
Aún se conservan muchas de las piedras del templo que Jesús pudo contemplar con sus discípulos; como ellos, también nosotros quedamos admirados al contemplarlas.
También se pueden ver muchas de ellas por los suelos, tal como quedaron al ser destruido el templo por Tito en el año setenta de nuestra era.
Contemplando aquellas piedras, todavía colocadas y llenas de esplendor, Jesús habló a sus discípulos del futuro. El futuro final, pero también el futuro más cercano del tiempo intermedio. Los tonos apocalípticos de este discurso son bastante claros: terremotos, guerras, astros que caen o se apagan; pero también aparecen otros rasgos más cercanos y terribles: los discípulos serán perseguidos y odiados por todos por causa de Jesús.
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