué debían hacer».

Las palabras de los apóstoles llegaron al corazón de muchos habitantes de Jerusalén, y también al corazón de otros que estaban allí por las fiestas de Pentecostés.

¿Siguen llegando las palabras de la Iglesia al corazón de las personas? ¿La gente nos sigue preguntando qué deben hacer porque el anuncio de Jesús les ha despertado el alma?

La respuesta de Pedro fue clara: «Convertíos y sed bautizados para que recibáis el Espíritu Santo».

Son muchos los que se bautizan entre nosotros, pero no sé si es porque la palabra del Evangelio les ha llegado al corazón; tampoco sé si hemos llevado a cabo la primera parte que nos pide Pedro, la conversión.

Por eso, tal vez sea más urgente la proclamación de la Palabra con pasión y con la fuerza del Espíritu:  para llegar al corazón de muchos bautizados que desconocen el Evangelio y quizá no han tenido la oportunidad de realizar ninguna conversión en sus vidas.

La misión de la Iglesia es ayudar a que Jesús resucitado se convierta en el Pastor de todos. Solo él puede llegar al corazón de la persona, solo él puede realizar el milagro de la fe en la libertad de todos los hombres; pero él quiere necesitar nuestra proclamación, nuestro testimonio. Nosotros vivimos a Jesús como Pastor cotidiano de nuestras vidas y somos enviados para que otros descubran este tesoro y se vivan acompañados por Aquel que dio la vida por todos.

Llegar al corazón en la misión es hacer posible el encuentro con Jesús en persona: somos sembradores de un milagro, de la amistad del Pastor con los suyos, del milagro de la fe.

En el Salmo del Pastor que este domingo rezaremos de forma muy especial, la Iglesia invita a todos a sentirse acompañados por Jesús en cada momento.

El Pastor es, ante todo, descanso, reposo y frescura en medio de los ajetreos de la vida. La fe es la experiencia gozosa de estar muy a gusto con el Pastor, descansando a su lado, llenando de frescor y ternura nuestras vidas.

El Pastor es también acompañante en el camino: además de descansar, tenemos que trabajar, debemos tomar decisiones, hemos de hacer camino; cuando contamos con él, acertamos en el camino que elegimos: él nos guía por senderos justos. Cuando no contamos con él, en cambio, solemos erran en nuestras decisiones.

En tercer lugar, además de descanso y guía para el camino, el Pastor es también compañero cuando llegan los momentos de dificultad. Tarde o temprano, la oveja debe atravesar valles tenebrosos; tarde o temprano, la noche se echa encima cuando vamos caminando. Forma parte de la vida también la dificultad y la tiniebla; en esos momentos, el Pastor sigue ahí presente, quizá como nunca. Tal vez no podemos verlo, pero sí podemos oír el sonido de su cayado y podemos sentir el toque de su vara misericordiosa que nos conduce.

Ojalá que este domingo, rezando con hondura el Salmo del Pastor, se haga posible que la Palabra llegue al corazón de muchos –como sucedió antaño en Jerusalén– para despertar su libertad a la fe, para que descubran la presencia amiga del Resucitado.

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