HABITADOS Y MISIONEROS

MANUEL PÉREZ TENDERO

Avanza el tiempo de Pascua y nos encaminamos hacia su culminación el día de Pentecostés; por esta razón, los textos de la liturgia empiezan a hablarnos del Espíritu Santo.

El evangelio nos presenta la continuación del discurso de Jesús en la Última Cena, después del diálogo de Jesús con Tomás y Felipe. Jesús promete el envío de otro Paráclito, pero también les dice a los discípulos que nos los dejará huérfanos y, por ello, él mismo volverá a estar con ellos. También promete la presencia del amor de su Padre en los discípulos.

La lectura de san Juan este domingo, por tanto, nos presenta una presencia de la Trinidad en el creyente: el Espíritu, Jesús y el Padre. En el texto domina el tema del amor y la compañía; de alguna forma, el Paráclito es el cumplimiento de la promesa del Emmanuel en el Antiguo Testamento: «Él estará con vosotros». Dios mismo, como misterio trinitario, habita en los creyentes.

¿Qué significa esta presencia? ¿Hemos de esperarla para el futuro, en el cielo, o es ya real entre nosotros? En la perspectiva de san Juan, la presencia de Dios es ya real en el creyente: no estamos solos. También san Mateo acabó su evangelio con esta promesa de Jesús: su presencia en la comunidad hasta el fin de los tiempos.

¿Qué es un creyente, por tanto? Aquel que se vive en presencia de Dios, que se sabe habitado por el misterio de la Trinidad. ¿Es esto propio de los místicos? Según san Juan, debe ser la característica de todo cristiano, pero es cierto que no todos viven esta presencia real de Dios en sus vidas.

Tal vez por eso, porque ya desde entonces muchos cristianos no vivían la alegría de la presencia de Dios, san Juan insiste por dos veces en una doble condición para experimentar esa presencia: «Si me amáis y guardáis mis mandamientos». En el fondo, se trata de una sola condición, porque guardar los mandamientos de Jesús es la forma concreta de vivir el amor hacia él.

No debemos entender mal esta condición: el amor de Dios por nosotros no depende de nuestro amor hacia él y del cumplimiento de los mandamientos; él nos ama desde antes de la creación del mundo; pero, si no vivimos el amor a Jesús, el amor de Dios queda silenciado en nuestro interior, como muerto, porque el amor se vive en el diálogo, necesita la respuesta amorosa de la persona amada.

Somos millones los discípulos de Jesús, pero no sé cuántos son los que aman a Jesús y van aprendiendo a cumplir sus mandamientos. Nuestra religiosidad está llena de tradiciones, de ritos, de palabras, de actividades, de proyectos; pero no sé cuánto amor a Jesús se refleja en nuestra vida.

Dice san Juan que el mundo no puede recibir el Paráclito y tampoco conoce a Jesús: ¿no será que somos más mundo que amigos del Maestro? Es urgente crecer en el conocimiento de Jesús, en el amor a su persona, en el esfuerzo por obedecer sus mandamientos.

Cuando el creyente está lleno de Dios, cuando vive su religiosidad desde el amor, es capaz de estar en el mundo con confianza y respeto, sabiendo dar razón de su esperanza con mansedumbre. La primera y la segunda lecturas de este domingo nos hablan de una comunidad misionera, que da testimonio del amor de Dios que la habita.

El mundo no conoce a Dios, no conoce a Jesús, no puede recibir al Espíritu: por eso, los creyentes, llenos de Dios, habitan en medio del mundo de forma misionera, como testigos del amor de Dios que quiere llegar a todos. La lectura del libro de los Hechos de los Apóstoles nos presenta a san Pedro y a san Juan que, con la imposición de manos, llevan el Espíritu de Jesús a los convertidos en Samaría: hemos recibido la plenitud del Espíritu para llevarlo a los demás, para que el mundo pueda ser transformado desde el amor.

Podemos leer las tres lecturas de este domingo hacia atrás: porque nos vivimos amados por Dios y llenos del Espíritu (evangelio) podemos dar testimonio con dulzura del amor de Dios (segunda lectura) y transmitir a todos su Espíritu (primera lectura). Para ello, no podemos dejar de crecer en el amor a Jesús y el cumplimiento de sus mandamientos.

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